LA VIA JACOBEA XALLEIRA DE GIAN LORENZO BUONAFEDE VANTI 1717. EPISODIO ANTERIOR
Seguimos comentando el viaje que hizo el peregrino italiano Gian Lorenzo Buonafede Vanti desde Santiago a Muxía por Brandomil en 1717. tras rendir culto a la Virxe da Barca de Muxía prosigue a Finisterre. Su anfitrión, José Martínez, lo acompaña hasta el monasterio de Moraime, a media legua. El prior le ofrece chocolate y le da viandas para el camino a Lires, a dos leguas: huevos, queso, buen pan y excelente vino. La abadía benita era una de las grandes productoras cerealistas de la provincia y el vino lo producían los propios monjes en una finca que poseían en su granja de Vixoi (Betanzos).
El camino medieval entre Morquintián y Muxía
La ruta más habitual: Muxía, Moraime, Morquintián, Frixe, Lires, Castrexe, Denle, Duio, Fisterra. Entre Morquintian y Muxia había un viejo camino medieval. En Lires podía salvar aguas arriba un pasaduiro sobre el río Castro, o un poco más arriba en Pontenova. En la otra orilla, Vaosilveiro, vado transitable en verano. Por otras dos leguas largas y empinadas, atravesando pequeños casales, desde Lires alcanza Fisterra. Allí disfruta de la hospitalidad del párroco.
En Finis Terrae (Finisterre/Fisterra) el día 21 comerá un pescado riquísimo en casa del cura, Juan Bautista Sandalin. Se trata del sacerdote que recibirá en febrero a Giacomo Antonio Naia, a quien ofreció una suntuosa comida con hígados de pescado, aliñados con cítricos y cocinados con mantequilla; un centollo descomunal y otras delicias. Curiosa receta. El día 24 estará de nuevo en Santiago, donde permanecerá hasta el uno de septiembre.

Fisterra, buen pescado y la devoción al Santo Cristo
De Fisterra relata que es un pueblo no tan pequeño, «bastante pobre, con algunas buenas casas y rico solo en pescado que es muy bueno y que se vende por muy poco precio». Cita el concurso de numerosos devotos del Santo Cristo y cómo la milagrosa imagen rechazó un ataque sacrílego de los turcos que en 1619 asolaron esta comarca. El cura lo hospeda en su casa, porque el hospital de peregrinos está desprovisto de todo (Per e ſſervi l’ Ofpitale ſpogliato d’ ogni neceffario). Vanti indica que la mayor parte de los peregrinos que van a Santiago visitan este lugar (e dove vanno quaſi tutti i Pellegrini , che vengono a S. Giacomo di Galizia e la Chieſa).
Desde el cabo retorna a Santiago; por Corcubión, Cee. De Finis Terrae a Cureuviun/Curcuviun (Corcubión), una legua y media. El tramo final de la hace complicado, sorteando piedras enormes, relato que nos recuerda el de tantos náufragos y viajeros en el siglo XIX. Tanto Corcubión como Cee, le parecen villas de buenas casas y con recursos, imagen muy distinta del resto de pueblos entre Compostela y el mar.
Paso por Corcubión
Comenta su paso por Corcubión, su visita a la iglesia y describe esta villa «bien habitada, con buenas casas y una amplia plaza donde hay una fuente con mucha agua». Recibe la hospitalidad de Francisco de Navas Espínola, a quien denomina gobernador del Finisterre (Governatore di Finis Terræ , Padrone del Mentovato Altare del Carmelo, e Sindico Appoftolico de’ Padri Offervanti). Alcalde mayor de la villa y administrador de la casa de Altamira (a quien los hidalgos de Cereixo siempre rindieron vasallaje), que mantiene un hospital en la villa; una pequeña casadeira cerca de la parroquial, con cuatro plazas, una para peregrinos foráneos. En 1743, atendido por la viuda Bárbara Rodríguez; en este mismo año, la familia Navas ocupaba una casa contigua, en la que reside Benita González de Navas.
