DE MARE MORTUM 776 A COSTA DA MORTE 1904
Si el topónimo Costa da Morte aparece escrito por vez primera en un desaparecido «xornal» coruñés en enero de 1904 y en una fecha aproximada en un poema de Eduardo Pondal, los epítetos de naturaleza oscura, tenebrosa, dedicados a marcar cualidades inherentes a la costa galaica en la extrema del mundo conocido proceden de raíces milenarias.
El dato más lejano del binomio muerte-costa galaica aparece precisamente en uno de los mapas europeos más antiguos conservados, un anónimo realizado en torno al año 776 y custodiado en la Biblioteca Vaticana (Mapamundi isidoriano. Biblioteca Apostolica Vaticana, MS Lat. 6018, fº 63v-64). Kevin Rodríguez Wittmann (Universidad de La Laguna) apunta a un innegable testigo de las teorías isidorianas donde se presenta el orbe ya con un cariz profundamente cristiano, con el Este situado en la parte superior coronado por el Paraíso Terrenal. «El orbe aparece circundado por una continua masa oceánica, y en uno de los extremos observamos dos segmentos en los que leemos mare mortum y oceanus occiduus».
El océano occidental de los atlantes es un Mar Muerto, un mar de muerte. «De esta manera, vemos una referencia directa del océano occidental en esta representación, que se acompaña de una serie de islas que salpican esa masa oceánica» anota el investigador canario. El trabajo puede ser de origen ibérico, en todo caso es un reflejo en imagen del texto del santo sevillano, pues las labores cartográficas son textos, sistemas de signos no verbales rodeados por el acervo cultural en donde surgen.

No me canso de ponderar la influencia de Isidoro de Sevilla en la cultura occidental (cartografía, geografía, historia) y sobre todo en la entrada de todo el bagaje clásico en el mar Celta. El mapa así supone una profunda cristianización de la manera de ver el mundo, tras los modelos clásicos con su carga de mitos de los que bebe el recopilador erudito. En el caso de este mapamundi isidoriano el autor se separa de la tradición representativa clásica para adecuarla a los preceptos cristianos, en los cuales el Océano forma parte esencial de esa nueva ecúmene, marcada por lo limítrofe. Isidoro -el patronus inspirador- pasa por el tamiz a Plinio, Macrobio, Platón. Algunas islas reales o imaginadas (alter orbis) se inscriben en el marco geográfico próximo a Galicia.

Las islas Británicas presentan una forma alargada y amplia, desarrollándose paralelamente al continente. Es la torre de Hércules el prisma de todas las leyendas y el ojo que alcanza los últimos refugios de una humanidad ancestral en un mundo deshumanizado en jirones de nieblas y rutas alternándose para pérdida de navegantes no bendecidos (no como san Brandán). Desde los puertos ártabros podemos alcanzar estelas, ronseles de viejas navegaciones. Para nosotros es todo un tesoro la aparición en un mapa de inspiración isidoriana (hispanogoda) de ese lóbrego mar muerto evocando una tierra rodeada de una extensión inabarcable -por tanto mágica, divina- frontera a espacios en donde caben infiernos y paraísos insulares en aguas lodas.

En un mapa simbólico anterior, en anillo O T, Isidoro trazaba las tres partes del mundo; los tres grandes continentes rodeados del océano en circunvalación, de carácter intransitable, bien por el lodo que lo conforma (según Platón), bien por las corrientes características de este océano (Hesíodo), o para Plinio el Viejo, su carácter fronterizo (océano occidental, parte final), de inabarcable extensión en relación con la tierra firme («la sede de una mole tan inmensa debe de ser tremenda e inconmensurable»).
Plinio trata al Océano (a toda la masa de agua que rodea al orbe) como un espacio no medible rodeando la tierra habitada y conocida, fronterizo entre la ecúmene y la oscuridad. Teorías «emborcadas» en el espectro teórico medieval. Macrobio divide el orbe en cinco «climatas». Océano frontera hacia lo desconocido, frontera hacia la nada, frontera hacia el abismo de la oscuridad; escenario de todo un catálogo de criaturas fantásticas, terribles, y prodigios de la naturaleza criados donde no alcanza nuestra vista.
En el contexto literario y cartográfico medieval es un anillo que rodea el orbe (Océano como la unidad del mundo), linde hacia aquello que el hombre siempre había evitado. Recopilando todo el bagaje anterior, Isidoro se refiere al Atlántico como espacio intransitable, afirmando que «su anchura es infranqueable para los hombres e inaccesibles los mundos que están más allá» . El mundo se divide en tres segmentos, correspondiendo cada uno a los tres hijos de Noé; así, Asia se relaciona con Sem, África se corresponde con Cam y Europa se identifica con Jafet. Tres continentes separados por el Océano, marcando los límites infranqueables de la ecúmene, lo conocido y mensurable; con los tres continentes separados entre sí, tanto por los ríos Don y Nilo como por el Mediterráneo. El Océano, simbólicamente infinito, rodea todo el orbe, cerrándolo de manera circular.


