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miércoles, marzo 20, 2024

La visita de Ruth Mathilda Anderson a las palilleiras de Ponte do Porto

The Hispanic Society of America envía en 1924 a la fotógrafa Ruth Mathilda Anderson a Galicia. El fruto de esta experiencia es de sobras conocido, un diario y un álbum de 5.000 fotos, muchas de ellas aún sin positivar. Una obra de referencia de esta singular aventurera: Anderson, R. M.: Gallegan Provinces of Spain: Pontevedra and La Coruña. New York, The Hispanic Society of America (1939).

Llegó esta notable artista a Galicia por el puerto de Vigo el 7 de agosto de 1924, acompañada de su padre, Alfred T. Anderson. Por mar, a bordo del Roussillon. Recorrieron Galicia hasta el 28 de agosto de 1925 en este primer viaje. A la Costa da Morte en esta ocasión llega por vez primera desde Santiago el 6 de noviembre de 1924, cuando alcanza Carnota y O Pindo; pasa el río Ézaro en barca, hacia Cee y Fisterra.

Ruth Mathilda en Ponte do Porto y Camariñas

El 7 pernoctan en Fisterra, vuelve a Santiago y de allí en bus a A Coruña. En esta ciudad estuvieron del 12 al 19 de noviembre de 1924, y del 25 de noviembre al 1 de diciembre. Entre el 19 y el 25 recorren de nuevo la Costa da Morte. Visitan Muxía entre los días 19 y 20 de noviembre. El 21 fueron a Vimianzo; el 22, alcanzan A Ponte do Porto y Camariñas y el 23, de nuevo, Vimianzo. El 24 paran en Buño y el 25 regresan a A Coruña. Vamos a tratar del viaje a la terra das palilleiras de la señorita americana, a Ponte do Porto y Camariñas en 1924, hace cien años.

Tras la visita a Muxía hace un siglo, en el simbólico mes de San Martiño (pan e viño) de 1924, los Anderson vuelven a Vimianzo el 21 y preparan el viaje al día siguiente (el 22) a A Ponte do Porto y Camariñas; para regresar el 23 a la capital de Soneira. La artista sabe bien que se acerca a la tierra del encaje de bolillos de Galicia (las puntillas de Camariñas).

Previamente había realizado su dossier de investigación, sus apuntes antes del recorrido. En Muxía tuvo el primer acercamiento directo a las palilladas, pero debía ir al centro del comercio y producción, a la villa que le daba el nombre. Otros reporteros en estas primeras décadas de siglo habían visitado Camariñas y Ponte do Porto, retratado labores y «panilleiras».

Anotado por ejemplo que en Ponte do Porto se ubicaban los mayores exportadores de encaje gallegos (y nacionales), su feria mensual era entonces el verdadero mercado central de la puntilla y lo fue durante todo el siglo. Ya anoté sobre los periódicos envíos de rendas de la vuelta de la villa porteña a los dos grandes exportadores de muxía.

A ella le interesaban más las humildes mujeres que palillaban que los grandes mostradores para la exportación a América de los comerciantes porteños, pioneros también en la edición de libros de labores, la publicidad o la introducción de los carretes de hilo. Esta pasión de la artista por los oficios relacionados con el vestido será comentada al final.

En esta década son constantes las críticas en la prensa de nuestros puntilleiros por la invasión de encaje mecanizado de China y otros puntos de Europa en sus mercados más importantes, por ello el interés de la americana por ir al origen de todo es un alegato por la pervivencia de una manufactura tradicional, una artesanía sobre todo femenina, que podía desaparecer ante los ingenios mecánicos y precisa por tanto su catalogación. Con todo, en sus palabras tendrá no sólo elogios hacia nuestras palilleiras sino también propuestas de mejora y verdadera fe en el futuro de la artesanía si se emprenden reformas.

Desde la página 432 a la 447 vemos en el texto de Ruth Mathilda una serie de observaciones recogidas en Vimianzo. Demuestra los conocimientos adquiridos sobre la historia medieval galaica: las luchas de los Fonseca y los Moscoso por la fortaleza local, los «hermandinos», la sumisión de la nobleza al yugo de Fernando e Isabel.

Describe el trabajo de los peones camineros, visita los alrededores de Vimianzo y documenta la vida en una casa de labranza de Ogas. Como en Muxía recogió la tradición del encaje, en esta vivienda rural del valle de Cambeda también deja constancia de la importancia doméstica de las puntillas en el concello soneirán.