En 1764, tras un incendio del local, el nuevo lugar habilitado estaba en deplorable condición y muchos peregrinos quedaban en la calle, como denuncia el visitador del arzobispo, noticia que una vez más muestra un Camino vivo. Porque no son sólo romeros de la tierra al Santo Cristo y a A Barca los que usan hospitales y posadas comarcales, sino también peregrinos jacobeos; como todos estos escritos acreditan, para escárnio de ciegos, sordos, iletrados falsificadores de la verdad.
Relata que en la otra orilla del mar está Sea (Cee), y explica que es un topónimo deformado de Seffa, edificada por algunos ciudadanos de Seffa, ciudad del Reino de Nápoles. Otra leyenda de villas fundadas por navegantes; como los asturianos en Muxía, los vascos en Corcubión. En Cee existía un viejo hospital en el siglo XV -que no compitió con el nuevo levantado por los Altamira en Corcubión-, con un intento de restauración en 1758, por parte de mi pariente D. Pedro Gerónimo de Lema, nacido en la casa de mis bisabuelos en Traba de Laxe.

El retorno a Compostela
Emprende el retorno a Santiago, de nuevo por Ponte Maceira, llegando al vado el día 23. Sale de Cee, pasado el riachuelo que desemboca en su ría, recorre por montañas dos leguas de camino hasta una fuente (Fonte). De aquí, otras tres leguas hasta Sairo (O Ézaro): «no tiene casas, más bien cabañas, que parecen pocilgas y de hecho dentro de ellas viven y duermen las familias junto con las bestias».
Duermen al sereno sobre forraje, y el napolitano que lo acompaña construye un inestable techo de ramas, cañas y paja. La próxima parada que cita es Ponte Maceira. La ruta que sigue iría de Cee a Brens, Ameixenda, Ézaro; subiendo por la bella cascada y orilla del Xallas hasta Logoso y Ponte Olveira. Describe su llegada a Compostela el día de San Bartolomé: «tras recitar el Oficio Divino, la misa y beber el chocolate que me dio un Padre, entré en Compostela donde todos los padres se congratularon mucho conmigo por mi regreso de Nuestra Señora de la Barca y de Finisterre».

EL TEXTO DE VANTI
El día 20, por un camino escarpado, subiendo por una colina, acompañado por el mencionado Giuseppe Martínez, en cuya casa dormí, llegué a San Giuliano di Moraine, lugar de los Padres de Cassino, sin nada de especial, a media legua de la Santísima Virgen de la Barca, y tras beber el chocolate que me dio el P. Prior, llegué, tras dos leguas, a Lires, donde comí lo que me había dado el mencionado Prior, es decir, huevos, queso, buen pan y excelente vino. No es necesario que describa Lires, pues es una villa de poca importancia. Descansé un poco en un prado, luego, tras otras dos leguas largas y muy empinadas, rodeado de montañas altísimas, tras pasar algunas aldeas de pocas casas, al fin llegué a Finis Terra. Temía llegar muy tarde y encontrar la iglesia cerrada, por lo que corría como si tuviera alas en los pies, mientras que mi compañero y el napolitano avanzaban a pasos lentos.
Encontré la iglesia abierta, así que pude adorar al Santísimo Crucificado y venerar a su Santísima Madre; de ahí entré en la Tierra, donde el señor párroco me hizo la caridad de alojarme en su casa, por mantenerse allí el hospital despojado de todo lo necesario. Finis Terrae. Tierra no tan pequeña, con algunas buenas casas, pero pobre, rica en pescado de buena calidad, aunque se vende a un precio muy bajo. Y situada en un promontorio, o punta de una montaña en el extremo de Europa, que desciende hacia el mar Océano en dirección al poniente. Los habitantes gozan de un privilegio que les concedió Carlos II, confirmado por el rey Felipe V, de no verse obligados al servicio real, ni en el mar ni en tierra, para que puedan acudir cuando lleguen a estas costas los turcos u otros enemigos del nombre cristiano. Fuera de esta tierra, a un tiro de mosquete, por un hermoso camino enteremente empedrado, se llega a la iglesia de María Virgen, llamada de Finis Terra, que es de buena factura, tiene tres naves, es bastante pequeña, y en cuyo altar mayor se encuentra la Santísima Madre de Dios con el Niño Jesús en brazos, una estatua bien labrada en medio de relieve de mármol, adorada con gran veneración por los habitantes de la comarca, y adonde acuden casi todos los peregrinos que vienen a Santiago de Galicia.
