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sábado, julio 2, 2022

Localizado un diario inédito de Frida Kahlo de 1940

EL AÑO DE SU SEPARACIÓN Y SU REVELACIÓN ARTÍSTICA – RAFAEL LEMA

La pintora mexicana Frida Kahlo vivió sólo un año separada legalmente de Diego Rivera, un año que marcó su vida y sobre todo una carrera artística que la llevó a ser hoy la artista hispana más célebre. Y precisamente de ese año, de 1940, hemos recuperado un diario inédito que avanzamos en exclusiva y pertenece a la colección privada de A.P., un conjunto documental al que hemos tenido acceso.

El diario como los otros cuadernos de la colección forma parte de dos cajas regaladas por Frida a su último amante, el editor gallego Alejandro Finisterre. Este cuaderno es de singular relevancia porque aclara algunos aspectos de la controvertida separación, con la voz de la propia Frida, sin intermediarios; y muestra la cara más íntima de la autora, su relación con otros amantes, las traiciones padecidas, y la precaria situación que sufre en esas fechas. Pese a todo será un año de gran creatividad, crucial en su vida, pues ella empieza a considerar el valor de su obra que a su vez comienza a ser estimada en el extranjero (Francia y EEUU).

Entre el material localizado en la colección A.P., hay una arca de madera pintada en el exterior e interior, con hojas sueltas, dibujos, una docena de cartas. dos cuadernos ilustrados dedicados a A.FINISTERRE; dos poemarios ilustrados para él y para su otro gran amor español, José Bartolí. Un libro de recetas recogidas por la propia pintora. Empezamos en este medio a analizar la correspondencia epistolar conservada, que abarca desde abril de 1953 hasta mayo de 1954. Luego hemos estudiado la parte artística y literaria de este legado y ahora vamos dedicar un espacio al diario de 1940.

EL CUADERNO ESCOLAR. 1940

Uno de los textos que Frida entrega a A.F. en la primavera de 1954 es un cuaderno escolar, usado por la artista para anotar los acontecimientos sucedidos en 1939 y 1940 que la llevaron al divorcio de Diego (CE 40). En la portada anota que es propiedad de Alejandro Finisterre, aunque dentro nos relata su ruptura con Muray y Diego. El nombre de Alejandro seguirá apareciendo en alguna ilustración, escrito para su entrega con el resto del legado de 1954. Ella explica que en esta etapa de soledad y privaciones tuvo que usar esta libreta, regalada por el hijo de una tendera del mercado, para escribir y dibujar.

Es un precioso y muy relevante texto escrito en 1940 que aporta importantes datos sobre esta singular etapa de su vida, noticias de su propia voz y no conjeturas de biógrafos o personajes interesados, que ayudan a aclarar algunos asuntos polémicos. A la libreta le faltan algunas hojas, usadas por la propietaria para otros fines (cartas, esbozos), porque el texto es legible, correlativo y no sufre cortes. Cuenta con 36 páginas; cinco son ilustraciones (págs. 3,5,7,8,35) y dos son textos con dibujos (págs. 14 y 30).

En la portada leemos «Cuaderno Escolar, Secretaría de Educación. De: Frida Kahlo. Perteneciente a: Alejandro Finisterre. 50 hojas». En la parte superior Frida dibujó un gran ojo abierto, con su ceja profunda. El iris poblado de nervios, con una negra pupila. De un lado del iris sale un humor acuoso de negra tinta, un ancho zig zag en antinatural derrame horizontal que cae formando una gran gota de tinta debajo del párpado. Las lágrimas y el humor acuoso permiten el correcto funcionamiento de la córnea, realizan funciones equivalentes a las de la sangre; por ello la artista juega con esta filiación corazón-ojo-lágrima-sangre, al igual que la comparación con la planta-savia tan usada por la genial creadora. En la página 28 se queja: «yo moría de llorar, y moría de perder lágrimas», y en la página siguiente: «mi noche es un gran ojo».

El texto fue escrito durante su separación de Diego; un proceso iniciado el 19 de septiembre, asignando los papeles del divorcio en diciembre de 1939, tras un año de ruptura firme y de vuelo libre de la genial artista entre los más granado del arte mundial. Escribe estas letras cuando ya había participado en la gran exposición surrealista de México de enero de 1940, había roto con su gran amante del período (Nickolas Muray), pero lleva un año de relación con el catalán Ricardo Arias. Por lo tanto, nos situamos en febrero o marzo de 1940.

