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Santa Comba
sábado, julio 13, 2024

El Cristo sonriente de Castriz, un cruceiro gallego único

Rafael Lema

El cruceiro de Castriz puede considerarse el más antiguo del Concello de Santa Comba, pero además se trata de una cruz singular en Galicia, sobre todo por la figura de su Cristo crucificado que mantiene en su agonía la sonrisa en sus labios, algo excepcional en este tipo de monumentos. La imagen del crucificado sonriente no es muy frecuente en el arte ibérico medieval, aunque contamos con algunas esculturas góticas en tal actitud como la del famoso Cristo de madera del castillo navarro de Javier. Tampoco son frecuentes otros iconos de culto en actitud jovial; en el románico conocemos la figura de Daniel en la catedral de Santiago y en el gótico hay iconos de María con la risa en los labios, como en el tímpano de la puerta del perdón de la catedral de Toledo.

En este caso, se trata de un momento evidentemente trágico, la crucifixión. Los evangelios no dejaron constancia de que Cristo hubiese sonreído nunca, pero debemos entender que tenía los sentimientos de todo hombre, claro que representarlo así en plena crucifixión resulta extraño. La talla de Castriz debe incluirse en la tradición del gótico, cuando en el arte se humanizan los gestos, se hacen visibles las emociones. Es la época de los calvarios y de los más veteranos cruceiros gallegos, en donde sobresale la imagen de la piedad, de la María amorosa con el hijo en los brazos, de la Madre de Dios con el niño. 

La cruz estaba en medio de un cruce de caminos medievales, pues cerca se sitúa la iglesia parroquial de una villa real, una puebla fundada por Alfonso IX de León y Galicia en el siglo XIII, y la fortaleza cabecera de una jurisdicción de larga duración. Fue trasladada unos metros de la vía. Allí paran los entierros para rezar un responso por las almas; y los romeros que van a la patrona de la Terra do Xallas, la virgen de Vilamaior, daban nueve vueltas a su alrededor antes de proseguir su marcha al santuario.Cerca tenemos un famoso peto de ánimas y otras cruces únicas: el cruceiro antiguo de Estévez, la cruz de Estévez o la cruz de Albarín.

El cruceiro de Castriz es un crucifijo de granito sin plataforma, con pedestal cuadrangular en el que va un varal cuadrado achaflanado. Tiene un capitel cuadrado moldurado y con cuatro caras sobre el que se colocó la cruz rectangular. En su anverso presenta un Cristo crucificado, con tres clavos y las manos abiertas. El pie derecho ligeramente posado en el izquierdo, bien marcado, sobre una posible calavera central, pero en actitud jovial, con una marcada sonrisa, lo que apunta a otra tradición milenaria y visible en otros capiteles de nuestro románico. Es el hombre verde, el espíritu de la naturaleza y aquí también del viento, un viejo terrible dios. Presenta un manto de pudor en la parte inferior, un faldón en donde se aprecian cortes en zig-zag, una vieja marca del románico lombardo presente en muchos pórticos especiales de nuestra zona (Moraime, Cereixo). Es un manto breve, recogido en pliegues con destreza, como en tantas imágenes conocidas de este momento. Las marcas de las costillas son reflejo de la desnudez de su humanidad, de su humano sufrimiento. Los ojos abiertos del vate visionario, del flámine, igual que una figura del pórtico sur de Moraime, aunque destaca en el rosto de Cristo la gran sonrisa, un efecto hecho por su autor para destacar.

Es el Cristo humanizado de la tradición gótica, que come, bebe, ríe y llora. El que pide beber en su agonía y los soldados le dan vinagre, «e inclinado la cabeza, entregó el espíritu» según Juan; pero asimismo dice Lucas que se dirige al Padre antes de expirar, dando un grito. Los presentes creen que llama por Elías. En su agonía, podemos pensar Cristo se alegra por la visión de Dios, ha cumplido su misión, anuncia su Resurrección. De hecho, la anchura pronunciada de los brazos de la cruz hacen que su visión desde abajo parezca a la figura dotarse de alas, de emprender el vuelo en un efecto óptico magistral. La corona de espinas en sus ya difusas marcas se asemeja a una tiara solar, la de un rey. La iconografía y estilo plástico nos lleva a pensar en la santa cruz de plata de Serramo, con los brazos estirados  y las palmas de la mano abiertas, el cuerpo estilizado y recto, el amplio paño de pureza hasta las rodillas, el costillar transparentado, por lo que el maestro del cruceiro de Castriz recoge la tradición artística anterior y también las  marcas de los arxinas galaicos, las collas de canteros cuyo universo simbólico aún guarda muchos secretos y que aquí tienen un resumen hijo de ancestrales herencias artísticas europeas.

En el reverso tenemos una virgen en actitud de orante con las manos en cruz sobre el pecho, los ojos cerrados. es la madre que sufre por su hijo y reza por todos. A sus pies se enroscan las serpientes del pecado original, del demonio, el gran enemigo de la virgen. Cuatro rostros a los cuatro vientos del capitel recuerdan a los hombres verdes celtas de nuestro románico, el espíritu de flora y natura rodeado de vegetación, los duendes de la tierra, de las viejas creencias; por ello, aunque este viejo cruceiro ha pasado desapercibido a los investigadores, como tantas otras importantes muestras del arte xalleiro, nos encontramos ante una pieza singular de motivos únicos en el tan estudiado grupo de las cruces de piedra de Galicia, uno de los elementos peculiares definidores de nuestra cultura popular.

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