La lírica peregrinación a Nemancos de John Milton

John Milton es uno de los grandes poetas universales. En su égloga «Lycidas», publicada en 1637, una de sus primeras obras, hace dos referencias a las costas gallegas, a Nemancos y Baiona. Dos citas llenas de tradición clásica y pagana, de viejas navegaciones y el profundo espíritu religioso de un vate humanista y puritano que se verá envuelto en grandes discusiones y trascendentes batallas políticas y de fe.

Namancos y Bayona, así mencionados en el poema, son dos lugares ubicados en un fin de la tierra enfrentado al océano, tintados de connotaciones míticas, clásicas. John Milton (Londres, 1608-1674) escribió «Lycidas» como una elegía por la muerte de su amigo Edward King, compañero de estudios en Cambridge, fallecido en un naufragio frente a las costas de Irlanda en agosto de 1637.

Lycidas sale de un personaje citado por el historiador Heródoto de Halicarnaso, una especie de pastor y poeta, que falleció poco antes de la batalla de Salamina contra los persas. Era el inglés un poeta de una vasta cultura, visible en las fuentes usadas en el poema, no solo literarias. De hecho, la aportación de los trabajos cartográficos de esta era de grandes navegaciones y descubiertas es la clave para la inclusión de los dos topónimos. En el verso número 161 Milton declama: «Where the great vision of the guarded mount/ Looks toward Namancos and Bayona’s hold» (Donde la gran mole del monte vigía mira hacia Namancos y la fortaleza de Bayona).

El poema es un anticipo a los viajes náuticos y terrestres del poeta, que unos meses después marcha a Italia. La proyección cartográfica que hizo Gerardus Mercator en 1590  y publica en 1611 en su Atlas Cosmográfico, de enorme difusión, es la clave para entender la inclusión galaica. Dentro de esta obra aparece uno de los mapas preciosos que ya estudiamos, el Gallaecia Regnum, en el que encontramos el topónimo Nemancos T (terrrae), junto al cabo Fisterra, y en el extremo sur del reino, Bayona, un referente en la navegación comercial.

Uno de los pocos cronistas gallegos que tratan el asunto, Eduardo Rolland, opina que «Milton, que tenía una cultura enorme, probablemente consultó este mapa y quiso situar su poema elegíaco, en homenaje a su amigo fallecido, en una costa mítica alternativa a la del Mar de Irlanda donde su barco efectivamente había naufragado. Y, sin que sepamos su motivación final, decidió ambientar estos versos en el legendario Finisterrae, donde terminaba el orbe conocido». Mayor proyección crítica encontramos en Inglaterra que nos arrojan luz de la intención del vate. John Milton traslada a un confín de Europa, a la Galicia atlántica, la parte final de su gran poema, en el que termina diciendo que su amigo (ahora convertido en el pastor heleno Lycidas) no ha perecido en las aguas del mar porque también el sol se hunde todos los días pero no muere.

Milton dictando a sus hijas Paradise lost.- Wikipedia

Nemancos, el arciprestazgo suevo entre Fisterra Y Camelle

Nemancos, el viejo arciprestazgo suevo que iba de Fisterra a Camelle (más tarde dividido en Duio y Nemancos) abarcaba el tramo principal de la Costa da Morte y era un punto clave en la simbología europea. El Camino de Santiago seguía atrayendo peregrinos a los santuarios del mar, y tanto Nemancos (rex de Duio, A Barca) como la ría de Vigo (camino portugués y marino) estaban unidos a leyendas jacobeas. Mientras la barca de piedra que trasladaba los restos del Apóstol navegaba frente a Baiona y Bouzas, sucedía una boda en la playa; el caballo del novio salió desbocado y se hundió en el mar, pero fue rescatado milagrosamente por la barca de los discípulos jacobeos y resurgió a la superficie cubierto de conchas de vieira. Otro símbolo de la resurrección occidental, la vieira enmarca muchas tumbas finisterranas.