Escribe la genial pintora con una caligrafía firme, clara, y asimismo es bien diáfana y veraz su exposición de los hechos de un año tan importante en su vida. Si apoyamos lo que ella misma dice en estas hojas con otros documentos y declaraciones de aquellos días, se confirma la «verdad de Frida». Ciertas cuestiones que para sus biógrafos quedan a veces deslucidas con la pátina de la duda, la ambigüedad, por comentarios de terceros, ahora se confirman en su propia voz; por ello, nos descubrimos ante otro excepcional documento que mostramos, tras décadas oculto, con unas letras que colocan a cada uno en su lugar. Por supuesto, engrandecen la figura de Frida. Su lectura se hace imprescindible, nada sobra, aunque haré un pequeño resumen.

La pintora empieza su relato contando su separación de Diego y su marcha a vivir en la Casa Azul, su hogar natal. Nos habla de un tiempo de precariedad económica, triste, de gran soledad; porque ella decidió separarse de Diego para irse a vivir con su amante el fotógrafo Muray a Nueva York, pero éste la despide de mala manera.

Un día en un taxi en la ciudad de los rascacielos le dice que va a casarse y además la culpa a ella de la ruptura, porque sus problemas físicos no pueden darle plena satisfacción sexual, mientras la anima a seguir pintando y creyendo en su don. Una vez más alguien con el que planea un futuro de vida, la abandona de forma cruel: «Sufro mucho la pérdida del amor de Nick, más que nunca yo estaba enamorada y por ese amor era yo capaz de todo, hasta de divorciarme de Diego, trámite en donde yo mostraba que el amor por Nick no era superficial» (pág. 9). Seguirán siendo amigos y él le ayudará económicamente, pero en la lista que Frida hace en 1953 de sus amantes lo desplaza al medio de la tabla.

Son palabras muy duras las que lanza a «sus hombres», que parecen tenerla como un juguete, atrapada en su necesidad de amor, de entrega, casi suplicando cariño. «Me siento tan fuerte y valiente pa´vivir sola y soy tan frágil que con solo (el) pensamiento en Diego me derrota y me hace llorar y entonces soy el ser más desvalido y cobarde del mundo» (pág. 27).

Frida destaca que fue ella la que se divorció de Diego, siendo Muray la causa principal, y cómo Diego conocía esta relación. «Dos son los motivos del divorcio con Diego o tal vez tres, el primero el amor que tengo por Nick, el segundo Diego se dio cuenta de mi relación con Muray y tras lo mal que me llevo con Diego y sus eternas aventuras e infidelidades llegando estas al grado de andar con una de mis mis hermanas, pero el primordial y más importante es el amor por Nick» (pág. 9). Da cuenta de otras causas: las infidelidades de Diego, sobre todo su historia con su hermana. Culpa a la ex de Diego, Lupe Marín, de entrometerse en la relación, por las «puras mentiras y patrañas de la bruja, ella es una de las personas alrededor de Diego que más influyó en nuestra separación» (pág. 18). Diego también la acusa de no darle vida sexual plena, por su deterioro biológico: «de este último (Diego) no me interesa su opinión, ya que él es impotente, pero de mi niño (Muray) sí me dolía su dicho, porque yo traté de satisfacerlo en todo lo que él me pidió o simplemente me sugirió (pág. 12). La impotencia de Diego es un asunto sobre el que se explaya en otras líneas. Otro factor que apunta Frida para la separación es que «alguien le fue con el chisme a Diego de mi relación con Trosqui (Trotsky)» (pág. 24). Confirma así que su marido sí se enteró de esta aventura con el revolucionario soviético.

La pintura le ayuda en esta terapia contra la soledad, y además necesita vender cuadros para vivir:

-Estoy deshecha por la separación, el divorcio llega en un momento en que mi salud es tan mala que quiero morir, sólo el pintar me mantiene viva, ¡cuánto pinto cuando sufro más! «Las dos Fridas»; «Autorretrato con mono», «Autorretrato pelona», y otros. (pág. 33).

