El día en que volví a ser aquel niño que soñaba con Iron Maiden

El Resurrection Fest es un sueño hecho realidad. O, incluso, una realidad que ha multiplicado todo lo soñado en unas noches de distorsión y sudor.

Viveiro reúne a miles de personas unidas por una misma afición y se ha convertido en una cita marcada en el calendario para muchos aficionados. Un evento que cada año se cuela en las portadas y en los informativos de los principales medios de comunicación.

Es un escaparate de Viveiro y de Galicia para el mundo. Sabaton, Iron Maiden, A Day To Remember, Anthrax, Trivium, Testament, Limp Bizkit, Marilyn Manson, Mastodon, Angelus Apatrida y un amplio elenco de propuestas para los amantes del metal.

Los problemas de aparcamiento, el cansancio acumulado, los gastos y otras adversidades quedan en un segundo plano para disfrutar de este gran aquelarre metalero.

«Estas son mis vacaciones» es una frase que escuché a distintas personas en diferentes momentos, y resulta muy ilustrativa de lo que significa este festival. También lo son palabras como «perdona» o «disculpa», reflejo de la educación y el respeto que predominan en un evento de estas características. La convivencia reina durante cada jornada del Resurrection Fest.

Descubrir nuevas bandas y disfrutar de las propuestas de los artistas en directo son otros alicientes que se suman a la posibilidad de ver a los ídolos que pusieron la banda sonora de tu adolescencia y acompañaron buena parte de tu vida. Ese también es mi caso.

Cuando Iron Maiden apareció sobre el escenario Main, los recuerdos se agolparon. Con un casete de Seventh Son of a Seventh Son en las manos viajé a Madrid en una excursión de EGB.

Las canciones de la «Dama de Hierro» forman parte de la banda sonora de mi vida. Y este 2 de julio volvieron a sonar en Viveiro ante un niño de 51 años profundamente emocionado. Bruce Dickinson apareció con una bandera de Galicia y defendió un repertorio con una voz capaz de desafiar el paso del tiempo. Miraba a Steve Harris, inseparable de su bajo, mientras el corazón me latía con la misma intensidad que hace décadas.

Junto a Iron Maiden también estaban otros protagonistas de mi adolescencia: Anthrax. Volvieron a mi memoria aquellos paseos por la playa de Arou escuchando sus canciones, aquella gorra que me regalaron y que lucía orgulloso por las calles de Ponte do Porto.

Eran otros tiempos. Otras circunstancias. Pero ese ritmo que puso en marcha el motor de mi vida sigue rugiendo como un león. Y días como este, en el Resurrection Fest, me recuerdan que nunca dejamos de ser aquellos chavales que soñaban con ver a sus ídolos sobre un escenario.

Larga vida al rock and roll.

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