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domingo, diciembre 4, 2022

Localizadas las tumbas de los Jesuitas de la Armada de Padilla enterrados en Sardiñeiro

//Rafael Lema Mouzo//

A la flota perdida por don Martín Padilla en 1596 en la Costa da Morte tengo dedicadas docenas de páginas en mis libros y artículos. Es el mayor desastre naval sucedido en Galicia. Fue enviada la gran flota de 150 barcos por Felipe II contra Inglaterra, pero 25 naves de distinto porte y valor se perdieron en nuestras aguas antes de poder concentrarse en Ferrol.

Un artículo de Satti Bouzas publicado en este medio recientemente sacaba a la luz la historia de dos jesuitas naufragados con el galeón San Jerónimo, según el testimonio del superviviente Juan de Avellaneda. Ambos se embarcaron en el galeón San Jerónimo del armador Stephano de Oliste, hundido en el interior del seno marítimo de Corcubión. No quiero usar los nombres de ciertos barcos en italiano, ahora de moda, por haber sido construidos en aquellos puertos y la nación de sus armadores, ya que en su día todos eran nombrados en castellano (Santiago, San Jerónimo, la Anunciada, etc). Eran sus nombres oficiales en nuestra Armada.

Eran estos jesuitas los Padres Jorge Blanier y Francisco Rosillo. El primero, de familia noble de Lieja, y adjudicado a la Provincia de Toledo, estudió Teología en Alcalá. Fue ministro en el Colegio de Oropesa, y de aquí, a la edad de treinta y siete años, pasó a la Armada de Padilla. El segundo, de la misma Provincia y escolástica, se hizo famoso en las Misiones populares. Viene al caso este artículo porque acabamos de localizar sus tumbas en el atrio de la iglesia de San Juan de Sardiñeiro en Fisterra, el cenotafio en donde dos placas de mármol daban fe del suceso, aclarando así la controversia generada por su enterramiento.

Al día siguiente del hundimiento del San Jerónimo en una peligrosa zona de la ría los cadáveres de los dos jesuitas fueron arrojados a la playa de Sardiñeiro por las olas, siendo reconocidos por los capitanes y soldados que se habían salvado. Les dieron devota sepultura en la iglesia de San Juan de Sardiñeiro. Pudiendo haber sido salvados se habían entregado voluntariamente a morir, por no abandonar al resto de la tripulación. Fueron recuperados sus crucifijos, que se entregaron, el uno, al Colegio de Santiago, a petición de sus padres; y otro, a don Luis Carrillo y su mujer, gobernadores de Galicia. Una imagen de Nuestra Señora que perteneció al Padre Rosillo fue donada a la condesa de Altamira, nieta de san Francisco de Borja. El doctor Martín Bueno recuperó en 1987 el anillo del padre Blanier en la actuación sobre el San Jerónimo.

Se creía que la tumba de ambos padres había sido oculta por unas obras en la iglesia en el siglo XVIII, pero debemos al incansable Pepe de Olegario de Sardiñeiro novedades en este asunto. En la puerta sur de la iglesia parroquial de Sardiñeiro se puede ver una zona tapiada en donde hasta 1951 eran visibles dos lujosas lápidas de mármol blanco con las letras gastadas, pero que claramente anunciaban que honraban a dos náufragos, y que eran «padres jesuitas».

Pepe de Olegario y sus amigos siendo niños jugaban al fútbol o la billarda en el atrio y se paraban no pocas veces a mirarlas. Uno de sus amigos, llamado Jesús, siempre decía cuando ensayaba la lectura delante del frío mármol «eu tamén son jesuita», pues tal nombre tenía. Y le quedó para siempre jamás el apodo de «o Jesuita».

El templo tiene cuatro puertas pero esta era especialmente conocida por estas dos placas, las únicas de mármol en un cementerio de losas de piedra, que fueron retiradas en 1951. No vive ya ni el cura, don Lino, ni el sacristán de entonces (Manuel Blanco), para contarnos a dónde llevaron las lajas; porque no creo que un mármol noble no fuese reutilizado (como mesa de casino o de rectoral). Sí queda el recuerdo de su presencia en ese mismo sitio, y el testimonio de tantos vecinos que en aquel tiempo las vieron.

Se aclara así el lugar del enterramiento de estos dos heroicos soldados de Cristo y del rey, que en su día fueron honrados por el pueblo de Sardiñeiro y su párroco con un lugar de honor en su querido templo. Pepe de Olegario recuerda también que la zona de la tragedia era conocida como «Os Caudais»; un lugar siniestro, de falsas corrientes, al que las madres no dejaban ir a bañarse ni siquiera a pescar a los hijos. «Con vento de vendaval ninguén se pudo zafar», recuerda el gran anotador de pecios en cartas náuticas de Fisterra. Y así, gracias a nuestros lectores, escribimos unas nuevas líneas a nuestra historia local que es la gran historia del Atlántico.

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