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sábado, diciembre 3, 2022

Miss Marte en la Costa da Morte de Manuel Jabois, que 25 años no es nada

– Rafael Lema Mouzo-

La protagonista de la novela Miss Marte del teucro Manuel Jabois llega a un pueblo del Finisterre con mi libro «Costa da Morte, un país de sueños y naufragios» bajo el brazo. Un tomo que no abandona la periodista Berta Soneira en su periplo homérico en busca de un pasado que le pertenece, de la historia en los años noventa de una adolescente (Mai Lavinia) entregada al mar tras la desaparición de su niña. Anna Karenina en un país sin nieve y sin tren. Una costa sin marcos, cuyo nombre nace de la infumable leyenda negra creada por gacetilleros decimonónicos.

Las leyendas son auténticas y respetables cuando nacen de la raíz cultural del pueblo, sin adornos; cuando son inventos periodísticos o literarios ni siquiera leyendas son. Tal con Nacho Carretero en Fariña, la metaliteratura me envuelve con sumo gusto con estos dos cronistas de los tiempos corridos, buscadores de «verdades coma puños» o su sombra en la herbaluisa. El periodista la reclama y a veces la encuentra; pero lo que vale es la crónica, aunque salga «torta», no es tan importante ni está valorada la certeza.

Berta Soneira busca a los amigos de Mai Lavinia en aquellos años y parajes que también fueron míos y reconozco, por lo tanto existieron. Fisterra, Laxe, Carnota, Camelle. El barco del gato capitán por el estero del Anllóns, el Compostelano. Los tarughos de Mar de Fóra, las playas de «afogados nos bolos entre os trapos e as porcas de mar», los primeros peregrinos de la era Neria, las «trincheras» en los malecones, interminables partidos de fútbol a pies desnudos en arena y sol. Mi generación poética de los noventa, Cemiterio das Gaivotas y Espiral Maior.

Mis «Flores Negras», entre tardes de gaita, noches de heavy metal. Que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra…vivir.

¿Qué verdad procura quien tanto tiene entre las manos?, quien tanto sabe que casi sabe todo; pero le falta la puntilla, ese sobrevalorado instante en el que alguien secuestra a una niña y surge la tragedia. Alguien que solo puede ser quien fue. O lo real y tangible ya estaba ahí, ya nace con las personas, la comedia es una simple máscara salida de una obra de Mishima y su placer de morir. La verdad de un puñado de vidas que se cruzan en las playas del oeste cada verano, la verdad que cabe en un agujero (pág. 69), porque siempre sobrevuela dos palmos del suelo, dejando un húmedo rastro de polvo.

La adolescente Mai llena de mentiras (hasta en el nombre) se presentó como Miss Marte a los amigos del que sería su efímero marido, porque en aquel planeta desvalido la belleza se mide por otros parámetros. Creciendo y creyendo en dioses enormes, gigantescos, en bellas diosas con ojos como el mar, subimos astronautas al cielo pero solo hallamos planetas desolados. Mai, una bañista madrileña (de Barcelona), término que tanto engloba, camina con su niña Yulia (de pecas como estrellas) sobre una extensa playa de cristales pulidos por la amistad y la pandilla de aquellas largas tardes de verano, cuando julio y agosto existían, eran uno (y lo conocimo).

El sol de 7 a 9, el cifrado mágico de las olas o versos. El narrador otea esa fauna joven y despreocupada, sin dejar de lanzar sus punzantes «refachos» sociales, de pasear el espejo naturalista por el camino que se hunde en las cloacas del sol. Relatos de amistad, amor y una canción esperada. El narrador trabaja con bisturí, perfila el cuadro de actores, saca punta a la lengua y sus retorcidas marcas de humanidad. Miradas, silencios, complicidades y miserias.

Damas y señores, abran el telón de una serga de recuerdos adolescentes y quiebros de una sociedad caída en quebrazos mostrencos a las playas, empapense de literatura. Ya sé que muchos no tendrán constumbre entre tanta impudicia y propaganda vana, pero descúbranse ante un maestro de estilo, que somete cada pequeño capítulo al compás de los vientos de la buena derrota, trabajando cada cuartilla entre dios y el diablo; doce capítulos más uno que es el origen de todas las tormentas.

Una de nuestras voces más claras y veraces, más comprometidas con los valores literarios y sus complejidades, bregado en el día a día de la noticia y el compadreo con la raza, nos regala una novela singular e imprescindible, solvente en una trama que nos muerde paso a paso con negras líneas de sierra.

Renuncien a endiosadas mediocridades por compinches ideológicos o ediciones locales de diarios impúdicos, premios pret a porter desvalidos por el minimalismo que enmascarando tanta miseria estilística intenta democratizar al genio y a la manada intrascendente, normalmente abanderada.

Aquí hay un coto de caza para lectores, para amantes de las letras, sin renunciar a la trama, al suspense, al agradable manantial de una prosa amena y precisa, agigantada por los dientes de la ironía y la coda mordaz, como los bajos asesinos que prolongan la tierra y agarran cautivos barcos que navegan por el mar de los sacrificios. Un rol de compleja humanidad narrado por un miembro de la vieja pandilla de la desgraciada Mai, usado como ayudante de campo por la periodista en su paseo por el dolor, la pérdida, en un relato en progresión que de pronto parece no avanzar, se retuerce como el volátil tiempo en la relatividad de su espacio, una temporalidad retrospectiva con ritmo y tempo, baches de mala leche.

Mai es una adolescente necesitada de ayuda que huye con un peso que no es suyo y es todo para ella, toda su humanidad; y entonces la cara se convierte en una máscara de pena y de miedo (pág. 163) donde la locura tiene sentido en una historia envuelta en interrogantes, dudas, misterio: «como la vida de Mai había sido tan corta, y sus dos años en Xaxebe pasaron volando y terminaron en desastre, la gente había hecho con ella el retrato que más se adecuaba a sus prejuicios, sus supersticiones y su voluntad, casi siempre mala» (pág. 180). No se pierdan nuestras entrevistas en Página 2 el 30 de marzo; con Camelle, Baldaio y el Cemiterio dos Ingleses como telón de fondo.

Y en la página 34 (el año de la primera marea negra española, la del ruso Boris en Camelle) Berta llega impertinente, feliz, con los rizos marcando «pingueiras» en un jersey de nudos, preparada para la marcha: «Tenía a su lado un libro voluminoso, Costa da Morte, un país de sueños y naufragios, de Rafael Lema. Dijo que lo había empezado la semana anterior por curiosidad y ya tenía un naufragio favorito…»

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