“Progressus usque ad Oceanum gentes ante non pacatas Imperio romano subegit”
Plutarco
Un ara votiva es un pequeño altar de mármol o granito romano que tiene la forma de pedestal o de columna de sección cuadrangular, de carácter monolítico y la cual posee una inscripción epigráfica dedicada a una o varias divinidades. Este elemento de culto está coronado por una cavidad en la parte superior que recibe el nombre de foculus, un espacio cóncavo en el que se hacían libaciones y quemaban incienso a modo de ofrendas, es decir, rituales que ponían en contacto al oficiante o devoto con la divinidad, incluyendo en ocasiones sacrificios de animales.
En cuanto la certidumbre de presencia romana en Fisterra ya lo hemos dejado suficientemente expresado en otros artículos (véase “los romanos llegan al fin del mundo, alea iacta est!” y “la romanización del Camino de las Estrellas” 2018)

Sobre las bases geopolíticas del ámbito de dominio romano las Arae Sestianae fueron erigidas hacia el año 20 a. C., en el curso de las campañas españolas del emperador y dios de Roma César Augusto (sobrino nieto de Julio César), por el legado Lucius Sestius Quirinalis Albinianus, sobre un promontorio en las proximidades del actual Cabo Finisterre. Representan el primero de un grupo de santuariosen el litoral atlántico de la Península Ibérica, que se caracterizan por su emplazamiento junto al océano y alejados de grandes centros urbanos, por la dedicación a divinidades estelares, por su función en el culto al emperador y por el alto rango de sus patronos. Como primer ejemplo de este grupo, las aras de Sestio siguen, en cuanto a emplazamiento y concepción arquitectónica, una antigua práctica griega, según la cual los momentos culminantes y conclusivos de las grandes expediciones militares eran celebrados mediante grupos de altares.
El monumento en la zona del Cabo Finisterre sentó un precedente evidente cerca de Lisboa, en uno de los puntos más occidentales de la costa portuguesa se encontraron tres altares que indicaban un lugar de culto con ciertas similitudes con las Arae Sestianae de Galicia.

Alto da Vigia (conocido en la costa de Sintra) es una pequeña colina situada junto a la Praia das Maçãs, en la margen izquierda de la desembocadura del río Colares, un curso de agua que nace a unos 14 km de su desembocadura y que actualmente se ha convertido en un arroyo. Antiguamente, una corriente marina invadía esta zona, permitiendo la navegación por el valle de Colares, el acceso naval al interior del territorio y al puerto local.
En 2008, un equipo del Museo Arqueológico de São Miguel de Odrinhas comenzó las excavaciones junto a la estructura de una torre de vigilancia en Alto da Vigia, verificando así la existencia de un monumental santuario romano dedicado al Sol, la Luna y el Océano. Además, se detectaron importantes vestigios de diferentes cronologías, inicialmente asociados a la torre, ya que parte de su estructura aún era visible en la superficie. El avance de los trabajos ha permitido recuperar gran cantidad de monedas y trozos de vasijas con inscripciones votivas, que expresaban salud al Emperador y larga vida al Imperio. Estos deseos normalmente no se asocian con devotos particulares, ni por élites locales o provinciales, pero sugieren que fueron contraídos por miembros de la clase imperial romana. Se sabe poco sobre los siglos siguientes a la caída del imperio romano, aunque un asentamiento morisco ocupó las tierras en algún momento del siglo XII utilizando las aras romanas como parte de la mampostería de un “ribat”. Un ribat es una institución islámica medieval, común en el Magreb y al-Ándalus, que funcionaba como un monasterio fortificado en zonas fronterizas. Combinaba funciones militares de defensa, vigía y retiro espiritual para los voluntarios (murabitun) dedicados a la piedad y la guerra santa (yihad). Es decir, que este sitio sería a la vez un lugar de oración y de vigilancia costera contra el riesgo de ataques, en particular de las fuerzas cristianas.
Los relatos del descubrimiento de estas ruinas se remontan a Valentim Fernandes en 1505 y a Francisco de Holanda, alrededor de 1541. Este último incluyó diseños y observaciones de las estructuras.
El humanista e impresor Valentim Fernandes visitó el Alto da Vigia dejando este registro del hallazgo:
“No ano do nascimento de Cristo de 1505, no dia 9 de Agosto, reinando D. Manuel, excelentíssimo rei de Portugal, quási no décimo ano do seu reinado, nas terras extremas dos confins da Espanha, para o lado do ocidente, na extremidade do promontório da Lua (Serra de Sintra) a que o vulgo chama Roca de Sintra (Cabo da Roca) à beira da praia do oceano, inesperadamente foram encontradas, debaixo de terra, tres colunas de pedra, de forma quadrada, tendo gravados, desde tempos antigos, alguns caracteres romanos apenas em uma das faces, cuja base, mudada a ordem natural, se elevava como capitel e cujo capitel vimos fixado propositadamente, ao que parecia, como se fosse a base. Arrancadas a ferro e com cuidado, dentre os tijolos e pedras duras com que se fixavam por baixo as admiráveis colunas cima referidas, então notámos perfeitamente em uma delas, já voltada direitamente, estas figuras seguintes, não nos sendo possível decifrar com clareza as letras das outras porque, com a antiguidade do tempo e o desgaste do mar e das chuvas, estavam quási apagadas” (A. Fontoura da Costa, “Cartas das ilhas de Cabo Verde de Valentim Fernandes (1506-1508)”, Lisboa, Agencia Geral das Colonias, 1939, pág. 87-88).

