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lunes, julio 4, 2022

A vueltas con el Wakner, una mirada al este

– Rafael Lema Mouzo-

El comité científico del XII Congreso Internacional de Asociaciones Jacobeas que se celebra en octubre en Madrid aceptó una ponencia mía en donde analizaré el fenómeno jacobeo en los Balcanes y el este de Europa, o las peregrinaciones de pueblos de Oriente Medio como los armenios y la figura de Martiros de Armenia y el enigmático Wakner-Vakner monstruoso del camino a su paso por Dumbría, dentro de mi comunicación «Santiago en Croacia y Balcanes. San Martiño, el Vakner y la freska de Medulin«. Un tema el del wakner que ya traté en mi última obra «Camiño dos faros, leyendas de la Costa da Morte» y en otros dos libros de tema jacobeo publicados en Madrid y Verona en castellano e italiano («El camino secreto de Santiago», «La vía pagana a Compostela»).

Un obispo armenio en su camino post-jacobeo a Fisterra cita por primera vez este nombre en el relato de su largo periplo causando quebraderos de cabeza a los investigadores de los mitos, ya que entramos en ese mundo y no en la de ningún acontecimiento real, algo que le haya sucedido al viajero.

Un supuesto monstruo llamado wakner asustaba a los peregrinos que pasaban el río Xallas en el siglo XV, según el obispo, nadie más lo cita. No es un lobo ni un oso, animales bien conocidos y sin oficio de bandoleros; se trata de una bestia maligna y por lo tanto de leyenda, no una criatura natural. Es producto de los miedos del pueblo. No es un nombre gallego ni ibérico ni nunca tal cita nació en boca de nuestros antepasados. Es por tanto una creación literaria de un viajero que escribe un relato al modo de los grandes aventureros de su época y bajo sus hormas culturales. Las de un armenio ilustrado en los inicios de la Edad Moderna.

El obispo Mártir de Arzendján, ciudad y diócesis de Armenia situada en la península de Anatolia -actual Turquía-, emprendió su peregrinaje desde el monasterio de San Ciriaco de Norkiegh, donde residía, el 29 de octubre de 1489, prolongándolo hasta 1496 por Constantinopla, Venecia, Francia y Alemania, la costa cántabra hasta Santiago y el cabo Fisterra. Lo más probable es que su periplo hispano tuviese lugar en 1493 ya que visita una Granada en manos de los Reyes Católicos, y es recibido en Sevilla por la reina Isabel, triunfante del moro y paladín de la causa cristiana.

El obispo llega a occidente no sólo en afán de conocimiento sino también reclamando ayuda ante los avances del Islam en su patria. Su largo viaje europeo, sus visitas a cargos políticos y eclesiásticos, lo hacen un hombre influyente. Un legado papal, con credenciales vaticanas y que posiblemente estuviese buscando aliados para una vinculación de la desvalida Iglesia cristiana monofisita armenia con Roma y los reinos católicos. Roma por su parte ansiaba una vuelta de los armenios al redil católico, desde la crisis con el patriarca de Alejandría en el siglo V que dio origen a las iglesias armenia, copta, jacobita, eritrea, etíope.

Aunque a nosotros nos interesa ahora el wakner (wknr). Les anticipo que mi viaje etimológico apunta a la Ruta de la Seda y no a una lejana leyenda nórdica o a un mouro de la tierra. Martir es de una Armenia culturalmente rodeada por el mundo eslavo, la cultura bizantina y persa, la Iglesia ortodoxa y el Islam. Y en este marco anuncio tres voces que serán objeto de comentario en la segunda parte de mi crónica: bannik, vodnik, vechernik.

El manuscrito armenio donde Martyr/Martiros relata su experiencia se hallaba en la Biblioteca Nacional de París (Bibliotêque du Roi, 65), en una compilación de varios rezos y relatos piadosos, elaborada en Constantinopla en 1684. Por lo tanto no contamos con el original de Mártir, la copia es del siglo XVII y llega a nosotros en una traducción al francés del siglo XIX realizada por Antoine Jean Saint-Martin, del Instituto de Francia, que la tituló «Relation d'un voyage fait en Europe et dans l'Océan Atlantique, à la fin du XVe siècle, sous le règne de Charles VIII, par Martyr, évêque d'Arzendjan» (París, 1827). En la publicación figura también el texto original en armenio. Y la forma wakner-vakner en armenio, que transcribo.

