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miércoles, marzo 4, 2026

Zapatones, el Peregrino Eterno

Enlace al anterior artículo «Una década sin Zapatones»

La periodista María José Lorenzo publicó el año pasado la novela «Zapatones, el peregrino eterno», recordando la figura de este pícaro moderno. La obra no es un biopic, recoge escasas páginas de la biografía del porteño de As Barrosas, al que usa como personaje de ficción de un viaje novelado por el Camino de Santiago.

De hecho, aún restan muchos matices para llenar los huecos de esta vida nada fácil, que se pueden completar con las luces de vecinos de ZP de sus mismos años o compañeros en su etapa en centros de acogida. Sobre sus últimos años, Lorenzo escribe «Acostumbrado a dormir en los lugares más insospechados, en la plaza del Obradoiro, cajeros de las sucursales bancarias, algún banco en la Alameda de Santiago de Compostela, decidió invertir el dinero de la indemnización en vivir un poquito mejor, durante el tiempo que durara se instaló en el hotel Chef Rivera en Padrón para tener por primera vez una vida medio cómoda, dormía caliente, con sábanas limpias hasta que el dinero se acabó; por un tiempo, tuvo la suerte de contar con la generosidad de la familia, dueña del negocio, le permitió que siguiera pernoctando allí sin cobrarle, incluso, podía desayunar, comer y cenar».

Así lo hizo durante varias semanas, hasta que empezó a sentir vergüenza por la situación y decidió marcharse a la ciudad de Pontevedra, otro punto que conocía bien. «Se convirtió en un ser introvertido, procurando ser educado, mantenía las distancias, aceptando siempre una invitación a una cerveza Estrella de Galicia, que solían invitarle los paisanos de la zona, para compartir charlas con él, intentando conocer su historia, que cada día contaba de una manera distinta. Algunas veces exagerando y otras contradiciéndose.

Las peculiaridades de la vida de Juan Carlos Lema Balsas, Zapatones, el peregrino eterno, no dejaban indiferente a nadie» indica la periodista gallega. Recurrió al albergue de la Virgen de la Peregrina, en el Camino Portugués, en la calle Otero Pedrayo, situado en la etapa de Redondela a Pontevedra. Era un lugar de uso exclusivo para peregrinos del Camino de Santiago con credencial, que pertenecía a la Xunta de Galicia, gestionado desde 1999 por la Asociación dos Amigos e Amigas do Camiño de Pontevedra. Fue recibido con cariño, pero Zapatones se consumía herido por las sombras de la soledad y el desánimo.

El autor del artículo con Zapatones

Un ángel en la vida de Zapatones

Según Lorenzo, «Su popularidad había trascendido hasta allí, donde fue bien acogido, llegando a tratar con lo más florido de la sociedad pontevedresa, compartiendo sus historias en charlas con vecinos, que le paraban a su paso. En ellos conoció a María del Pilar Gómez Verguntini, colaboradora del albergue, conocida popularmente como Cuca». Otro ángel que se encontró en los duros caminos de su vida, como las monjitas de la inclusa, los salesianos.

Así la describe la periodista citada: «Era un alma buena que le gustaba ayudar a los demás y se lo podía permitir. Decían que tenía una virtud heredada de su madre, que le había enseñado a practicar la caridad cristiana, por lo que colaboraba con varias asociaciones, una de ellas Calor y Café, que repartía alimentos y productos higiénicos a personas que no tenían hogar, entre ellas estaba Zapatones, que se convirtió en uno de sus protegidos, con el que solían compartir charlas salpicadas con humor inteligente, al que se solía dirigir con la frase que se convirtió en mítica ¡que bien huele mi niño!». La periodista María José Lorenzo en «Zapatones, el peregrino eterno» nos aporta este certero párrafo:

-Por entonces Zapatones ya estaba enfermo, intentaba disimularlo, pero había dejado de comer, porque apenas podía tragar alimentos. Enflaqueciendo de manera considerable, mantuvo su cuerpo durante demasiado tiempo a base de líquidos. Aquel hombre, que la sociedad se había empeñado en arrinconar, al final había vivido una historia apasionante, incluso tuvo la oportunidad de subir en la nube de la felicidad, cayendo a los infiernos cuando la muerte le arrebató sin piedad a la mujer de su vida, deseando en infinidad de ocasiones la muerte, desde la falta de Marta, su único deseo era reunirse con ella y por su maltrecha salud, pronto iba a poder cumplir su deseo de reunirse con ella. Su alma se preparaba para volar en busca de la mujer amada y proseguir juntos el camino eterno, iniciado en la vida terrenal.

A veces abandonaba el albergue y pasaba las noches al raso o vagabundeaba por la ciudad del Teucro, en donde su estampa se hizo muy popular y no dejaba de ser objetivo de las cámaras. El azar, el destino a veces se cruzan con otros condicionantes en nuestras vidas; para un porteño de As Barrosas, en una familia tan vinculada a la iglesia local, el día de Fátima no es una fecha más.

El último Camino de Zapatones

La que eligió Juan Carlos para abandonar el calor del albergue en su último camino, su última noche de bohemia, en una especie de vía de escape hacia otra parte desconocida pero sentida desde las frías noches salesianas al abrigo de los versos bíblicos y las estampas marianas, la última ruta de un personaje entrañable que atrapó a una persona profundamente religiosa aunque desharrapada de los afectos más básicos desde la desvalida cuna; periplo final sin retorno que nos recuerda el último viaje -ese dejarse ir- de Man, otro solitario vecino que llegó un día de Pentecostés en romería a un lugar entonces dentro de la misma parroquia porteña.

En la fría madrugada del 14 de mayo del año 2015, a los 61 años, Juan Carlos fue encontrado muerto en un banco de una plaza de Pontevedra. Ya no era Zapatones, su capa y su panoplia se guardaban en un chinero, su vida dejaba de tener un sentido, un argumento. El fundido en negro era inevitable. Como Man al ver perdido su museo entre el piche, como el Quijote, al final de los días marcados en su reloj vital recobra su nombre y «juicio», abandona la máscara.

«Se había asentado en el banco que se convirtió en su lecho de muerte, cuando de pronto empezó a sentirse mal, notando que le costaba llenar sus pulmones de aire, decidió rodear su cuello con sus brazos, buscando alivio. Fue hallado muerto con ese gesto, por los agentes de la autoridad, que acudieron a la llamada de un viandante», escribe Lorenzo, y apostilla: 

«Aunque a Zapatones le gustaba alternar las noches al sereno, había dejado de cuidarse, cayendo enfermo, sentía como su estómago se le había estrangulado, perdiendo el apetito y abusando del tabaco. Había llegado a fumar dos pares de cajetillas diarias, dejando de lado el alcohol, porque apenas era capaz de tragar ni siquiera, el líquido de los tercios de Estrella de Galicia».

 El cadáver de Juan Carlos Lema Balsas Zapatones fue trasladado a la capital de Pontevedra al cementerio vecinal de  Ponte do Porto. En la lápida, una inscripción: «Con cariño de tu hermano». Al lado de una fotografía con la imagen de un peregrino. En el registro civil de Pontevedra, en el tomo 245, página 373 figura el 14 de mayo de 2015, como la fecha de su muerte.

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