El ilustrador, cartógrafo y arquitecto Francisco de Holanda representa el santuario, como era común en los dibujos de la antigüedad del siglo XVI, en una reconstrucción libre, por lo que solo puede servir como una fuente muy limitada (“Os desenhos das antigualhas”, de 1538 a 1541). La forma circular del santuario y su ubicación topográfica en una colina sobre el mar pueden considerarse seguras, basándose en la comparación con otros relatos.
Según las inscripciones, los altares fueron erigidos en la segunda mitad del siglo II o principios del III; en los tres casos, se trata de fundaciones establecidas por legados imperiales. Las inscripciones del Alto da Vigia están dedicadas al Sol, dos de ellas al Sol en conjunción con otra deidad. Así se lee en las diversas aras votivas de lo que sería este santuario mitraico:
“Soli et Lunae / Sestus Tigidius / Perennis / leg (atus) Aug (usti) pr (o) pr (aetore) provinciae Lusitaniae. Olisipo”; esto es: “Sexto Tigidio Perennis, gobernador romano de la provincia de Lusitania, dedicó una inscripción al Sol y la Luna” en 185 d. C.; entre 200 y 209 por Lucius Aelius Paulus, “procurador de la provincia de Lusitania”, al “Soli Invicto”; y por Cayo Julio Celso, “legado enviado para los censos en Lusitania” a finales del siglo II, al “Soli et Oceanus”.
Las fechas sugieren que, durante aproximadamente un siglo y medio, aquí se practicaba un culto, sacrificando animales con características específicas al Océano, la Luna y el Sol. A las deidades masculinas se les ofrecían machos, y a las femeninas, hembras. También existía una jerarquía de animales para dedicar, con énfasis en los caballos (cuando existían) y los bueyes. Los animales dedicados a las deidades celestiales eran blancos. Los dioses del inframundo recibían animales oscuros. Los arqueólogos desconocen qué sacrificaban en honor al Océano, ya que no existen paralelos en el imperio. Para el Sol, seguramente sería un toro blanco, con cuernos moteados de oro.
El mismo número de tres altares en la zona del Cabo Finisterre lo asevera Plinio: «quorum in paeninsula tres area Sestianae Augusto dicatae» – “en cuya península hay tres aras Sestianas dedicadas a Augusto» (“Naturalis Historia IV”, 111); y puede deberse a que Augusto, Sol y Luna eran venerados en este lugar. Al menos esto se puede demostrar en el caso del Sol por el famoso Ara Solis fisterrán.
Una variante del pasaje de Ptolomeo en su “Geographia” sobre las Arae Sestianae indica que son al mismo tiempo los Altares a Helios de Sestio.
De acuerdo con la edición de la traducción de Willibald Pirckheimer (1525), dice:
“Post Nerium promontorium alliud promontorium in quo Solis arae”.
Y según la traducción en griego y latín de Karl Müller (1883) ampliamente aceptada:
Μετὰ τὸ Νέριον ἀκρωτήριον ἕτερον ἀκρωτήριον, ἑφ᾿ οὑ Σησ-τίου (ἡλίου) Βωμοὶ, ἄκρον
“Post Nerium promontorium alterum promontorium, in quo sunt Sestii (solis) arae”.
Schulten también sospechó correctamente una dedicación al Sol en honor a Augusto. Si tomamos en serio esta variante textual, al menos uno de los altares estaba consagrado al Sol, información que coincide perfectamente con su paralelo en Alto da Vigia. Los altares fueron consagrados por Sestio para la salvación de Augusto, en consonancia con otros posteriores dedicados al Sol y a la Luna para la eternidad del Imperio y la salvación de Septimio Severo en el monte da Lua (sierra de Sintra): “Soli aeterno Lunae pro aeternitate imperi et salute imp. Caes. Septimi Severi”.