Son muy firmes las convicciones religiosas del autor y el mensaje en este sentido que aporta el poema, por ello los dos nombres están cargados de una notable significación; en la tradición oral y legendaria del mundo céltico, en las fuentes clásicas hasta san Isidoro. Si Irlanda y las Hébridas, el norte infernal (la marea abrumadora…el fondo del mundo monstruoso) son espacios de muerte, la costa galaica está frontera al paraíso, es la tumba del sol, patria de dioses. Las referencias al mar tempestuoso son muchas. «Ay de mí! Mientras las costas y los mares resonantes [155] (Ay me! Whilst thee the shores and sounding Seas).

«Y ahora se había hundido en la bahía occidental»

«Con todos los que vagan por esa peligrosa corriente. [185] (To all that wander in that perilous flood). Pero en el galaico mar no se hunden las almas, pues el Mesías las recoge y auxilia entre las olas («gracias al poder de aquel que caminaba sobre las olas» [173]. En comitiva, los santos allá viajan como romeros, el genio aparece en la orilla, con vida, dorado por el sol. Y la tierra donde muere el sol, bañada por sus últimos rayos, es costa de prodigios y milagros. «Brillante bajo los rayos del sol al amanecer, el Rey asciende resplandecientemente al cielo hacia su recompensa eterna»[2] (Burnished by the sun’s rays at dawn, King resplendently ascends heavenward to his eternal reward). La costa oeste, ese gran mito del finisterre europeo, mirando a las islas benditas de los santos navegantes. «Y ahora se había hundido en la bahía occidental» [191] (And now was dropt into the Western bay).

Es una égloga pastoral, una monodia, un poema de lamento cantado por un solo pastor, dedicada a la memoria de su amigo. Lycidas es un nombre común en la poesía pastoral griega y romana, usado aquí por Milton para idealizar a su amigo y encajarlo en la tradición de la égloga renacentista, de tanta difusión en nuestras letras e influencia italiana. El poema comienza con la renuencia del pastor-poeta a tomar la pluma tan prematuramente, pero se siente obligado a lamentar la muerte de Lycidas (sosias de su amigo).

A lo largo del poema, el pastor lamenta su pérdida, con él compartía una vida de estudio y ambición poética. Reflexiona sobre la brevedad de la vida, la vanidad de la fama terrenal, la indiferencia de la naturaleza ante el destino humano. El poema incluye deidades y figuras mitológicas que lamentan a Lycidas, pero aprovecha para tocar la llaga de la política de la época, con la digresión en la que San Pedro denuncia la corrupción dentro del clero inglés. El lamento se transforma en consuelo, ya que el poeta llega a la epifanía de que Lycidas no está realmente muerto, sino que ha ascendido al cielo, convirtiéndose en un espíritu guardián de las aguas, alcanzando una forma superior de inmortalidad.

El poema concluye cuando el sol se pone, y el pastor-poeta, que ha terminado su canto fúnebre, se prepara para abandonar la vida pastoral y emprender nuevas aventuras. Se ata el manto y el bastón, símbolos de su rol pastoral, indicando que está listo para un nuevo camino. Este epílogo marca la transición del duelo a la aceptación y la mirada hacia el futuro, cerrando el ciclo del lamento y la esperanza. Toma bastón y hace el camino, como un peregrino en la costa gallega, en el Finisterre de las estrellas. L

a invectiva de San Pedro contra los «falsos pastores» es una de las partes más famosas y controvertidas del poema. Refleja las propias frustraciones de Milton con la corrupción en la Iglesia de Inglaterra (anglicana) de su tiempo y sus simpatías puritanas. La otra baza, en donde encaja bien la cita galaica, es la fusión de elementos de la mitología griega y romana (Musas, Ninfas, dioses marinos) con iconografía cristiana (San Pedro, ángeles, cielo), reflejando la vasta erudición de Milton y su capacidad para sintetizar diversas tradiciones culturales y religiosas. Por ejemplo, la figura de Bellerus, que mira desde un monte al fin de la tierra, a Namancos y Bayona.

