En el aniversario de la muerte de la artista recordamos un segundo poemario de Frida Kahlo de la colección A. P. Frida envía a Alejandro un cuaderno estampado, con motivos de flores en las tapas, sin título. Empieza con una carta a Bartolí y termina con las iniciales FK en grandes letras. En la contraportada hay una dedicatoria.
En una hoja explica que lo escribe en noviembre, tras haber perdido la pierna; un mes falto de luz, fatídico por su correspondencia con la muerte, también de contraste y celebración en México. «Bartolí: Es noviembre ¿Acaso te amaré en este mes oscuro?» (pág. 51).
A finales de 1953 se completaría el cuaderno florido, que entregará con el resto de los diarios en la primavera de 1954 a Finisterre. En este caso el peso de las ilustraciones es muy notorio y nos aportan nuevas muestras creativas de la autora, un cuaderno de dibujo apoyado en la contricción de su alma.

Pura Manzanilla
Son 81 páginas, pequeñas carillas con textos o ilustraciones, siguiendo el modelo de los otros cartapacios de esta misma colección A.P. Las diez primeras páginas componen una carta de lamento y reproche al abandono e indiferencia de Bartolí. Luego nos acerca una serie de poemas (31) dedicados a la ausencia de Bartolí y Alejandro Finisterre, bajo el título «Pura manzanilla» (PM 53).
Es el segundo poemario que conocemos de Frida en esta «caja de Pandora» del citado conjunto documental mexicano, un renovado acercamiento a la creación lírica, tras haberlo probado con pobre éxito, según su apreciación, en su etapa estudiantil. Ahora lo hace inspirada en la experiencia amorosa con Bartolí y Finisterre, con todo un bagaje vital y de lecturas. Lo explica en la página 11, «Pura manzanilla» es «un intento de poesía» y aclara «que hace algunos años cuando era yo estudiante en la Nacional Preparatoria intenté escribir versos tomando el ejemplo de Chong Lee y de otros compañeros de la palomilla de Los Cachuchas, fueron tan malos que por decoro no volví a intentarlo hasta hoy que el recuerdo de mis dos españolitos me lo demandan, en fin ¡va por Bartolí y por Alex Finisterre!».
El primer poema es toda una recreación del tiempo pasado, a modo de los haiku orientales, tan queridos por su amigo Chong Lee (Miguel N. Lira), por Finisterre: «Cuando el viento se queja en las noches frías y largamente tristes, ¡También en silencio gimen las almas solas!» (pág. 13). Irá alternando poemas a Bartolí y Alejandro, versos escritos a la vela de la noche en la Casa Azul, templo del sueño y el recuerdo lejano de haber amado, antes de la desilusión del día y su ingrata realidad.
Cada poema termina con una rúbrica de la autora, con sus iniciales o su nombre completo; cita a los dos amantes, para que no haya dudas de a quién dirige cada grupo de versos, pese a que el tono es común. En una ocasión asigna como Mara, el apelativo cariñoso usado con Bartolí. Los dos están en los nombres, las cosas, los lugares compartidos, el viento, en el tiempo concentrado en los relojes.

Es una reclamación, una llamada de auxilio que será respondida meses después por Alejandro en varias cartas, mostrándole su promesa de vivir en México, de estar físicamente cerca. «Alejandro, te busco en el horizonte del lado negro de la luz. Ahí donde todo sobra, el agua y la vida. El lado donde la muerte palpita y nace» (pág. 30). La sombra, la noche, la oscuridad es para la pintora sinónimo de lienzo en blanco; ambos enemigos del arte, de las formas y siluetas hijas de la creación, devoradoras de la luz y la tiniebla.
Pero ella cada vez más en aquellos días últimos y dolorosos necesita asir el espinazo estrellado de la noche y convertir en obra el polvo derramado de sus huesos (sueño, fatiga), las letras del nombre amado que el viento orea, no fija en un lugar concreto, fluyen en su sonoro espacio. Lo hace objeto de su pintura, motivo de inspiración, incluso en las horas en blanco mirando el lienzo:
«Alejandro: Escribo tu nombre en el viento pa´que no se quede en ningún lado. Te pinto en mis cuadros» (pág. 52).
«Alejandro: Pensando en tu nombre me he pasado sentada horas frente a mi caballete» (pág. 77).
El poemario termina con un canto de esperanza, de resurrección, una invitación a vivir la vida «caminando con el recuerdo de amor, caminando frente al sol». «Aunque sola y disminuida, el recuerdo de Alejandro y Bartolí me lleva a recoger paisajes y esperanzas en lo que aún me falta en este largo viaje que es la vida, y que todo es fácil por nuestra capacidad de amar» (pág. 78). Mientras pinta, vive, resurge; sueña en muchos días, largas noches de esperanza. Mientras pinta, es. Recupera su nombre junto al amado.

