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Un hombre de Corcubión y la revolución de Prim

Un hombre de Corcubión y la revolución de Prim

Reportaxes | Publicada: 17/06/2020

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Tempo de lectura: 16 minutos e 38 segundos.

//Rafael Lema Mouzo//

Tengo hablado del papel destacado de Corcubión como patria de capitanes mercantes, armadores, y de barcos que en otros tiempos tenían allí su base. Por ello son muchas las historias con hombres de mar locales como protagonistas. En una de ellas aparece además envuelto el personaje más influyente de la política nacional de su tiempo, el general don Juan Prim y Prats. Tiene lugar en los días previos al golpe militar que puso fin al reinado de Isabel II con la Revolución Gloriosa; aunque sucedió en Londres, hay en medio un "fillo de san Marcos". 

Este apunte era una de las anécdotas marinas que relataba el célebre Francisco de Ramón y Ballesteros en sus visitas a casa de mi abuela, y que intento completar.

José Lago, un marino de Corcubión

José Lago fue un marino de Corcubión del siglo XIX que bajo banderas de varios países navegó por los siete mares. A los 25 años ya había doblado varias veces el cabo de Buena Esperanza. Muchos barcos de Corcubión navegaban a los puertos ingleses. A Londres, Bristol, Liverpool, Falmouth. Nombres como el Ancares, Estrella, Junquera, Mal Genio, San Juan Baptista, Trueno, Unión. José Lago tenía preferencia de entre todos los destinos por Londres y allí trabó amistad con un tabernero irlandés, Patrick Obrien. 

En 1860 se enroló en la Royal Navy y participó en el conflicto entre Inglaterra y China, tomando parte asimismo en tierra en misiones de alto riesgo. Tras este periplo se asentó al borde del Támesis, y tras casarse con la hija de su amigo irlandés, quedó al cargo de su fonda, célebre entre los hombres del mar. No faltaban entre ellos los españoles, muchos exiliados por los turbulentos años de la política de los espadones que tutelaban la malhadada corona, tan aficionados a los golpes de mando.

El encuentro don Prim

Una fresca noche de niebla en septiembre de 1868 llegó un caballero español a su hospedaje con la intención de pasar allí unos días. Era un señor bastante alto, serio, de pocas palabras, y que pasaba sus días sin salir de su habitación ni recibir cartas ni visitas. 

Lago enseguida pensó que se trataba de un pobre exiliado, un desencantado emigrado por razones políticas y quizás buscado por los muchos agentes a sueldo que tanto en Londres como en París tenía el gobierno español, en busca de conspiradores, que no pocas veces aparecían muertos. 

Entendiendo que la parca vida de aquel respetable compatriota, con trazas de ser persona culta y principal, se debería a la penuria económica, con el mayor sigilo un día el gallego se acercó a su extraño huésped y le ofreció ayuda y dinero, si le hacía falta. Insistió en ello en varias ocasiones, pero muy agradecido el enigmático cliente declinaba siempre la sincera oferta.

Una tarde hubo revuelta de coches y personajes bien plantados a la puerta de la fonda y el incógnito huésped bajó con sus pertrechos y su gabán en la mano para despedirse. Fue entonces cuando descubrió su personalidad a su ya amigo José Lago. Era el general don Juan Prim, que le avanzó su marcha inmediata a Madrid llamado a los más altos honores. Aunque fueron breves, por su desgraciada muerte en un atentado planeado por la camarilla política del país que intentaba salvar de su infortunio. 

El heroico general de Wad Ras y Castillejos se ofreció incondicionalmente al hospedero gallego por las desinteresadas atenciones que había tenido con su persona. Y partió aquella comitiva para embarcar hacia España y dar el pistoletazo del golpe militar que desde hacia meses en el exilio y en la patria venían planificando los opuestos al régimen de González Bravo que sustentaba la corona.

El actor Francesc Orella interpretó a Prim en una película

Marcha de Londres y la reunión de Bayona

El viernes 11 de septiembre partió el general de Londres hacia Southampton, acompañado de Manuel Ruíz Zorrilla y Práxedes Mateo Sagasta, que lo fueron buscar a la fonda de Lago. El general y sus amigos de partido progresista vivían en una casa de la ciudad desde mayo de 1866, en donde dieron los últimos toques al plan para el regreso de su líder, a quien querían al frente de la revuelta; despejada esta vía tras las recientes muertes de Narváez y O´Donnell. 

