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domingo, julio 3, 2022

El Peregrino de Valdivielso, una joya del teatro religioso del Siglo de Oro en la Costa da Morte

Rafael Lema- Accede a la primera parte aquí

El Peregrino es un auto sacramental del Siglo de Oro de un libro del cual disponemos en la Costa da Morte de uno de los tres originales conservados en fondos editoriales. Es más, por los dibujos de su antiguo dueño sabemos que era un clérigo amante de la comedia y que puso en escena alguna de estas piezas.

El gran autor religioso barroco José de Valdivielso publicó en 1622 «Doze autos sacramentales y dos comedias divinas»; en Toledo, y uno de esos tres libros se halla en mi biblioteca familiar en Ponte do Porto, de donde seguiremos analizando el auto citado. Concuerdo con Bruce W. Wardropper, experto del arte de Valdivielso, que cuenta El peregrino entre sus tres mejores autos por su originalidad y profunda belleza. Es asimismo obra de una gran plasticidad y llena de recursos escénicos.

Ya hemos citado como el teatro sacramental de Valdivielso presenta los una serie de paradigmas compositivos que alcanzarán su pleno desarrollo en los autos sacramentales de Calderón. La crítica actual insiste en que Valdivielso constituye, en el tema y en la técnica, un precursor en el camino del auto sacramental calderoniano. El peregrino cuenta la historia de un romero-palmero que guiado por altos ideales, emprende el camino de la vida, con una meta simbólica (que puede ser Roma o Tierra Santa, pero no se halla muy lejos de Plasencia) llevando como guía a la Verdad. 

El Peregrino, deslumbrado por el Deleite, el Honor o la Mentira, será muchas veces asaltado, magullado, engañado como otro Quijote por los campos de la España del Siglo de Oro. El modelo, insisto, es el de tantos caminantes jacobeos de su época, que eran los que verdaderamente andaban nuestras breas y podía usar como prototipo un autor que rodea su obra de tipos populares, cantares y decires que la hacen creíble. Este caminante de poco seso elige siempre mal en las encrucijadas, llevado por lo fácil y placentero.

El peregrinus en su partida del hogar es como un forastero o extranjero, que al regreso ya no será el mismo. Su amigo Lope de Vega había usado el motivo en El peregrino en su patria. En el tratado de san Ildefonso de Toledo, Liber de itinere deserti (PL 96, pp. 171-192) se habla de la elección del camino verdadero, que no es el recto y firme. «Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida y cuan pocos los que dan con ella!».

Julia Bolton Holloway, destaca que «todos los relatos de peregrinaciones se sirven de la prefiguración tipológica de los relatos del Éxodo y de Emaús». El texto de Lucas 24, 18 dice, según la Vulgata: «Et responderos unus, cui nomen Cleophas, dixit ei: Tu solus peregrinus es in Ierusalem, et non cognovisti quae facta sunt in illa his diebus». El naciente teatro litúrgico dramatiza el capítulo 24 del evangelio de san Lucas comenzando la tradición del Officium peregrinorum

Por otra parte Cristo es imagen y camino del hombre nuevo. Y su ejemplo aparece en la obra: «Pues con cruz, juncos y acotes, / Christo este camino anduuo» (211-212); «Dios le anduuo, Peregrino, / y con una cruz cargado. / Y pues él delante va, / sigúele, la tuya a cuesta» (195-198). En el Evangelio de san Juan leemos el famoso versículo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (14, 6).

Ricardo Arias es uno de los referentes a la hora de analizar este auto (Reflexiones sobre El peregrino de José de Valdivielso. Fordham University, New York). Según él «El peregrino dramatiza el progreso espiritual del hombre bajo la metáfora de un viaje o peregrinación». Una metáfora de larga tradición. El viaje o peregrinación puede ser lineal o circular y se mantiene en una búsqueda de carácter ascendente. Horizontalidad y verticalidad, como insiste el maestro jacobeo Caucci von Saucken. Cuenta con un punto de partida, un medio, y una meta o fin; un antes y un después. Puede ser geográfico o psicológico y espiritual. Entiendo que para los peregrinos compostelanos ambos son cara y cruz, inseparables. «Elemento esencial es la idea de progreso dinámico, avance, acercamiento y consecución de la meta deseada» incide Arias.

Ulises, Perseo y Eneas son grandes y populares ejemplos clásicos. Joseph Campbell ve sus heroicos periplos como «un agrandamiento de la fórmula presente en los ritos de pasaje [rites of passage]: separación, iniciación y retorno…El héroe abandona el mundo ordinario y se adentra en una región de maravillas sobrenaturales: allí se encuentra con fuerzas fabulosas y gana una victoria decisiva: El héroe vuelve de su misteriosa aventura con poder de otorgar favores a sus compatriotas».

