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Gonzalo Suárez

Gonzalo Suárez

Gonzalo Suárez es consultor de comercio internacional.

La diplomacia y nuestros socios europeos frente a la amenaza del separatismo

Publicada: 12/04/2018

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Tempo de lectura: 10 minutos e 10 segundos.

Los españoles llevamos inmersos en una tragicomedia internacional desde al menos el pasado 25 de marzo, fecha en la que se detiene en Alemania a Carles Puigdemont, considerado prófugo de la justicia española.

Por obra de esas ironías de las que la política real nunca está libre, si el 25 de marzo las redes sociales se llenaban de banderas alemanas en agradecimiento por la detención de Puigdemont en el citado país, en lo que se interpretaba como un favor a España en una Europa falta de estos gestos, el 5 de abril cambiaban las tornas y eran los simpatizantes del separatismo los que colocaban la bandera alemana a sus espaldas, en reconocimiento, con una acción no escasa en cierto realismo, de la decisión alemana que no solo dejaba a su figura clave en libertad bajo fianza, sino que les convertía en cierto modo en héroes revestidos de capa alemana a ojos de muchos europeos.

¿Hasta qué punto están correspondiendo los socios europeos a España en esta batalla? ¿Están siendo los rusos nuestros enemigos y los miembros de la UE nuestros aliados, tal y como se retrata desde nuestras instituciones? ¿Hasta dónde llega el fracaso de la diplomacia española?

España es un país en el que hay un apoyo relativamente elevado al planteamiento europeísta y a las instituciones de la UE. Seguramente, una de las principales razones es que se ve a la UE como garante de cierta seguridad en ámbitos como la justicia, la democracia o las libertades, a lo que podemos sumar esa imagen de modernidad, futuro y progreso que se asocia al proyecto europeo desde hace décadas.

En resumen, el español tiene una visión utilitarista de la UE: la apoya porque cree que sirve para algo. De ahí que decisiones como la de dejar en libertad a Puigdemont por parte de Alemania, ignorando el propio concepto central de las euroórdenes, cree un importante malestar entre los españoles de cara a las instituciones europeas. El español medio, siente que la UE no corresponde a España cuando le toca, pero exige su obediencia y la cesión de su soberanía para tomar decisiones sobre el pueblo español, decisiones que no siempre se toman pensando en el interés de los propios españoles. En otras palabras: cuando Alemania ignora en un momento de necesidad para España la propia naturaleza de acuerdos europeos que derivan en el concepto de las euroórdenes, la sociedad española pierde confianza en el proyecto europeo y entiende, que éste no puede sustituir nunca, como garante de sus propios intereses, a la propia soberanía del estado-nación.

Pero sería injusto cargar a Alemania con toda la culpa. Lo cierto es que desde que se inició el envite independentista con el llamado “procés”, hemos recibido bastantes buenas palabras desde el resto de Europa, pero pocas acciones claras de apoyo. Las razones por las que tantos países se han mostrado reticentes a apoyar con hechos y en los momentos clave a España en su lucha contra el proceso separatista, tienen que ver con dos aspectos concretos.

El primero es que muchos de estos países también están envueltos en problemas de índole separatista que manejan bajo sus condiciones y sus tiempos, o en reclamaciones territoriales de carácter étnico o histórico, que inevitablemente requirieron o requerirían de procesos separatistas o unificadores a los que la comunidad internacional debería dar su visto bueno.

El segundo, es que el trabajo del gobierno español de cara a explicar a los europeos la realidad sobre el proceso separatista, ha fracasado estrepitosamente. El gobierno no supo, o no quiso, poner a funcionar como debería la maquinaria de la diplomacia y el marketing. O al menos, lo hizo en menor medida que los separatistas, cuyas embajadas, centros y asociaciones, las cuales el gobierno hizo muy poco por cerrar, consiguieron construir un relato a medida de cada país europeo para justificar sus reclamaciones. Si en Reino Unido equipararon la situación con la de Escocia, en Alemania hablaron de una injusta fiscalidad que se aplicaría a Cataluña en relación con el modelo de los lander alemanes, en Polonia rememoraron las luchas nacionalistas para escapar de la influencia soviética, y en Eslovenia llegaron a comparar a España con la Yugoslavia que se desmoronaba a finales de los 80.

La diplomacia española, pese a todo el mal resultado cosechado, tuvo que hacer concesiones para evitar que algunos de los países alagados por nuestro gobierno con el calificativo de socios o aliados, retirasen la posibilidad de reconocer a una Cataluña independiente. El caso más claro es el de los países bálticos, que llegaron a mencionar en público la posibilidad de reconocer una independencia de Cataluña según la vía báltica. Como el exministro de exteriores Margallo viene reconociendo en los últimos meses, hubo que pagar ciertos favores a determinados países a cambio de aceptar una postura favorable a la española. ¿Estará involucrado en este asunto el despliegue de carros de combate y tropas españolas en los países bálticos frente a la frontera rusa, como parecieron indicar las palabras del propio Margallo? ¿Sería el hecho de contentar a los países bálticos con un envío de tropas a sus fronteras lo que aumentó la tensión con Rusia en relación con este tema?

Con Escocia y Bélgica insinuando ciertas posturas favorables a los separatistas, con Alemania discutiendo euroórdenes e inculpaciones en delitos de rebelión, con Puigdemont siendo invitado por diputados a Finlandia, con los países bálticos cobrando favores para la ocasión, y con prófugos escondiéndose en varios otros países de Europa, a mi entender, la lección que deberíamos aprender de acuerdo con la relación que se está dando entre España y los socios europeos respecto a Cataluña, es que debemos resguardar la soberanía nacional como oro en paño, y no entregarla alegremente a instituciones supranacionales como la Unión Europea, tal y como proponen la práctica totalidad de partidos con representación parlamentaria. Porque la soberanía nacional se demuestra como único garante de nuestra independencia en numerosos ámbitos que son de vital importancia para el funcionamiento democrático y bajo el estado de derecho de nuestra sociedad.

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