Prim y los suyos se habían desplazado a Bayona a la última reunión que unió a todos los opositores, el "club de los amigos del pueblo", de cara al golpe final; regresando a Inglaterra el 7 de julio de 1868. El brigadier Topete en la patria era el punto de apoyo de los revolucionarios y había enviado un comisionado a Londrés para tratar con Prim, a quien le llegaban igualmente referencias de la política nacional por su comité secreto progresista en Madrid.

Comunicaciones  en lenguaje simbólico

 Las comunicaciones entre el general y los suyos se hacían por cartas en lenguaje simbólico, que se troceaban en tiras marcadas con números pares e impares y se enviaban en cartas distintas que juntas componían una sola.

 Dos personas de confianza desde dos poblaciones distintas, como Santander, Cádiz o Ferrol, las echaban al correo a otros corresponsales en la capital británica, personas ajenas a la política y a estos tratos, que las hacían llegar a su destino. Las dos medias cartas solían recibirse en Londres con dos o tres días de intervalo. Ni el general sabía que decía la primera hasta que no llegase la siguiente. 

Sin embargo el gobierno se enteró de los planes conspirativos y por ello llegó un comisionado desde Madrid para alertar a Prim. Algún criado o amigo de los que frecuentaban su casa, que no eran muchos, pudo apropiarse en su propio cuarta de alguna carta. Prim sin embargo indicó que siguieran enviándole las misivas por el mismo conducto. En cuanto recibió una, hizo de las tiras tres pelotas y las echó a la papelera. Repitió esta escena con todos los emigrados españoles que lo iban a visitar estos días, y a todos los dejaba solos un espacio de tiempo. Pero ninguno recogía del cesto precisamente esas bolitas delatoras. 

Un día, un italiano al que tenía por uno de sus mejores amigos, cayó en la trampa. Esta vez faltaron las bolas de papel cuando el político abandonó la estancia. Descubierto el traidor, aterrado confesó que lo hacía por necesidades económicas. Prim decidió perdonarle y aprovecharlo como contraespía. Desde ahora seguiría trabajando para la reina, pero dando los avisos que los conspiradores querían. Incuso cuando ya había partido Prim de Londres, el italiano comunicó al embajador español que seguía permaneciendo en Inglaterra. Era el opositor más temido del exilio.

Por estas precauciones tramarían que los días previos al embarque, y en previsión de la vigilancia de los espías sobre las residencias de los exiliados, el general buscase una humilde fonda portuaria, la del gallego. Con Zorrilla y Sagasta llegó a Southampton de donde partían todos los sábados los vapores de la compañía de navegación oriental y peninsular. Sus dos amigos se habían proporcionado pasaportes chilenos, con nombres supuestos. 

La mujer de Prim era hija de unos pudientes banqueros mejicanos, por ello eran muchos sus contactos en América, en donde había servido al país en importantes encomiendas. Unos servicios a la Corona que lejos de haberle hecho rico como a tantos políticos y caciques le habían servido para dilapidar la fortuna de su esposa, por lo que al igual que otros exiliados necesitaban en su vida precaria la asistencia económica que les llegaba de los conspiradores de la patria.

Prim resolvió hacer la travesía disfrazado de lacayo, en calidad de ayuda de cámara de los condes de Bark, unos amigos de su exilio londinense que hacían el mismo viaje, ya que no era fácil de pasar desapercibido en un viaje a la península. En la tarde del 12 de septiembre de 1868 salieron en el vapor Delta (según Francisco J. Orellana, otros dicen en el Buenaventura). Los condes y los dos compañeros en primera clase, y el general en traje de librea en cámara de segunda. Como criado de sus señores, durante el día se presentaba dos o tres veces, con la gorra en la mano, a recibir ordenes en el salón de popa o en el espacio de la toldilla frecuentado por los pasajeros de alto copete. Por la noche aprovechaba para departir con sus amigos.

El pronunciamiento

Llegado a Gibraltar embarcó en el remolcador inglés Adelia (enviando como señuelo la embarcación llamada Alegría) con el cual se trasladó a la fragata Zaragoza, anclada junto a otros buques de la escuadra en Cádiz. El 17 de septiembre de 1868 realizó el esperado pronunciamiento; sublevada la escuadra por Topete y secundado el movimiento en Cádiz (día 18) y su provincia (19), Prim desembarcó y fue saludado con vítores. 

