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jueves, junio 30, 2022

Breve esbozo de las capitanías de milicias y oficiales de Finisterre

// Juan Gabriel Satti Bouzas//

El Licenciado Antonio López Ferreiro en un significativo y diligente estudio (“Fueros municipales de Santiago y de su tierra”, 1895-Ed. del Seminario C. Central) nos cuenta que antes del siglo XVI la organización de las milicias en la Tierra de Santiago estaba confiada a los Nobles (comites, cónsules, duces, seniores, riquihomines) que tenían préstamos o feudos de los prelados compostelanos; los cuales junto a los Caballeros (milites, infantiones, barones, hijosdalgos, clase que en Galicia fue muy numerosa desde el siglo XII) estaban obligados a presentarse con sus respectivas mesnadas en todas las ocasiones en que el Arzobispo los necesitase. 

En aquel tiempo era frecuente que el Arzobispo capitanease en persona sus huestes. De ahí que en Galicia se acuñó el proverbio: “Arzobispo de Santiago, báculo y ballesta”.

 Arzobispo comandando su ejército en la batalla de Las Navas de Tolosa el 16 de Julio de 1212 (Dibujo de Villegas. Álbum de la Infantería Española del Teniente General Conde de Clonard. Madrid, 1861).

En las Cortes de Valladolid de 1385, a 1° de Diciembre, se señalaron las armas de que cada uno debía de estar provisto en relación con sus haberes: «et los homes que no hobieren quantia de doscientos mrs., aunque no hayan al sinon los cuerpos, sean tenidos a tener lanza e dardo e honda, si fueren sanos de sus miembros». Dispusieron además que se hiciesen alardes cada dos meses: «et á los que non fallaren aguisados con armas, cada uno en la manera que dicha es, que los prendan los cuerpos et los tengan presos et bien recabdados…».

Así es que por ejemplo, en el año 1589 el Arzobispo D. Juan de Sanclemente, ordenó a todas las justicias ordinarias de su territorio que pasasen revista e hiciesen recuento de todos los hombres útiles para la guerra y que, en donde fuese preciso, repartiesen armas o herramientas apropiadas para la campaña. La cual dicha lista y recuento de armas en la Costa da Morte, fueron declarados arcabuces, picas, espadas y “se aliaron déla manera que dicha hes, vezinos de la dicha villa, y no otras algunas palas, ni azadones por seren hombres de la mar, y los demás son pobres”. De entre aquellos aparecen “Juan Ballón, hijo de Teresa Oanes soltero sin armas; Alonso de Lema, soltero libre; Gonzalo de Lema, soltero; Alverte Abadeso, pica”.

Ballesteros y lanceros de una mesnada del siglo XV // Sargento, arcabucero y piquero del ejército real del siglo XVI (Dibujos de Villegas. Álbum de la Infantería Española del Teniente General Conde de Clonard. Madrid, 1861).

En el siglo XVI, cuando cesaron los préstamos y feudos, los Arzobispos nombraban capitanes, expidiéndoles el correspondiente título, para cada compañía. Sin embargo, el Arzobispo no podía remover a los capitanes sin causa; y dado que la hubiese, ésta debía ser conocida en juicio ante el Capitán general de Galicia, del cual se apelaba al Consejo de Guerra. Así lo dispuso Felipe III en una Real Cédula del año 1608.

En el siglo XVII, el Arzobispo proponía para cada compañía tres individuos, de entre los cuales el Gobernador militar de Galicia elegía el Capitán. En algunos casos los Arzobispos nombraban un jefe superior para todas las milicias del Arzobispado. Así en el año 1672 D. Andrés Girón nombró Cabo de todos sus vasallos al Conde de Amarante, D. García Ozores. Este grado estaba para supervisar a capitanes y sargentos mayores.

La capitanía como las escribanías pasó a ser una tarea de tipo hereditaria que recaía en las familias acomodadas de la zona como evidencia la sucesión de apellidos que aparecen en el cargo. Cargo que en tiempos de paz compatibilizaban con el de juez o notario mismo.

