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viernes, mayo 17, 2024

El cura que poetizó la Santa Compaña

“Las supersticiones gallegas destilan una honda poesía” afirmó sin complejos Basilio Álvarez, ante el auditorio de la Casa de Galicia en Madrid, ejerciendo como una mezcla entre divulgador cultural y moderno turoperador de las esencias del Fogar de Breogán. Era noviembre de 1927.

Xosé Manuel Lema

Basilio Álvarez: “Disfruto el extraño panorama del país donde nací”

En tiempos donde las leyendas e historias de la Santa Compaña, las meigas y los trasgos, se entendían como herencias de la incultura que se mantenía en las zonas más atrasadas del territorio español, el sacerdote, político y periodista ourensano, las utilizaba como armas para diferenciar y poner en valor Galicia. Hacía de la necesidad virtud. Y esa jornada hablaba de la Santa Compaña, las meigas y otras supersticiones.

Nada de extrañar de un personaje tan carismático como este sacerdote agrarista. En un foro donde la mayoría eran mujeres, Álvarez demostró que tenía argumentos para desmontar “las supersticiones que todavía alumbran, medrosas, nuestra tierra con azúleos de fuego fatuo”.

Pero como el «cura de Beiro»  se consideraba un “cazador de emociones” y por lo tanto saboreaba “con singular deleite ese extraño panorama del país donde nací, ya que las supersticiones gallegas destilan una honda poesía”.

Fuerte sacudida espiritual para buscar la eternidad

Para Basilio Álvarez “las supersticiones galaicas no se detienen sobrecogidas ante la enunciación de un reptil, como sucede en otros pueblos, sino que se sepultan misteriosas en la flora y la fauna, en el auga y en el cielo, sobre todo en el más allá como si una fuerte sacudida espiritual nos hiciese buscar anhelantes nuestra jerarquía sublime de hombres de la eternidad”.

Materia potente en boca de un excelente orador

En su magistral conferencia, reconocida por los aplausos del público según cuentan las crónicas de la época, el inolvidable activista agrario aseguraba que detrás de cada creencia “hay siempre una trama llena de estupor y un soplo de leyenda, un aire de conseja, una noche quejumbrosa y unos leños llameantes sobre el lar venerable”.

Álvarez destaca la “amalgama deliciosa” de unas tradiciones en donde se juntaban lo humano y lo sobrenatural. Les concedía un “altísimo valor” literario, y hasta las más “necias” tenían algo aprovechable.

Sin salirse de su terreno ideológico calificaba las supersticiones como de “alucinados” pero al mismo tiempo resaltaba que “en el cuenco de las manos temblonas de los posesos, beben los rústicos muchas veces el arte”.

foto portada- Mundo Gráfico

@AdianteGalicia

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