En el rincón del lado de la Epístola de dicho altar, hay una cruz de gran relieve, del tamaño de un hombre, milagrosa, fabricada, según dicen los campesinos, por Nicodemo, la cual infunde temor y reverencia en quien la mira con atención; tiene el cabello largo y despeinado sobre el rostro, que apenas se ve, por lo que el Sr. párroco, colocando una velita encendida en la punta de una vara, hace ver los ojos, la boca y el rostro, de modo que, al mirarla con atención, parece que aparece en el último instante de vida. En el año 1619, los turcos incendiaron toda la tierra, y luego, al llegar a la iglesia, se acercaron al de la Santa Cruz para hacerla pedazos, pero ¿qué? Quedaron tan paralizados por el temor al mirarla que, asustados, huyeron.
No dejaron, sin embargo, de ofender en la cara una estatua de madera de su Santísima Madre, tal como yo la vi y la tuve en mano, la cual, si estuviera en otro lugar, creo que se trataría con decoro, pareciendo ahora como si la hubieran arrojado a la sacristía. La visita a este santuario no tiene un tiempo determinado, aunque no haya ninguna indulgencia, acudiendo a él continuamente mucha gente. La fiesta principal se celebra el ocho de septiembre con una concurrencia infinita de gente; y aunque ese día esté dedicado a la Virgen María, sin embargo, los habitantes de la comarca consideran que tal concurrencia se debe más bien al Santísimo Crucifijo que a su Amadísima Madre; pensando que el día propio de la visita del Crucifijo cae el ocho del mencionado mes. El día 21 celebré en el altar del Santísimo Crucifijo descubierto (que permanece siempre guardado en un armario grande y antiquísimo fijado a la pared) y al ver una sola vela encendida ante una imagen tan venerable, mal sostenida en un altar de madera en cada parte deteriorada y destrozada, tan maltrecha por los golpes que apenas podía celebrar la misa; pero luego recibí consuelo cuando el señor párroco Gio: Battista Sandalin me mostró una capilla de aspecto precioso, con su altar correspondiente, para colocarla allí.
Contemplé la Santísima Cruz a mi manera, y, de rodillas, la imagen de su Santísima Madre y la iglesia, donde hay muchos recuerdos de personas ilustres que estuvieron allí, subí hasta lo alto del monte más de una milla, donde no hay camino ni callejón, sino solo una maleza espinosa que me pinchaba profundamente las piernas, para descubrir bien el mar Océano al poniente, de donde vienen los barcos de las Indias. Casi cerca de la cima hay una celda muy antigua con un altar bastante alto, sobre el cual se encuentra la pequeña estatua de San Guillermo Agustino, duque de Aquitania, quien durante muchos años permaneció aquí haciendo penitencia, lejos de los tumultos mundanos Dentro de la misma iglesia hay una gran roca de cantos rodados con forma de cuenco, donde dicho santo tomaba su descanso. Una vez visto todo este promontorio, en cuanto satisfizo mi curiosidad, regresé con temor de rodar mar por la gran pendiente de la montaña, pero, alabado sea Dios, y mi Santiago, no me ocurrió ningún mal, y fui a ver al señor párroco, que me esperaba para almorzar, sudando como un burrito. Después de comer, me sentí muy bien, sobre todo con dos platos de pescado exquisito, y tras dar las gracias debidas al señor párroco por su cordial amor.