Poemas con ilustraciones de Frida Kahlo
El poemario contiene un buen número de ilustraciones de Frida Kahlo. En la página 3 un gran ojo pierde lágrimas negras. Es uno de los motivos más repetidos, imagen de su dolor, para que los dos lo vean con un claro icono.
«En mis ojos tristes se queda dormida la melancolía ¿Que por qué tengo los ojos tristes? Pa´ que sepas mis sufrimientos. Pa´ que llores mis lamentos» (pág. 14).
O «Alejandro: nostalgia de ti, lágrimas que ahogan mi mirada. Gota de agua en mis ojos tristes» (pág. 45).
En la página 15 vuelve a reproducir un gran ojo, prendido por dos clavos y soltando sangre; llorando por una gran grieta central un río de dolor profundo con el nombre de Alejandro Finisterre. Una pupila con su córnea arrancada de su cuenca, con la piel espinosa de la pitahaya y sus venas colgando, busca la luz, preso en una red de trazos violentos en la página 46. La mirada es lo más reproducido en el conjunto de iluminaciones; en la página 63, un iris llorando lágrimas rojas brota de una pitahaya, también con sus espinas de color rojo chorreando sangre. Los tallos largos de esta planta se pueden enredar en los árboles, de sus ramas salen bultos rojos como gotas de sangre, que dan flores en la aridez del desierto, por ello la autora la usa con variedad de connotaciones. Poseía variedades de cactus en el jardín de su casa, una estampa del puro México. Su fruto rojo es un corazón herido, pleno de sangre, el encarnado sol de sus últimos cuadros sobre la montaña mágica.
En la página 12 nos muestra la portada del poemario. Bajo el título «Pura manzanilla» traza dos grandes caretas rotas colgadas en un tendal como planta espinosa. Una llora lágrimas claras, tiene tres bocas y una chiva de macho, un largo collar perlado en el cuello con un colgante. Una gran ceja sobre su único ojo, es Frida. Otra media careta está triste, al lado de un trozo de planta escamosa muerta encima de las escaleras de la Casa Azul. Es una tuna o una pitahaya, junto al maguey son para la autora representación del país, como antes indicamos. Imagen de ella misma: «No soy romántica, soy de tierra dura, sembrada de magueyes, mi cuerpo es la tierra negra y mi amor está hecho de espinas» (pág. 54). Esas escaleras, con caretas y ojos, agujeros de paleta de pintora, las vemos en el Album Negro para A.F. de este mismo archivo AP (págs. 29, 85).
Tres árboles calcinados, secos, largas raíces rodeando un ojo enterrado, completan el icono. Las plantas marchitas, secas, muestran el ciclo vital; cuando de ellas parten enredaderas, raíces sirviendo de apoyo a la vida, son esperanza de floración. Frida usaba cintas y otras conexiones para establecer vínculos emocionales, lazos entre las imágenes, los nombres. Repetirá en otra lámina la imagen de los árboles secos, los amores perdidos en el monte del olvido de la canción. Diego, Bartolí, Finisterre.
La página 29 se ilustra con una bella y dura composición. Bajo los párpados cerrados de Frida, un corazón espinado, rodeado por esa cuerda de espinas que se clava en un órgano que pierde gotas de sangre. Una pitahaya con el fruto abierto a modo de girasol busca el corazón tal la luz del sol. Mientras pasa voraz el tiempo del dolor. «Hay tardes llenas de sol-edad que nos llenan de frío» declara Frida en la página 28; pero el sol es Diego, siempre Diego. En la página 48 un pequeño corazón brillante en la parte inferior lleva su nombre inscrito.
En la página 88 del Album Negro (AN 53) hay una «pitaya» similar con un gran ojo. En esta lámina vuelven a aparecer las caretas cortadas, las dos llorando, con cejas marcadas y labios eróticos. Una porta el collar de gruesas cuentas dispares, las dos conforman una Frida triste, abandonada en la larga noche en vela de su soledad, cuando anota febril los pensamientos que con la luz del día se olvidan. Una gran cascada lleva el símbolo del yin-yang (taijitu), más tres esferas con la luna creciente (noche, yin) y un ojo dentro. El yin es lo femenino, oscuro, la tierra, el frío. El yang: lo masculino, la luz, el cielo, el calor. Conceptos que necesitan cada uno del otro, con los que juega la autora en sus versos, que se complementan con los dibujos.