En la casa del reloj de sol «Los principales tesoros eran las almohadas de encaje. Una, cubierta de algodón a rayas rojas y blancas. Llevaba, sobre un patrón de papel bien pinchado, un estrecho hilo del que dependían una veintena de bolillos que se apoyaban en el reposamanos de cuero. La otra, sanguina, sostenía un borde más ancho y portaba treinta bobinas. En ambas almohadas, el encaje terminado se mantenía limpio en una robusta envoltura a los extremos salientes de caña».

Al regresar a Vimianzo desde las granjas, prestó atención a una mujer «Corpulenta como una reina, caminaba con cebollas doradas que se inclinaban entre los extremos salientes de los tallos».

Es el día 21 y prepara el camino a Ponte do Porto en la siguiente jornada, por los puentes de Castrobuxán, A Furaqueira, hasta Lexas. Viajan ella y su padre en dos caballos. Ya había carretera aunque su estado era lamentable, y de hecho en 1914 unos intrépidos reporteros madrileños de la revista Nuevo Mundo (reporter España y fotógrafo del Río) llegados en taxi desde A Coruña habían realizado un reportaje sobre los famosos puntilleiros porteños (Miñones Noya). Pero en el camino sufrieron un percance y necesitaron la asistencia de «bestas» para completar la ruta. Durante el gobierno de Primo de Rivera se emprenden trabajos importantes en esta red y en otras obras públicas.

En Ponte do Porto el célebre comerciante Jaime Alfredo Noya ya disponía de auto y lo adquiere también el boticario don Gumersindo Rodríguez. En Muxía gozaba de uno Manuel Lastres. Aún seguían funcionando las diligencias de caballos hacia la ciudad, como la de Ribadulla de Muxía o la de Mazaeda en Ponte do Porto. Cuatro horas les dura el recorrido de Vimianzo a Ponte do Porto a los Anderson porque se demoran tirando fotos.

Caballos alquilados para ir a Ponte do Porto

«El desayuno en Vimianzo nos ha sentado bien, lo hemos disfrutado más que si tuviésemos que tomarlo rápidamente en Muxía. Después de almorzar hemos ido en seguida al castillo. Es un día claro y precioso y estamos trabajando dentro del recinto a las 12 del mediodía» apunta la retratista. Relata el 22:

«Los caballos que alquilamos ayer para ir hasta Puente del Puerto esta mañana estaban en la fonda antes de que nos preparasen el almuerzo. Salimos a las 8.15 y después de parar en muchas ocasiones para hacer visitas, llegamos a nuestro destino a las 12.30. Aquí tuvimos que esperar media hora por un autobús que nos llevaría a Camariñas, otra de las capitales de encaje de palillos. Habíamos pensado ir hasta allí en barco desde Muxía, pero parecía que iba a haber tormenta».

Al texto que traducimos buscando una cercanía al impulso creador y a la estética de la autora unimos el comentario de una serie de interesantes fotos sacadas en Ponte do Porto y Camariñas. El bus de Vimianzo se detiene al lado del puente medieval, en la fonda de Inocencio Suárez en O Outeiro. A esa plazoleta se le conocía antes por O Oratorio y contaba con un cruceiro, trasladado tras la guerra civil al atrio de la iglesia.

Son muchas las imágenes que conocemos de personas que esperan en esta posta paquetes o viajes. A ambos lados del negocio se hallan las tiendas de dos grandes exportadores de encaje a América, los Miñones Noia y los Mazaeda. En la subida de esta segunda casa hacia el campo do Outeiro existía una palillada (una escuela y obradoiro de palillo), en la casa de Moreira. Le seguían dos edificios de los Lastres, uno propiedad de otro de los grandes nombres de la venta de encaje y renovador en este tiempo (junto a Aranaz de Muxía) de los picados tradicionales con modelos propios y de Almagro, Julio Lastres.

Pues bien, una de las fotos que ilustran las páginas dedicadas por Ruth Mathilda a Ponte do Porto son sacadas en esta subida de la casa de Mazaeda en el barrio de O Outeiro. Una, la de un grupo de cuatro mujeres palillando al sol en la calle en la citada casona de Julio Lastres.

Son inconfundibles sus dobles parejas de puertas y ventanas, así recuerdo el edificio en mi infancia y queda testimonio gráfico. Lo llamaban A Solana, su frente daba a la praza do Outeiro (a feria dos porcos) y la carretera a Camariñas, como hoy. Entonces ya usaba este largo almacén mi bisabuelo, recién llegado de Argentina y casado en un hogar de la misma plaza; se la compró a don Julio para servicio de fonda. Este grupo de mujeres que palillan me es por tanto muy familiar, dos mayores entretenidas en sus rendas de vara (fundas y cornos largos y estrechos) y dos chicas que miran a la cámara curiosas. Mi bisabuela Elisa, su hermana Pepita, mi abuela Amelia y su hermana Carmen. Las tres primeras grandes artesanas, como tantas de mis vecinas porteñas y de las parroquias del entorno.