El traductor francés ya nos advirtió del uso de «lenguaje armenio vulgar mezclado de muchas palabras turcas», con muchos errores en la transcripción de la toponimia y otros nombres, especialmente en lo que respecta a España. Mártir no cuida sus descripciones, cronología, recorrido, y como documento histórico debe ser objeto de revisión.

Martir en los tres o cuatro meses pasados en Galicia pudo escuchar relatos de peregrinos, también historias populares de la tierra, en alguna posada entre Fisterra y Compostela. En todo caso, los mitos populares gallegos de la época son similares a los que llegaron a las lareiras de nuestros días y fueron recogidos en varios compendios desde el siglo XIX. El wakner nos es completamente ajeno.

En nuestra comarca, por ejemplo, tenemos a la monstruosa Orcavella de Fisterra y el más célebre lobishome. Si a nuestros abuelos les narran el relato seguro que se irían derechos al lobo o a sus hermanos legendarios, dentro de la incredulidad del «nunca tal cousa oín», porque se trata de un «conto» extraño a nuestra cultura popular. Los relatos de mouros y mouras no se corresponden con este caso, no andan asaltando caravanas. Y el hombre lobo suele elegir víctimas nocturnas y solitarias. No, nuestros mitos tienen sus reglas y no encajan con el wakner.

Así pues si algunos estudiosos apuntan al wakner como un hombre lobo, otros al dragón. Un bicho éste presente en la tradición literaria jacobea, en el pendón suevo, pero para nada popular entre los relatos de nuestros abuelos; es una criatura culta, de nobiliarios y códices; de birrete y no de boina. Fonéticamente la voz wakner se parece al dragón nórdico fafner con el que lucha el héroe Sigurd; y Martir viajó por Alemania y Flandes, donde pudo recoger fábulas de ese acervo cultural. Un «vakner» en alemán se pronuncia «facna».

No resulta inverosímil que en alguna «compostela» de algún puerto hanseático escuchara a un peregrino un relato maravilloso sucedido en los montes o los mares gallegos, y quizás sonara esa voz. Galicia no era ni mucho menos desconocida en el lejano este, ni en los estudios bíblicos, con todo su bagaje ya milenario de derrotas marineras por el mar de las bestias, donde mueren el sol y el camino de las estrellas en las extremidades de la tierra. Hablaremos de esto.

Si los relatos jacobeos refrendados por la Iglesia compostelana aportan toda una pléyade de maravillosos seres en lucha contra los discípulos del apóstol, ¿por qué no iluminar los escritos a su modo? Lo más cercano a esta bestia que vive en una cueva y ataca a muchos es la serpiente de la Cova da Serpe. El primer gran monstruo que recibe al caminante en la entrada a Galicia, pero llega a un país sobre el que ya se ha trazado un camino de peregrinación seguro, protegido por su patrón Santiago. Ya no es tiempo de seres fantásticos, eso queda para la novela bizantina. Triunfa el humanismo, se incuban los huevos de la Reforma.

A nivel gallego el único engendro fonético semejante a wakner sería en «vacuro» o «vacuriño», una acepción del diablo. Sin olvidar que la capital del antiguo reino medieval de Galicia era la fabulosa ciudad de León. Sí, reino de Galicia y no de León le llamaban en el este de Europa, Alejandría, Bizancio, Asia Menor y en todo el Islam. El león es un animal exótico que ondea en el guión de un nuevo reino dúplice románico León-Galicia, que finalmente adoptará el nombre de la capital (León), reconocible en todo el occidente. Es el país de Holani mencionado por Martir. Por supuesto un animal desconocido en Galicia, salvo en alguna jaula cortesana. Y finalmente recordamos que los dragones no existen ni existieron, tampoco en los tiempos de Jacobo Boanerges y la Reina Lupa. Alguno parece que toma los fabulosos relatos jacobeos al pie de la letra y como crónica real. Los ejercicios historicistas resultan casi siempre vanos.