Las caras unidas por un collar, separadas por una flor de pitahaya, las vemos en la página 60; y un extraño rostro con las cejas y labios de Frida brota de un largo cuello rodeado por una cuerda con filamentos en su corte. Formas espirales decoran la nariz y un ojo. Frida luce en varias fotos con collares de voluminosas cuentas de jade. Un colgante como el que llevaba en una foto con Diego, del día de su boda, de 1929.
La misma flor de pitahaya salida de un gran espino que ocupa la parte central de la composición se muestra en la página 67. Sobre tres montículos, surgen de nuevo los tres troncos secos, sus amantes perdidos. Rostros partidos, manos, pupilas llorosas, completan la escena surrealista. Un curioso objeto, como un espejo con el yin-yang en el mango, muestra la esfera de un reloj. El invierno de la falta de cariño (yin) tiene dentro la potencia de la energía de la luz (yang). En todas las cosas permanece el recuerdo del amor, también en el tiempo, resumido en los relojes. La amante y el amado, iguales en la diferencia, cada cara del taijitu comparte un color del opuesto.
«Quisiera, cuando te miro, cuando te amo, tener un reloj sin manecillas pa´que el tiempo nunca camine, nunca exista» sea el tiempo que marque «tu corazón con el tic tac de su palpitar» (pág. 40).

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En la siguiente lámina un pene vuela con dos hojas por alas hacia un ojo lagrimoso. En la página 71 aparece un tronco cortado y un pie, con una frase: «¿Historia de sueños que se hicieron costras?». Desolada imagen de la artista que sufre.
En la página 49, un rostro de hombre parece morder los labios de Frida, con su ceja y largos cabellos. Debajo muestra su pie cortado, cosido, al lado de una esfera con la hoz y el martillo. A la derecha, un tronco humano sin cabeza, un rostro desmembrado, feroz; con cuatro ojos, nariz, labios con atisbo de bigote y chiva. Por la vista, por los costados, mana sangre. Rostro desmembrado con curiosos objetos (una taza, una pata de caballo o ciervo, una jarra rota) lo vemos en la página 70. En todas las cosas, en sus desolados fragmentos, flota un roto amor, implorante de afecto.
En la página 51 el nombre de Bartolí es el fruto de una planta espinosa, bajo un ojo abierto, vidrioso, una nariz. En el block con la lista de amantes ella declara que Chavela tenía vidriosas pupilas que lloran agua, con las que «anegaba la soledad y le daba vida». Del dolor puede brotar un manantial que riegue las plantas de la pasión, las semillas del amor: «y el amor brota de nuestros ojos, de nuestras pestañas» (pág. 32). No podemos olvidar las obras creativas de la literatura y el arte de su tiempo, menos al tratar de una artista comprometida, curiosa y conocedora de las novedades y los hallazgos del siglo. «Acuosas nieblas bajan tupidas como redes cuyas dueñas reposan, traduciéndose en vidrio lúcido» (Sylvia Plath).

Un bello rostro de perfil, con trazos gruesos pero firmes, llora gruesas lágrimas en la página 58. Es un magnífico esbozo expresionista. Le sigue una lámina con una calavera con un largo cuello de perlas o jades salido de unas rocas, con toda la imagen enredada en trazos nerviosos. Frida se enlaza con la flaca, no teme la muerte, «la alegría de amar o la esperanza de morir» (pág. 27). En la página 76 una tétrica calavera negra se apoya en la cabeza de Bartolí, con forma de recipiente. Él lleva su nombre grabado en una mano que atrapa un largo falo serpentiforme. Su cabeza se soporta sobre un pie.
El día de muertos no se niega a la muerte, pues se traiciona a la vida. En México se acompaña con un halo de fiesta, flores y colores; es una celebración de la vida como encuentro con los muertos, con los familiares queridos que según la tradición regresan por un día. También en la Galicia de Finisterre. Una fiesta para guiar a los muertos al Mictlán; alegre porque vuelven los seres queridos, no porque la muerte sea bella ni se deje insensatamente de temer. Es el día de la Catrina, de esos judas tan prolijos en la casa de la pintora. El culto a la vida, si de verdad es profundo y total, es también culto a la muerte (Octavio Paz).

Las ilustraciones son a tinta o lápiz, en general de trazo firme, pero dos se apoyan en el color. La de la página 63, con el verde para el tallo de la planta y el rojo para sus bultos-frutos sangrantes, suplicantes. En la página 61 la pintora derrama una gran mancha verde (un color de vida natural, renovación) que al doblar la hoja se convierte en dos formas semejantes y unidas.
«Mi cintura quebrada, la lengua sabia, mis ojos ajenos» (pág. 69); a la hora de la poesía, del vaciado de su corazón, a la mexicana le han robado la vista. Encima, desolada por la sol-edad y la pérdida de una pierna, lanza un grito agónico: «Estoy en el límite». Otra lámina demediada abarca las páginas 64 y 65, donde dibuja un seno y un caracol.
Escribe: «¡Patas pa´que las quiero si soy un caracol!». Y siempre desbordada por el ansia de crear, sacando fuerzas de la nada. Es mujer y está viva porque pinta; pinta porque ama. «No recuerdo qué boceto dejé en mi caballete. Después de tanto pensar, de tanta molestia. Imagino los motivos, la composición, los colores» (pág. 57). » Un pintor debe coger el pincel o el carboncillo todos los días si quiere seguir vivo» (Picasso).