Pero crece su dependencia de la bebida y las drogas. «Ahora paso la vida, en mi taller siempre trabajando y tomando, fumando marihuana y suministrandome Demerol (pág. 25)», «nunca he querido como ahora estoy queriendo y sufriendo, solo la marihuana, el cordial, ajenjo, cerveza, el Demerol, el solvente, la coca…(pág. 6)». Cita en otra línea la tecota (heroína), la fina (cocaína), el tequila Quetzal.

Lleva el temor a la muerte, o su búsqueda por medio del suicidio, a sus cuadros de esta etapa. Cita la finalización de «El suicidio de Dorothy Hale», antes de dejar a Muray y EEUU. Otro cuadro para Sigmund Firestone que le aporta un dinero necesario para sus gastos médicos. Y cómo una de sus más famosas pinturas es también un canto al suicidio, algo ajeno a los críticos: «y me viene el recuerdo de los amigos y conocidos que han hecho del suicidio el arma pa´quitarse de sufrir, hoy pienso en esa posibilidad. De este pensamiento nace mi cuadrito las dos Fridas» (pág. 28). Comenta su participación en la «Exposición Internacional del Surrealismo», con «Las dos Fridas» y «La mesa herida». Pero en la muestra tiene que ver las obras de Diego, al mismo Diego, lo que le causa una gran desazón, porque siente que no puede vivir sin él. Nos relata cómo intenta alejarse de todos, estar recluida para no encontrarse con los amigos de Diego, con todo lo que le recuerde a él.

-Hoy mi noche es como un corazón gigante que late sin luna. Mi noche es un gran ojo que me mira sin parpadear por las ventanas, una mirada penetrante que me hiere el alma y me precipita en mi soledad, y en esa mi noche busca el amor, busco a Diego, su cuerpo grande que nunca acaba, su aliento, su calor, su voz tipluda infinita como el eco, busco su piel y sólo encuentro su ausencia (pág. 29).

En la galería de Inés Amor, en la Ciudad de México (calle de Milán 18, Colonia Juárez), se inauguró el 17 de enero de 1940 la Exposición Internacional del Surrealismo organizada por André Breton (en ausencia). La muestra contó con un catálogo en forma elíptica, con una contraportada en espejo reflejando la aparición de «una gran esfinge nocturna, relojes videntes, marcos radioactivos, invitaciones quemadas», en un cuarto oscuro con maniquís y pinturas, jugando con la confusión del espectador.

Esta dicotomía entre realidad-presencia y sueño-realidad paralela encontraba para Bretón y otros santones del movimiento en el complejo y exótico México del momento una atmósfera acorde, en la fase final de un ismo que no aguantó la terrible falla de la guerra mundial. Frida respondía a esa doble vara. Por una parte, los surrealistas apreciaban su mirada cercana a su fórmula (y que palpita en nuestros cuadernos inéditos, su obra más personal), pese a que ella rechazaba programas oficiales e ideales, tanto en política como en arte, en busca de la veracidad y la realización material, concreta.

Por otra parte, Frida cultivaba un primitivismo indigenista, en cierto modo naif, que le daba libertad para crear un arte con aire popular que -a su entender- la alejaba de comparaciones con los artistas «serios», y suavizaba el impacto de ciertos temas duros. Además, se autorrealiza en su compromiso con la cultura nativa, con la raza, la lucha social.

La muestra fusiona el pasado indígena y la modernidad posrevolucionaria, en una línea de trascendía hacia la socialización del arte. El movimiento extranjero y la mexicanidad daban así un insólito abrazo atemporal, rompiendo marcos geográficos.

Las ilustraciones responden a una estética surrealista y son por tanto acordes al dolorido pensar de la autora en esos días, pruebas del arte de moda en aquel trascendente y fructífero año de su biografía, cuando surgen un puñado de grandes obras, «cuadros salidos del dolor» (pág. 33) que ella cita. Algunas naturalezas muertas de este período parecen asimismo hijas de estos esbozos.

Bajo la marca del surrealismo se enmarca la lámina de la página 3. Traza su rostro de canto con un enorme ojo y su gran ceja oscura, sobre una serpiente de cascabel con cabeza fálica, combada a modo de canasto donde surgen falos. A la derecha escribe Nicolas, al lado de un caracol moviéndose sobre un trozo de rostro descuartizado en nariz, labios carnosos, un pie agujereado, una mano asiendo un ojo, sobre el nombre de ALEX. A la izquierda coloca la palabra Diego en una banderita, encima de un ojo cerrado que derrama una negra gruesa cuerda de espino bifurcada, cayendo hacia un corazón en la zona inferior, con un gran agujero perfilado, de la forma del visto en la pierna, un corazón unido por un hilo a Alex y a Nicolas, y por una larga lágrima negra al rostro central de Frida.