Namancos y la fortaleza de Bayona

Duermes junto a la fábula del viejo Bellerus, [ 160 ]/ Donde la gran visión del monte custodiado/ Mira hacia Namancos y la fortaleza de Bayona;/ Mira ahora hacia tu hogar, Ángel, y derrite de piedad./ Y, oh delfines, llevad al desdichado joven./ No lloréis más, tristes pastores, no lloréis más, [ 165 ]

Bellerus es un héroe que Milton inventó para explicar la palabra Bellerium, una voz latina que significa el fin de la tierra (nada menos, nuestro Nemancos). Un bardo semidivino en las guerras con los Fianna, en donde resuena el nombre de un dios celta, Belenus, y el eco de Ossian, de los milesios. Voces entrampadas en la leyenda de irlandeses y galaicos. En otras palabras, el orador le está diciendo a Lycidas: «si estás atrapado bajo el océano o descansando al final de la tierra, por favor mira hacia casa».

La «gran visión del monte custodiado» se refiere a una historia sobre cómo algunos monjes habrían visto una visión de san Miguel en el Monte de San Miguel, una isla frente a la costa suroeste de Inglaterra. Así, al final de la tierra – at land´s end-, o el monte de San Miguel, la línea de visión se extiende hacia Namancos y Bayona´s hold, el fuerte de Bayona. Un enfoque simbólico. Ambos lugares están destinados a evocar la amenaza del catolicismo español; el orador quiere que Lycidas mire hacia el hogar, hacia Inglaterra, no hacia la España católica.

El «ángel» probablemente se refiere a Lycidas, que parece estar llorando de dolor, o «ruth». Como Santiago, olvidado por Dios, en Muxía. Finalmente, el orador pide a los delfines que ayuden a Lycidas, la desventurada o «desafortunada» juventud, a seguir su camino. Los marineros pensaban que la vista de los delfines era un buen augurio. Aparecen en los mosaicos romanos de la vieja Gallaecia, en un colgante de bronce encontrado en la necrópolis tardo-romana de Moraime (Muxía)

¡Ay de mí! Mientras las costas y los mares resonantes

Te arrastran lejos, dondequiera que tus huesos sean arrojados, [ 155 ]

Ya sea más allá de las tormentosas Hébridas,

Donde tal vez bajo la marea abrumadora

Visitas el fondo del mundo monstruoso;

O si, negándote a nuestros húmedos votos,

Duermes junto a la fábula del viejo Bellerus, [ 160 ]

Donde la gran visión del monte custodiado

Mira hacia Namancos y la fortaleza de Bayona;

Mira ahora hacia tu hogar, Ángel, y derrite de piedad.

Y, oh delfines, llevad al desdichado joven.

No lloréis más, tristes pastores, no lloréis más, [ 165 ]

pues vuestro dolor por Lycidas no ha muerto;

aunque se hunda bajo la superficie del agua,

así se hunde el sol en el lecho del océano,

y, sin embargo, al poco rato levanta su cabeza inclinada,

y lanza sus rayos, y con oro recién salpicado, [ 170 ]

llama en la frente del cielo matutino:

Así Lycidas se hundió en lo profundo, pero se elevó en lo alto,

gracias al poder de aquel que caminaba sobre las olas;

donde, junto a otros bosques y otros arroyos,

baña su cabello empapado con néctar puro, [ 175 ]

y escucha la inefable canción nupcial,

en los reinos benditos, mansos de alegría y amor.

Allí lo agasajan todos los santos de lo alto,

En solemnes comitivas y dulces comunidades

Que cantan, y cantando se mueven en su gloria, [ 180 ]

Y le secan para siempre las lágrimas de los ojos.

Ahora los pastores ya no lloran por Lycidas;

De ahora en adelante eres el genio de la orilla,

En tu gran recompensa, y serás bondadoso

Con todos los que vagan por esa peligrosa corriente. [ 185 ]

Así cantaba el rudo pastor a los robles y arroyos,

mientras la tranquila mañana se desvanecía con sandalias grises,

tocaba las tiernas notas de diversas plumas,

trinando con pensamiento ansioso su canto dórico:

y ahora que el sol había extendido todas las colinas, [ 190 ]

Y ahora se había hundido en la bahía occidental;

Por fin se levantó, y sacudió su manto al viento:

Mañana, hacia bosques frescos y pastos nuevos.

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