Otra foto de una encajera en el interior de su casa probablemente sea de la familia Miñones, pues recuerdo esa solana interior cuando vivía allí Angélica Miñones Noya, cliente de nuestra fonda que todos los días comía con mi hermana y conmigo; su casa y las vecinas como el lar natal de mis bisabuelos ya contaban con esas galerías llegadas por la influencia coruñesa (herencia de los ventanales de los preciosos navíos ferrolanos). Una tercera postal parece sacada en el curro de enfrente al hogar de As Cristinas, detrás del lar de Mazaeda, en la misma cuesta citada; pero por el texto de la autora es probable que fuese tirada en Curros, a la entrada del pueblo y punto habitual de palilladas y excelentes «mestras». El resto de retratos de artesanas de este grupo de páginas (448-452) son obtenidos en Camariñas. En el viaje entre Vimianzo y Ponte do Porto a caballo la artista se había entretenido mucho bajando a sacar retratos curiosos en Calo, Braño. Su padre sólo la acompañaba y colaboraba en el laboratorio, todos los retratos son de la fotógrafa.

Escuchemos la voz de la señorita americana cuyo tenue recuerdo quedaba en la memoria de mi tía abuela Josefa Suárez o de Angélica Miñones, y por ello en mi recuerdo de infancia. Le impresiona la imagen de tanta joven palilleira trabajando, las maceiras (le parecen cunas) de piedra, un gran cerdo que pasea por las calles. El famoso «porco de san Antón» del que me hablaba mi abuela. Describe y destaca el viejo puente de piedra de «tres arcos». Lo menciona en su texto inglés en castellano, «puente». Pensemos que la viajera lo percibe desde arriba, desde el cruce de O Outeiro y la taberna de Inocencio, con el perfilado de los tres apeaderos sobre tres pilares, no se refiere a los cuatro arcos que en su tendido reúnen sobre el río. Asimismo la curiosa visitante nota ya el efecto de las mareas en las marcas del puente, característica de las rías atlánticas. Advierte de la silueta de las calles subiendo empinadas colinas desde el río, con las mujeres en las puertas dedicadas al oficio que le daba fama al municipio de Camariñas al que pertenecía la entonces poblada y extensa parroquia de San Pedro de Ponte do Porto, desde 1836. Son muchos los clichés que realiza o adquiere y pocos los publicados.

La retratista percibe el encanto de las «panilleiras» porteñas trabajando al sol (a sonllar) en la página 448: «Las casas de esta luminosa mañana de noviembre debían estar desiertas porque todas las personas habían buscado el sol. Cerca de Puente del Puerto una mujer joven estaba trabajando en su almohada de encaje puesta (colocada) en un banco entre un enorme roble y la pared de la cabaña. Sobre la almohada un reloj ¿Qué hora era? Las manos seguían tejiendo mientras los ojos miraban hacia arriba». «Temprano todavía. Fácilmente podrá tomar el autobús del mediodía a el Puerto».

«La posición de esta localidad ilustra el rasgo característico de las rías, altas y bajas. En una ría se encuentran generalmente los asentamientos principales, uno en cada esquina y otro en el punto más hacia el interior. Habíamos visto Padrón, Pontevedra marcando los vértices de sus rías, y aquí estaba Puente del Puerto dominando la Ría de Camariñas. En estas calles, que se extendían en varios niveles junto al río Puerto, había más confección de encaje en curso (en plena faena)».

«Las muchachas se sentaron en bancos bajos, apuntalando sus almohadas de nuevo a la casa. Sus mayores se sentaron cerca, y un gran cerdo blanco yacía como un collado al sol. Había poco más que llamara la atención excepto las cunas sobre pilotes que en la calle principal parecían a veces, más importantes que las casas, y el puente, un viejo puente de piedra de tres arcos, verde con hiedra y marrón con marcas de la marea».

«Nuestro autobús hizo un recorrido rápido de las pocas millas hasta la desembocadura del Puerto y luego atravesó una pequeña península hasta otro brazo de la ría. A medida que avanzábamos, intentamos distinguir Mugía, a menos de tres millas de distancia, pero estaba oculta detrás de una punta de tierra. En Camariñas los hombres (honran) con una procesión de barcas en julio su propia Virgen del Carmen o esperan con ansias en septiembre las fiestas de la Barca». En Camariñas realiza retratos de la marina, los almacenes de salazón, los veleros (Negativo: 4.975. Camariñas, 1924. R. M. Anderson Collection 1086 to 2663. Dpto. Grabado y Fotografía. HSA. págs. 24-25).

Camariñas

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