Dato no menor a la hora de ubicar lugares es que en Ptolomeo son evidentes las inexactitudes, consecuencia de los rudimentarios métodos de posicionamiento, que conducían a grandes errores, sobre todo en la determinación de las longitudes; debido a que como instrumentos de medición, sólo disponían de relojes de sol, del limbo circular exterior del astrolabio, o del reloj de agua o clepsidra. Por ello es mayor la fiabilidad de la nomenclatura y evitamos coordenadas (durante siglos, el tamaño de la Tierra aceptado fue el descrito por Ptolomeo, lo que ocasionó el arribo de Colón a América, entre otros fallos de cálculo).
La iniciativa de Sestio se inscribió claramente en una tradición griega al erigir sus altares en el cabo de Finisterre. Decía Plutarco que “el Imperio romano llegó hasta el Océano y sometió a pueblos que hasta entonces no eran pacíficos” (“Vida de César”, 96 d. C.). El geógrafo Estrabón, en una digresión sobre las Columnas de Hércules, analiza en detalle la “antigua costumbre” de marcar los puntos finales de países y expediciones militares con objetos específicos, mencionando primero los altares. Como Alejandro Magno en Oriente, así pues, Augusto había conquistado Occidente, por lo que el punto final correspondiente se fijó en el cabo Finisterre. Las Aras Sestianas encarnan, en particular, un aspecto fundamental de la política exterior imperial temprana, dado que los altares augustos del cabo Finisterre eran para los geógrafos del período imperial mucho más un símbolo geográfico abstracto que una arquitectura concreta de la victoria. Definían el espacio, al marcar el “eje principal este-oeste de la percepción y descripción del mundo”. Las Arae Sestianae y las Arae Alexandri, en cierto sentido, rodeaban el orbe. A menudo se construía una analogía de este tipo entre los extremos oriental y occidental del mundo, ya que transmitía la idea de una unidad cósmica, un «todo mundial».
Con la erección de un grupo de altares en un lugar geográfica y topográficamente expuesto, Sestio creó un equivalente a los altares de Alejandro en la India. Mientras que ésos definían el límite oriental del mundo, las Aras Sestianas marcaban el límite occidental. De este modo eran al mismo tiempo un monumento a la victoria de las campañas españolas y símbolo de las aspiraciones de poder universal de Augusto. Como tal, las Arae Sestianae definieron el límite occidental del mundo para la consciencia geopolítica de los tiempos imperiales posteriores.
Los geógrafos árabes, heredando parte del conocimiento de Ptolomeo, identificaban tres ángulos principales que definían la silueta de Iberia: Cabo Finisterre (extremo noroccidental) identificado como “Ra’s al-tarf” (Cabo Rocoso), el punto donde termina la tierra firme frente al «Mar Tenebroso» (Atlántico) en la región de Galicia (“Yalliqiyya”); Cabo de San Vicente (extremo suroccidental) situado en el Algarve, era un punto de referencia vital para la navegación y el límite sur del frente atlántico; y Cabo de Creus (extremo oriental) marcaba la frontera con la «Gran Tierra» (la Europa continental).