Se formó una junta bajo la presidencia de Topete, con unionistas, progresistas y demócratas. Prim avanzó por la costa mediterránea sublevando sus ciudades: el 23 Málaga, el 25 Almería, el 26 Cartagena; el 2 de octubre, Valencia y el 3 Barcelona donde fue recibido con gran alborozo. La Revolución Gloriosa tras varios enfrentamientos con las tropas reales enseguida triunfó y propició el exilio de la reina. 

En las elecciones de enero de 1869 los progresistas en alianza con los demócratas moderados obtuvieron 160 diputados; 65 la Unión Liberal; 60 los republicanos; y 30 los carlistas. Prim, como el líder progresista, no tardó en ser nombrado por el regente general Serrano como jefe de gobierno. Entonces Prim se reservó en el gabinete además de la presidencia, la cartera de Guerra, nombrando ministros unionistas y progresistas por igual. Era ya el hombre fuerte de la política nacional. Y parte de esta historia se organizó en una fonda gallega, de Corcubión en el exterior.

Por su parte, José Lago, pasado su periplo como hostelero en los muelles del Támesis, regresó a Corcubion a contar sus historias a los futuros gavieros.

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En 1860 se enroló en la Royal Navy y participó en el conflicto entre Inglaterra y China, tomando parte asimismo en tierra en misiones de alto riesgo. Tras este periplo se asentó al borde del Támesis, y tras casarse con la hija de su amigo irlandés, quedó al cargo de su fonda, célebre entre los hombres del mar. No faltaban entre ellos los españoles, muchos exiliados por los turbulentos años de la política de los espadones que tutelaban la malhadada corona, tan aficionados a los golpes de mando.

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Una fresca noche de niebla en septiembre de 1868 llegó un caballero español a su hospedaje con la intención de pasar allí unos días. Era un señor bastante alto, serio, de pocas palabras, y que pasaba sus días sin salir de su habitación ni recibir cartas ni visitas. 

Lago enseguida pensó que se trataba de un pobre exiliado, un desencantado emigrado por razones políticas y quizás buscado por los muchos agentes a sueldo que tanto en Londres como en París tenía el gobierno español, en busca de conspiradores, que no pocas veces aparecían muertos. 

Entendiendo que la parca vida de aquel respetable compatriota, con trazas de ser persona culta y principal, se debería a la penuria económica, con el mayor sigilo un día el gallego se acercó a su extraño huésped y le ofreció ayuda y dinero, si le hacía falta. Insistió en ello en varias ocasiones, pero muy agradecido el enigmático cliente declinaba siempre la sincera oferta.

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Sin embargo el gobierno se enteró de los planes conspirativos y por ello llegó un comisionado desde Madrid para alertar a Prim. Algún criado o amigo de los que frecuentaban su casa, que no eran muchos, pudo apropiarse en su propio cuarta de alguna carta. Prim sin embargo indicó que siguieran enviándole las misivas por el mismo conducto. En cuanto recibió una, hizo de las tiras tres pelotas y las echó a la papelera. Repitió esta escena con todos los emigrados españoles que lo iban a visitar estos días, y a todos los dejaba solos un espacio de tiempo. Pero ninguno recogía del cesto precisamente esas bolitas delatoras. 

Un día, un italiano al que tenía por uno de sus mejores amigos, cayó en la trampa. Esta vez faltaron las bolas de papel cuando el político abandonó la estancia. Descubierto el traidor, aterrado confesó que lo hacía por necesidades económicas. Prim decidió perdonarle y aprovecharlo como contraespía. Desde ahora seguiría trabajando para la reina, pero dando los avisos que los conspiradores querían. Incuso cuando ya había partido Prim de Londres, el italiano comunicó al embajador español que seguía permaneciendo en Inglaterra. Era el opositor más temido del exilio.

Por estas precauciones tramarían que los días previos al embarque, y en previsión de la vigilancia de los espías sobre las residencias de los exiliados, el general buscase una humilde fonda portuaria, la del gallego. Con Zorrilla y Sagasta llegó a Southampton de donde partían todos los sábados los vapores de la compañía de navegación oriental y peninsular. Sus dos amigos se habían proporcionado pasaportes chilenos, con nombres supuestos. 

La mujer de Prim era hija de unos pudientes banqueros mejicanos, por ello eran muchos sus contactos en América, en donde había servido al país en importantes encomiendas. Unos servicios a la Corona que lejos de haberle hecho rico como a tantos políticos y caciques le habían servido para dilapidar la fortuna de su esposa, por lo que al igual que otros exiliados necesitaban en su vida precaria la asistencia económica que les llegaba de los conspiradores de la patria.

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