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jueves, julio 18, 2024

El beso de Pablo

He de reconocer que el momento de éxtasis u orgasmo político sufrido por Pablo Iglesias tras la intervención del líder de En Comú Podem, Xavier Doménech, en la sesión de investidura de hace quince días no dejó de sorprenderme, no tanto por el hecho en sí, sino por el cómo y el dónde.

La escena del que tanto presume de venir a regenerar la política española saltando desde su escaño en la segunda fila del hemiciclo para abalanzarse, abrazar y besuquear en la boca con gran efusividad a su socio catalán, como si del reencuentro en una estación de tren de una pareja de enamorados se tratará, no es más que un nuevo gesto de toda la colección de aspavientos, ademanes, poses y postureo no verbal que tanto le gusta al líder de Podemos y demás compañeros de bancada con el único fin de atraer todas las miradas y conseguir así el titular del día. A buen seguro que lo consiguió dada la trascendencia mediática que alcanzó este nuevo ósculo entre otros dos «líderes» comunistas.

Un morreo en toda regla, sin intruso como diría un buen amigo mío, al diputado Doménech entregado en cuerpo y alma al momento de pasión y excitación política de Pablo Iglesias y al que respondió, el camarada de la alcaldesa de Barcelona, propinándole con exquisita dulzura una palmadita discreta en una de las nalgas comunistas del líder de la formación morada.

Y digo que no me sorprendió el hecho de que dos hombres se besen en los labios, ya que no deja de ser una imagen cotidiana y normal en nuestras calles, sino por el cómo y el dónde, siendo el gesto alevoso interpretado por Iglesias en el Congreso de los Diputados otra muesca más del teatro de la izquierda radical lleno de provocaciones y exhibiciones burdas, grotescas y fuera de lugar. Ahora proponen quitarle la palabra diputados por eso de la igualdad. Propongo sustituirla por, «de los miembros y miembras».

El beso de Pablo, una escena más a sumar a todas las que le han precedido, como el bebé de brazo en brazo de la compostelana y rica heredera Carolina Bescansa, la charanga con tambores y trompetas, juramentos de aquella manera con fórmulas imaginativas que cada vez rizan más el rizo, las lágrimas del macho alfa en su recibimiento a la puerta del Congreso o el gesto de presentarse ante el Rey y asistir al debate de investidura de vaqueros y con la camisa remangada. Eso sí, a la gala de los Goya asiste con un mal colgado smoking. Algunos ejemplos de la simbología y gestos a los que ya algunos califican como los emergentes bufones de la política española. Todo muy en la línea del espectáculo televisivo del chavismo, Aló Presidente.

Ahí están las radiografías demoscópicas del momento político publicadas este pasado fin de semana que parecen vislumbrar una pérdida considerable de votos por parte de Podemos (casi cuatro puntos respecto al 20D), que lo llevaría a ser la cuarta fuerza política y que sitúan a Pablo Iglesias como el líder peor valorado.

El Parlamento español no es un circo. Los ciudadanos esperamos de nuestros políticos un comportamiento respetuoso y ejemplar, principalmente en el ámbito de su representación pública, ellos tienen que ser los primeros en dar ejemplo. Haría bien el señor Iglesias en no volver a comportarse en la Cámara Baja con este tipo de espectáculos poco edificantes, que suponen una falta de respeto a la institución donde reside la soberanía de todos los españoles, no solo la de sus seguidores.

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