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domingo, julio 3, 2022

La Casa da Solana y Los Couto y Carballo, puntilleiros de Ponte do Porto en 1852

La Casa da Solana y los Couto y los Carballo

La casa de venta de «encajes gallegos» Couto y Carballo de Ponte do Porto es la primera referencia comercial que tenemos de puntilleiros de Camariñas, a mediados del siglo XIX.

Francisco Couto, abad de Toba, y Pedro Carballo eran socios y parientes, pues en varios documentos de compras sus clientes (como los párrocos de Ponte do Porto) los tildan de «primos», en 1852.

Los dos eran vecinos de Ponte do Porto, en donde tenían vivienda; Carballo justo en el linde con la parroquia de Cereixo, a orillas del río do Porto, en el desaparecido lugar de Casa de la Ribera, que aún sale en mapas del siglo XIX, en donde además de su casona había una pousada y a fin de siglo embarcaderos y aserraderos.

Francisco Couto, abad de Toba (Cee), fue capellán del desaparecido santuario porteño de San Roque y Guadalupe (en el campo de San Roque) y había adquirido la ahora llamada casa de Julio Lastres en Cereixo a Andrea Pose de Traba de Laxe. Al cura lo atendía una sobrina, Amalia Filgueira Cortegoso, natural de Bora-Pontevedra.

Los Lastres y amigos porteños

El cura de Cereixo era también sobrino suyo y se llevó a la hermana Amalia a vivir con él. El abad y la sobrina solían pasar una semana en Toba y otra en Cereixo. El camino lo hacían en una borrica que se fue quedando ciega, pero sabía la ruta de memoria. Al final el abad se vino a vivir con Amalia y el párroco local a Ponte do Porto.

Casa da Solana, alfolí de sal en Ponte do Porto

Amalia conoció a un joven marino de Ponte do Porto, un Lastres que vivía en la Casa da Solana, en la praza do Outeiro, «a feira dos porcos». El largo bajo de la casona del siglo XVIII le servía de alfolí de sal.

En el sobrado una galería para tomar el sol, coronada por un «corno» protector, le daba nombre.

Desde aquella altura podía ver la ría con su catalejo alemán, su barco reposando en los malecones con las velas muertas.

Travesías marítimas

Eran una estirpe de patrones de largas travesías que descargan en los malecones de A Gándara y A Esquipa, tras su derrota a Alicante, Oporto, Cádiz. O alijaban en Merexo, Muxía, Muros, Camariñas. Poseían barcos como la pinaza Nuestra Señora de la Barca, al mando de Ignacio de Lastres en 1814 y de Lope Lastres en 1843. Construido por José Roa de Muxía.

El porteño Lastres a mediados del siglo XIX era capitán de la marina mercante, gobernaba pinazas y lugres que iban sobre todo por sal a Torrevieja.

Por eso en su casa de A Solana en Navidad se comía turrón de Alicante, desconocido en las mesas de la zona.

Se enamoró de la hermana del cura de Cereixo, capellán de San Roque, y sobrina del abad de Toba, Amalia; supongo que en alguna de las palilladas de la época. Se casaron.

Velero en Ponte do Porto

El tío de la novia, el abad de Toba a quien ella cuidaba, murió, y al poco tiempo también su sobrino el cura de Cereixo. Así que Amalia se convirtió en la rica heredera de sus dos tíos sacerdotes y pasó a vivir a la casa grande de Cereixo, en donde nació su hijo, Julio Lastres, que seguiría con el comercio del encaje como el tío de su madre, renovando junto a Aranaz de Muxía a principios del siglo XX los picados, modelos de las puntillas.

A Solana, la vieja casa de cantería de los Lastres, antiguos corsarios, grandes navegantes oriundos de Cantabria, pasó a manos de Manuel Lema Vázquez (mi bisabuelo), de Traba de Laxe, carpintero de ribera y casado en la misma plaza, en la casa patricia de Elisa Suárez Pazos del Curro do Mouzo.

La Solana fue primero arrendada (fonda, casa de comidas, salón de baile), luego comprada a Julio Lastres. Es mi casa natal. En la pared de levante, en donde se acumulaban los sacos de sal de Torrevieja, las capas de pintura se desgarran, por eso sólo permite la decoración con madera, conservada por el salitre acumulado por los siglos.

La salmuira de las venas de aquellas estirpes de bravos navegantes, como mi antepasado don Domingo Antonio de Pazos, del comercio de Cádiz, tío de mi bisabuela Elisa, hermano de su madre, doña Juana Pazos do Allo. Gerifaltes de antaño, que diría el manco inmortal. Valle Inclán. A quien casi mata mi bisabuelo Manuel Vázquez con un tablón de castaño. Pero esa es otra historia.

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