Tras un rato, me dirigí hacia Cureuviun, a una legua y media de distancia, donde llegué con bastante antelación, aunque para llegar allí hay que recorrer un camino no demasiado bueno, pues es empinado y, por las colinas, sobre todo cerca de la Villa, ya que hay que descender por un camino rapidísimo, y lleno de piedras enormes, de modo que, a menos que se camine con cuidado, hay que saltarlas. Cureuviun. Esta villa está situada al pie de dos altas colinas a orillas del océano, cuyas aguas se adentran en tierra firme. Está bien poblada, con magníficas casas y una amplia plaza, donde hay una fuente de agua muy abundante. La iglesia parroquial, de tamaño suficiente, tiene tres altares muy hermosos, excelentemente tallados. El mayor está dedicado a San Marcos, protector del lugar, con su estatua de relieve muy bien hecha; el segundo a la derecha es de la Santísima Virgen del Carmelo; y el tercero a la izquierda de Nuestra Señora del Socorro.
Fui a ver esta iglesia para dar consuelo a D. Francisco Denabas Espinola, gobernador de Finis Terrae, patrón del mencionado altar del Carmelo y síndico apostólico de los Padres Observantes, en cuya casa pasé la noche, recibiendo una gran hospitalidad. El día 22, domingo, tras despedirme del señor gobernador y de toda su muy estimada familia, crucé el río, que lleva las aguas del mar a Sea. Sea. Villa frente a Cureuviun, en la otra orilla del agua marina, de aspecto agradable y buenos habitantes, pues es lugar de tráfico. Sea es un nombre corrompido, no significa Sessa, como querían creer los vecinos de la comarca, que hubiera sido fundada por algunos ciudadanos de la ciudad de Sessa, en el Reino de Nápoles, quienes se establecieron en esta región. De aquí tuve que subir un monte por un camino bastante rápido y empinado, de donde, cargado de gran fatiga, llegué a una llanura, la cual, sin haber caminado mucho, terminaba en unas colinas que había que subir con esfuerzo; tras dos leguas de camino llegué a una pequeña aldea, donde, cerca de una fuente y con gran apetito, comí lo que me había dado el párroco, es decir, dos huevos y queso con un vino excelente; luego, tras descansar un buen rato a la sombra de un muro sobre la hierba, comencé a caminar hacia, si no me equivoco en el nombre, Sairo, a tres leguas de la fuente, siempre por colinas estériles, atravesando algunas «terriciuolas». Sairo. No hay casas, sino más bien chozas, que hacen las veces de establos; de hecho, dentro de ellas viven juntos y duermen las familias con el ganado.
Pasé la noche en ese lugar, y dormí sobre la paja; para dormir a cubierto, el napolitano, que me acompañaba, construyó una cabaña sobre la misma paja sostenida por nuestros bastones y de algunas varas que por suerte encontramos, pero si por la noche gritábamos bien fuerte, la cabaña se nos caía encima, a causa del estruendo que hacíamos. El día 23, tras atravesar montañas, colinas y algunos lugares, y haber recorrido tres leguas de forma incesante, llegamos a Ponte Maceira, descrito en otra parte. Allí encontré a un sacerdote de 73 años, quien me preguntó de qué país era, y yo le respondí que era de Bolonia; pero este buen anciano, al no distinguir entre boloñés y polaco, creyó que yo era de Polonia, y comenzó a alabar a Juan, rey de Polonia, quien prestó ayuda a Leopoldo, emperador, cuando Viena fue sitiada por los turcos en el año 1683.
Yo lo dejé en su simplicidad, y él, todo alegría, no solo me hizo llenar la cantimplora de vino, sino también me hizo entrar en una taberna, donde mandó hacer una tortilla de doce huevos, hizo traer pan y vino en abundancia, y quiso comer conmigo. Mientras comía empezó a llover, y yo llevaba cuatro horas sin haber visto caer agua del cielo. El párroco de la tierra, al ver llover, dio inicio a la procesión apropósito por la lluvia, y cuatro hombres llevaban en andas una estatua de San Blas, con una gracia tan extraña, que hacían reír a los forasteros, no pocos, que regresaban de Santiago de Compostela.