Muestra de ello lo vemos en un documento de 1677 que señala al “capitán Payo Dantelo y Paços, de Mugía, como padre y lexítimo administrador de la persona y bienes de Alonso Antonio de Antelo y Paços (casado con la fisterrana María Domínguez) y este, heredero de Antonia Díaz Patiño (hija del capitán Gregorio de Lema, que tenía tierras en Duio) y del capitán Andrés de Antelo, sucesor en el vínculo y mayorazgo” (José Enrique Benlloch Castiñeira, NALGURES -T. XVII/ AÑO 2020). Saga pontevedresa de donde era aquel D. Alonso Antelo Pazos, capitán de Corazas, que murió en la batalla de Melgazo, en la campaña contra Portugal de 1658 a 1659.

Esta familiaridad queda reflejada también en Fisterra con esta breve relación de algunos capitanes y otros oficiales locales que destacamos:
Pedro de Leis, Antonio Bermúdez de Castro (primo de la dicha María Domínguez Almallo de Reino), Bartolomé Martínez, Pedro Ballón Valdivieso, (su hijo) Juan Ballón Valdivieso, Manuel Fernández, Pedro Díaz de Valdivieso, Domingo Bermúdez, (su hijo) Matías Bermúdez, el sargento Alberto Santamaría, el cabo Pedro Blanco y el teniente Diego de O’Reilly entre otros.

  Firmas de los capitanes Antonio Bermúdez de Castro y Pedro Ballón (USC) // Pedrero italiano procedente de la nave Juliana, que pesa 9 quintales y tiraba bolaño de unas 7 lbs.(© DEPARTMENT OF ARTS, HERITAGE AND THE GAELTACHT, IRELAND)

Solían ocupar el puesto durante el tiempo que consideren o causa mayor (caídos en combate, etc.). Tanto los hubo que estuvieron un año como 25 o más de 40. La cualificación y reputación para desempeñar el cargo fue de lo más variada como veremos a continuación.

En el caso de Antonio Bermúdez de Castro, sabemos que fue un “capitán de la villa de Finisterra, que vendió a Juan de San Vicente vezino de la villa de Pontevedra, una pieça de artillería de ocho o nuebe quintales de hierro colado la cual fue de la urca San Son que dio en el Cabo de Finisterra y está en la area de rrostro (…) Recibiendo del dicho Juan de San Vicente sesenta y siete rreales…” (10 de septiembre de 1597 – USC. Transcripción del original: José Manuel Traba/ J.G. Satti).

En efecto, la urca Sanson, de 300 toneladas y una tripulación de unos 150 hombres que iba con la Gran Armada de Martín de Padilla, naufragó en estas costas en octubre de 1596 (ver mi artículo “Sardiñeiro, última morada de dos heroicos jesuitas de la armada de Padilla” – 2020).

La pieza bien pudiera ser un pedrero italiano como el hallado en Irlanda de la nave Juliana, que pesa 9 quintales y tiraba bolaños de unas 7 lbs. (“La Batalla del Mar Océano”, cap. `la escuadra de urcas´-Ed. Ministerio de Defensa, Armada Española, Instituto de Historia / 2015).

Mosquetero, alférez, arcabucero y piquero del siglo XVII // Coronel , abanderado, capitán y sargento del siglo XVIII (Dibujos de Villegas. Álbum de la Infantería Española del Teniente General Conde de Clonard. Madrid, 1861).

No sabemos el motivo de la venta, puesto que Fisterra siempre fue un pueblo acosado por piratas y corsarios de toda índole y sólo contaba con dos cañones para su defensa; pero a tenor del personaje, pudiera ser por lucro personal. Estuvo preso en la cárcel de la torre de la plaza de la ciudad de Santiago en 1608 por razón de cuentas y bienes con el clero (véase “Recuento de las Casas Nobles de Fisterra V: los Reino” / 2019).

En el polo opuesto tenemos a Juan Ballón Valdivieso, “capitán de milicias de Finisbus-terrae, en 1644 San Biçensso de Duyo” quiso renunciar en “favor de Alverte de Santa María, vecino de la jurisdición de esta villa, sargento de infantería”, en detrimento de Domingo da Insua; pero el pueblo se dirigió al Arzobispo a través de sus procuradores Alberto de Caamaño y Antonio Blanco, pidiendo que “el qual Alberto de Santa María no es persona hábil y suficiente para ser tal capitán, por ser un pobre y no tener de qué sustentarse si no es gastándole a los pobres vasallos, y el dicho capitán que al presente es, es rico y poderoso y de toda satisfacción y no tiene necesidad de cosa ninguna (…) y todos los naturales están contentos el que lo sea el Juan Ballón, el que se alla onbre sano al presente, de buena estatura y edad para usar el dicho oficio y a revocado la dexación. Suplicamos a su Ylmª se sirva no admitir a Alberto de Santa María” (José Enrique Benlloch, op. citada).