En un pasaje extraído de la obra geográfica “Kitab al-Rawd al-Mi’tar” (“Libro del Jardín Perfumado”) de al-Himyari, el arabista Padre Cabanelas fija su atención en la mención de un “hișn al-manār” (fortaleza de la almenara), que el geógrafo magrebí del siglo XV sitúa en el extremo que constituye el primero de los ángulos que señalan los límites de la península ibérica en los mapas de su época: “se halla en la ribera del Atlántico por la parte noroeste, y está cerca de la iglesia tenida en gran veneración por los cristianos, y que ellos llaman de šant Yaqub (Santiago de Compostela). Esta región, situada en los confines de al-Andalus, es la parte más estrecha entre los dos mares (Atlántico y Cantábrico), y su anchura, de mar a mar, es de ochenta millas” (que correspondería con la distancia existente entre Fisterra y Estaca de Bares, primer punto del Cantábrico). Y Cabanelas lo explica así:
“Lo primero que a las mentes se viene, al pretender fijar la localización geográfica del citado “hișn al-manār”, es la Torre de Hércules en La Coruña, bien conocida ya desde la época romana por su faro (pero al-Idrīsī la llama siempre “hișn al-Fārū”); por lo que, razones de diversa índole nos llevan a localizarlo, con bastante seguridad, en el actual poblado de Finisterre (…) Allí se elevaban una torre (manāra) y un templo, sobre la montaña que dominaba el mar, con toda probabilidad el monte de San Eugenio” (Darío Cabanelas, “Finisterre en el Rawd Mi’tar de Himyari”, Al-Andalus, nº 16, 1951, pp. 218-219).
El poeta Eduardo Pondal estuvo en las inmediaciones del faro de Fisterra en 1867, que desilusionado, no halló rastro alguno del Ara Solis; pero el cura Miñones sí deja escrito en 1895 que la tradición lo sita en una elevación donde se encuentra hoy el Hotel Semáforo, que data de 1879 y era una antigua base de emisión de señales para la marina de guerra, perdiéndose así todo vestigio del santuario: “… y muy luego en una parte elevada, en donde por tradición se sabe estuvo el templo pagano del Ara Solis, la estación electro-semafórica” (manuscrito inédito). Un emplazamiento óptimo para rituales al aire libre y de cara al atardecer más simbólico del mar atlántico, conocido como Alto de San Eugenio.

No es de extrañar, que tras la Reconquista de Galicia su nombre se deba a una capilla en honor del mártir San Eugenio, conocido por su fidelidad a la fe durante la época de la dominación musulmana en Al-Ándalus y ejecutado en el año 825.
La convergencia de datos entre los santuarios romanos de Alto de San Eugenio y Alto da Vigia hace evidente una historia cultural compartida, cuando esas tierras que daban a la costa estaban dedicadas al culto solar, lunar e imperial; indicativo de que en esa época un témenos circular (un espacio religioso al aire libre) era utilizado por los poseedores de altos cargos imperiales en el territorio. Y balizados durante la invasión islámica.

Afirmaba el filósofo Arthur Schopenhauer (1788 – 1860) que “la tarea no es tanto ver lo que nadie ha visto, sino pensar lo que nadie ha pensado sobre lo que todos ven”. A partir de esta premisa es que consideré exponer unos argumentos que elevan aún más el carácter relevante y trascendente que tuvo Finisterre para el mundo antiguo, en base a los planteamientos de un magnífico estudio del Dr. Andreas Grüner (“Die Altäre des L. Sestius Quirinalis bei Kap Finisterre. Zur geopolitischen Konstruktion des römischen Herrschaftsraums”, Madrider Mitteilungen, 2005/ pag, 247-266 / trad. J. G. Satti); que espero conduzcan a nuevas líneas de investigación que redunden en nuevas campañas arqueológicas tantos en yacimientos ya consolidados del municipio como en otros por inaugurar, tal el caso del dólmen de Orcavella, Vilar Vello o Castromiñan.