En la lámina 5 encontramos un paisaje de montañas atravesadas por un río de marcadas orillas en barranco que termina en un ojo coronado por la voz Nicolas. En las formas geográficas apreciamos pezones, nalgas, vulva; las partes eróticas de un cuerpo, el de la doliente y abandonada Frida, atravesada por una ancha y profunda ribera de distancia. Una naturaleza muerta contemporánea muestra un mantel ondulado a modo de paisaje con sorprendentes plantas exóticas, extrañas. En las siguientes ilustraciones, como en otras de los diarios iluminados de la «caja de Pandora» de A.F., nos encontraremos con la dicotomía de plantas y órganos tan buscada por la autora. Plantas del desierto con vainas dentadas y flores parecidas a víboras que aluden a órganos sexuales y al amor por la tierra. Exóticas frutas, como las tunas de un cactus espinoso que ella relaciona con el mismo México; flores rajadas tal vaginas evocando corazones extraídos; la pitahaya, y su fruta como una granada de pulpa jugosa y sedosa, que florece de noche; las mazorcas de maíz comidas por el tiempo que pasa.

La hoja 7 presenta una careta burlesca que nos saca la lengua, y dos rostros a la derecha, uno despidiéndose con una mano. En la carilla 8, se nos muestra un precioso corazón con un ojo oscuro abierto en el centro y una culebra rodeándolo, dejando caer hacia abajo su cabeza y su lengua viperina. Encima del corazón leemos en bella caligrafía Nicolas Muray y debajo Diego Rivera. Del primer nombre caen gotas blancas de la primera letra y oscuras de la última. «Hoy mi noche es como un corazón gigante que late sin luna» (pág. 29), escribe en el cuaderno.

La lámina 14 cuenta con el trazo de un rostro partido, con dos grandes círculos en la mirada. La mitad de la cara es una calavera. El cuello presenta una gran corte en zig zag por donde mana sangre. En la parte superior la artista pinta el signo del yin y el yang, a ambos lados los nombres de Nicolas y Diego. Abajo, Frida anota: «¡Me dan la vida o me dan la muerte! Frida». Este símbolo de dualidad del taoísmo juega con las dos fuerzas opuestas pero complementarias, puertas del nacimiento y de la muerte que mantienen el equilibrio universal. En la lámina 23 dibuja en filas y precisas líneas un ojo con una gran grieta negra, como un cristal roto derramando lágrimas blancas sobre dos ramas de espino y los nombres Nicolas-Diego. En la nº 30 hay texto e ilustración. Dibuja un sol del que salen 16 finos rayos. En el centro escribe tres veces el nombre de Diego. Dice en el Cuaderno: «Diego es como un sol, que cuando está en lo alto no puedo mirarlo a los ojos. Un sol que cuando lo nubla sus infidelidades me niega su calor y su luz. Diego es tan vital pa´mi como el sol al mundo (pág. 31).

En la nº 35 nos presenta uno de esos dibujos complejos de yuxtaposiciones tan caros a los surrealistas, con cuatro rostros serios, tristes, con sus ojos y labios, tres frontales y uno de lado. La figura central es el rostro de Frida, con las cejas de alas de gaviota, un ojo abierto, otro cerrado, bellos labios, un tercer ojo en el centro de la frente. Es una cara que sale de un caracol; a la derecha se le enfrenta un rostro masculino de perfil sobre dos pies. Otra cara surge al lado de una rama cortada que llora savia.

Debajo del rostro de Frida y el cuello que conforma la caracola hay dos manos como derritiéndose, una de ellas cubre una cara que nos mira fijamente. Entre los dedos de la mano apreciamos falos hacia arriba. Debemos pensar que la autora ilumina su pensamiento en tres hombres (Nicolas, Diego, Finisterre), siendo el rostro del gallego un añadido posterior al primer esbozo. Corresponde con la cara perfilada a la derecha, sobre dos pies que tapan la mirada de otro rostro, claramente distinta al resto y excéntrica en la composición.

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