La situación bélica que vivió Galicia en el siglo XVIII obligó a considerar una renovación de los Ejércitos Reales que fueron divididos en tres elementos: las Tropas de la Casa Real, las Tropas de Continuo Servicio y la Milicia Provincial. La Milicia Provincial reemplazó las pobres milicias locales existentes hasta ese momento. A nivel español, el 40% de los efectivos eran gallegos.

El propósito de esta nueva milicia fue el crear una fuerza de reserva para la defensa del territorio nacional, en caso de que las unidades profesionales estuvieran desplegadas en el exterior. En 1704 se mandó crear cien regimientos de milicia; que derivó en la aparición del servicio militar obligatorio (si las plazas no se cubrían con voluntarios, otros vecinos elegidos por sorteo podían ser obligados a completar la tropa).

Detalle de mapa de Fisterra del siglo XVIII con el caserío y la cerca que le rodeaba (Ministerio de Defensa 1790) //  Plano de la batería San Carlos de 1763 (archivo Simancas).

Como ejemplo, una carta del Intendente General por orden de la Junta, para que “de la actual quinta al moço Balthasar Domínguez  vecino de la jurisdicción de Finisterre, se reemplace por otro del mismo lugar” (1763- USC).

Por disposición del Duque de Híjar, Gobernador y Capitán general de Galicia, del 28 de Marzo de 1705, se decreta que el reclutamiento y formación de las milicias quede a cargo de las Justicias ordinarias en cada distrito.

Una nueva Real Ordenanza en 1734 volvió a ordenar la formación de treinta y tres regimientos de Milicias, con 700 hombres cada uno, de los que solo cinco de la plana mayor eran militares profesionales.

En cuanto a infraestructuras defensivas en Fisterra había un trozo de muralla que rodeaba el barrio de la Cerca (en 1438 ya había “unas casas que se situaban dentro de cerqua dicha vila”); y que les servía de parapeto cuando todavía no existía fortaleza alguna contra los ataques piratas (véase “Harry Paye un pirata en los mares de Finisterre”, “Crónica de secuestros y saqueos de corsarios berberiscos en la villa del Santo Cristo”, “Historias de corsarios vascos en el Cabo Finisterre”).

Ante esta situación, a finales del reinado de Felipe V (1700 – 1746), se planifican una serie de fortificaciones en la Costa da Morte y entre ellas la de Finisterre finalizada con Carlos III.

El castillo San Carlos es una pequeño baluarte defensivo del siglo XVIII que se adaptó a la roca en la que se asienta, cuyas troneras se dirigían hacia el Cabo, hacia el centro de la ría y hacia el propio puerto natural, con una nave interior que fue rectificada como el trazado de algunas pequeñas zonas; contaba con 6 cañones, 28 soldados de infantería, un depósito subterráneo para la pólvora y lo rodeaba un foso con puerta levadiza en la entrada según planos de 1757.

Para 1792, Juan Arribas y Seria (“Enciclopedia Metódica, Geografía Moderna” – pág. 144) apunta que “delante de la Villa hay un buen fondeadero para todo género de embarcaciones con tiempo bonancible, resguardado de los vientos occidentales, y defendido de corsarios por una pequeña y antigua batería que monta algunos cañones”; descripción que demuestra la debilidad de la plaza y se refrenda con un combate acaecido en agosto de 1797 narrado por el “Comandante del castillo y ría de Finisterre” Don Diego de O’Reilly, Teniente del Regimiento de Infantería de Vitoria y Caballero de la Orden de Alcántara.:

“… certifico que el día tres de la fecha se venía acercando a toda prisa a este puerto un barco, y habiéndole reconocido las centinelas, y preguntándole qué barco, y donde venía, le respondió que era un corsario español que venía de la mar acosado de dos fragatas y una balandra destinadas de una escuadra inglesa de quince velas que se hallan cruzando sobre este cabo, esto sería como cosa de la una de la mañana; inmediatamente tomé las precauciones que me parecieron más oportunas, dando las disposiciones necesarias para su defensa de dicho castillo y más puestos, a las seis de la mañana entró otro barco con bandera francesa que se conoció ser corsario de la propia nación que venía perseguido por dichas embarcaciones; a poco rato aparecieron entrando en esta ría un navío, una fragata y un quechemarín, los cuales se dirigían a este puerto con bandera española, conociendo el engaño mandé romper el fuego de artillería, al mismo tiempo observé que los enemigos querían desembarcar a la derecha de este castillo, que para este fin traía hasta el número de doscientos hombres el quechemarín, que venía acercándose a la tierra a toda prisa, dispuse se dirigiese el fuego a aquella parte, y viendo les ofendía, desistieron de su intento, mareando en la otra vuelta así a los otros compañeros que se hallaban en frente de este dicho castillo de mi cargo, tiraron dos cañonazos por señales a lo cual respondió el navío con la bandera inglesa en el tope; a todo esto, el capitán del corsario Don Juan Antonio Gago de Mendoza, conociendo el intento de los enemigos varó el corsario en esta playa, con la proa a la mar, para con los cañones de proa hacer su defensa, dejando parte de su gente a su bordo para hacer el fuego, y él con los demás tomando sus armas subió a toda prisa con su gente, ofreciéndose voluntariamente, asistiendo en cuanto se les ha mandado, poniéndose al mayor riesgo, como buen soldado, hasta que al fin tuve el gusto que la buena dirección del fuego cruzaba las balas a los enemigos y los hizo abandonar su proyecto, arribando en popa salieron con la más precipitación con toda fuerza de vela, igualmente no duda que el dicho capitán con su gente, si se hubiera empeñado la acción, harían honor a la bandera española, y por ser verdad, de pedimento de dicho capitán doy la presente certificación estando en esta plaza de Finibusterra a nueve de agosto de mil setecientos noventa y siete. Asinado por Diego O’Reilly. (Archivo de Marina, transcripto por A. Fortes // “La crónica naval de O´Reilly en Fisterra”-2017).

Monumento al General José de San Martin en el Cabo Finisterre homenajeado por la Logia coruñesa Ara Solis .'. Grande Oriente Ibérico, al cumplirse 240 años de su natalicio en 2018 (foto J.G. Satti) // El castillo San Carlos abandonado a principios del siglo XX.

Juan Antonio Gago de Mendoza, nacido en Marín (1761 – 1833), fue uno de los capitanes gallegos más famosos durante la guerra marítima contra los ingleses a finales del siglo XVIII. Sus barcos fueron el Peregrina Brillante y Carmen.

Diego de O'Reilly, nacido en 1775, era hijo de un noble irlandés que combatió durante años al servicio de España; se enroló joven y en 1815 fue enviado al Virreinato del Perú como jefe de una división con el grado de brigadier que debía reforzar el ejército del Alto Perú. Los efectivos militares en la América española alcanzaban los 28.000 hombres, casi la mitad de la fuerza de infantería acuartelada en la península.

Allí estuvo al mando de las fuerzas realistas que se enfrentaron a las independentistas en la batalla de Pasco con el resultado de la destrucción de su división, en parte por la escasa formación de las tropas y en parte por la deserción de la caballería.

O’Reilly fue llevado preso al campamento del General Don José de San Martín, y posteriormente permaneció prisionero en Lima. A mediados del año 1821, San Martín le permitió junto a varios oficiales realistas embarcarse hacia España. Profundamente deprimido, y con su futuro militar arruinado, se suicidó lanzándose por la borda en alta mar. Paradojas de la historia hoy Fisterra cuenta con un monumento al Libertador argentino y el irlandés permanece casi olvidado.

En 1831 el Diccionario Geográfico Universal (P. Madoz) publica que el Castillo San Carlos “fue desmantelado por los ingleses en la guerra de la independencia, en cuya época sufrió la población saqueos y otras varias vejaciones”. Unos cuantos vecinos sacaron dos cañones de las troneras para la defensa de Fisterra en 1809, avisados por los que huían de Corcubión, y hacer frente a los invasores kilómetros antes de llegar a la villa; luego estas piezas de artillería acabarían en un museo de Pontevedra (véase “Historias de ingleses en torno al Cabo Finisterre (1809)”-2020).

La batería San Carlos fue habitada por alguna tropa de vigilancia hasta 1863, momento en que se produjeron los motines por la quema del “cedazo” (A. de las Casas-1935).

Aunque sea sucintamente, creo que merecido es rescatar del olvido el nombre y los hechos que por su significación sucedieron a lo largo de la rica historia de Fisterra, para conocerla mejor y transmitirla a las generaciones siguientes.

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