Recalco que ningún animal de nuestros montes se parece al wakner y por supuesto tampoco un monstruo desconocido atacó nunca a ningún peregrino en el camino a Fisterra, ni ningún viajero fue abducido por un ovni. Ni ahora ni en el siglo XV. O sea, nunca existió un wakner más que en la ortografía del letraherido obispo viajero.

En fin, Martir reconoció en Galicia una tierra abonada a las leyendas y muy creyente en viejos mitos muy similares en algunos casos a los de su nación y entorno (eslavos, turcos, persas). Pero sus referencias son literarias y a la hora de componer su relato, cuando se sienta a revisar apuntes y memoria en su tierra, lo hace al modo armenio y bizantino, como los otros viajeros escritores que le anteceden. Los bestiarios medievales seguían alumbrando monstruos en las bibliotecas monacales, junto a los relatos de peregrinos. Si él visitó el confín del mundo (lo de América aún tardaría algunos años en ser reconocido, difundido; pese a que pudo ser testigo de la noticia del viaje de Colón a las Indias) tenía que haber vivido algún hecho extraordinario, no podía ser menos que Marco Polo, Herodoto.

Estando a la orilla de la Ruta de la Seda, los monasterios armenios recogerían manuscritos y arte del este y el oeste. Tampoco se puso a escribir pensando en un incunable de la incipiente imprenta ni en un posible público; fue un acto personal y privado, una memoria para su monasterio, su recuerdo vital. Un acto de contrición, memorial de un servicio a Dios, a su Iglesia. Los relatos de viajes, en árabe rihla, tuvieron en la España musulmana antiguas y memorables citas, desde el siglo XII, con los escritos de viajeros andalusíes.

En los mismos se narran las vivencias de un viaje en el que el protagonista realiza su peregrinación a La Meca o bien se traslada al Oriente musulmán para adquirir la ciencia en los importantes centros culturales e incluso siguen camino hacia Persia, las estepas de Rusia, la India, Insulindia o China. En nuestra cultura atlántica contamos con los legendarios viajes marinos de los santones célticos. San Brandán, san Amaro, o Trezenzonio. Y como no, la pionera galaica Egeria y su periplo a Tierra Santa en el s. IV. El propósito de muchas de estas obras era la búsqueda del conocimiento, sin olvidar la descripción geográfica, así como de las costumbres, la historia y las leyendas de los pueblos visitados. Caminando el viajero adquiere conciencia de sí mismo y de los demás, bajo los preceptos básicos de toda religión: el conocimiento de uno mismo, la superación del mal y la unión con Dios.

Pero Martir no era nórdico ni gallego, sino un armenio tras la caída del Imperio bizantino, el ascenso otomano e islámico sobre sus ruinas, y la coronación del primer zar ruso. En ese marco debemos buscar la resolución del enigma, ¿qué tenía en la cabeza cuando en el capítulo de sus recuerdos compostelanos anotó la palabra wakner como representante singular de las maravillas de la mítica Galicia? Este es el texto del obispo. En el siguiente capítulo buceamos en el proceloso mar de las etimologías en el entorno caucásico.

«Recibí la bendición de Santiago, me puse en camino y llegué a la extremidad del mundo, a la playa de la Santa Virgen, a un edificio que fue construido por la propia mano del apóstol San Pablo y que los francos llaman Santa María de Finisterre. Padecí muchos trabajos y fatigas en este viaje, en el cual me topé con gran cantidad de bestias salvajes muy peligrosas. Encontramos el vákner, animal salvaje grande y muy dañino. '¿Cómo, me decían, habéis podido salvaros, cuando compañías de veinte personas no pueden pasar?' Fui en seguida al país de Holani, cuyos habitantes se alimentan también de pescado y cuya lengua yo no comprendía. Me trataron con la mayor consideración, llevándome de casa en casa y admirándose de que hubiese escapado del vákner».

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