En el Viejo Testamento: Abraham, Moisés y Elias. Siguiendo a Dios y lanzándose al camino, cambiaron su destino individual y el de su pueblo. Abraham es el antecedente del gran viajero de la tradición judeocristiana, y el hombre de fe, de ciego compromiso, el padre de pueblos. Pero tenemos la otra peregrinación, la colectiva (la salida de Egipto del pueblo elegido). Los sermones y las lecturas antes de la partida de tantos caminantes a santiago, de tantas expediciones en grupo por tierra y mar llenarían los jubones con estos antecedentes. Bien sabemos los amigos del camino que el peregrinar geográfico a lugares santos es parte importante de la configuración espiritual de la Edad Media y ninguno dejó mayor huella y más permanente en el mapa de Europa que la ruta a Galicia.

Valdivielso, un pionero

«En la fe murieron todos sin recibir las promesas; pero viéndolas de lejos y saludándolas y confesándose peregrinos y huéspedes sobre la tierra, pues los que tales cosas dicen dan bien a entender que buscan la patria. Que si se acordaran de aquella de donde habían salido, tiempo tuvieron para volverse a ella. Pero deseaban otra mejor, esto es, la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de llamarse Dios suyo, porque les tenía preparada una ciudad». Y un poco más adelante les recuerda: «no tenemos aquí ciudad permanente, antes buscamos la futura» (Hebreos 13,14).

Valdivielso es el pionero en este nuevo arte de la comedia cristiana, pero no olvidemos que el teatro clásico es también profundamente religioso aunque pagano. La vida humana como camino o peregrinación es una metáfora repleta de sentido moral. San Buenaventura (1221-1274) o Dante (1265-1321) en esta línea tendrán una marcada influencia en la literatura occidental. Hay dos vías principales, la del devenir de la vida (peregrinatio vitae) o la búsqueda del amor humano (peregrinatio amoris). A ellas añade nuestro Barroco la búsqueda del sentido moral de la experiencia humana (El Criticón, Persiles y Sigismundo), o la trayectoria ascendente del místico (san Juan de la Cruz).

La peregrinación cristiana es un retorno, una conversión, un viaje circular. Un exilio, una partida hacia algo trascendente, mirando de frente al horizonte y arriba. Se llega y se sube a un alguien. A Dios. El caminante se enfrenta a peligros, encrucijadas, a enemigos que intentan apartarlo de la vía. Don Quijote debe decidir en su primera escapada, su primer problema es un cruce de caminos. No es baladí la cita al ingenioso andariego, andaba en romances antes que en tomos novelados por el manco amigo de Valdivielso. Dice la Verdad a su pupilo: «don guillote/ pues comió pague el escote».

El caminante necesita apoyarse en la penitencia, no dejarse llevar por el engaño de los sentidos; llenarse de fe y esperanza en la meta deseada. El peregrino católico busca la transformación espiritual interior, la meta es la unión con Dios. La total incorporación del cristiano a la Iglesia militante aquí y a la Jerusalén celestial en la otra vida es la punta de flecha a la que nos lleva Valdivielso, un soldado militante. No hay salvación si no es en el seno de la Iglesia y por los sacramentos. «Esta transformación no es sólo asunto individual sino también de toda la comunidad -la Iglesia- a que pertenece y de la que recibe doctrina, alimento y fe» (Arias).

El Peregrino y la Madre Tierra

En el comienzo del camino (versos 1 al 100) Peregrino trata de librarse del abrazo de su madre la Tierra. Se le llama madre cinco veces (versos 1, 5, 15, 75, 82), pero también enemigo: «No me puedo dessasir / de ti, madre y enemigo; / ni puedo viuir contigo, /ni sin ti puedo viuir» (81-84). «Madre y enemigo»: madre porque de la tierra fue formado y con sus frutos lo sustenta (45-60); enemigo, pues le impide el fin más alto para que fue creado. Valdivielso evoca la situación de Adán y Eva después de la caída: «los surcos… / me abren el pecho» (27-28), «rotas las entrañas (29), «sangrar mis venas» (35), «pan de dolor / entre espinas y entre abrojos, / comprado a precio de enojos / y gotas de mi sudor:» (49-52), «muy buen trabajo me cuesta, / muy buenos dolores passo» (59-60).

Peregrino representa a la humanidad en general y a cada individuo en particular, que bajo la tutela de Verdad descubre su verdadero destino. Peregrino es tierra, lleva dentro de sí a su propio enemigo: «Y assí peregrino parto / de mí mismo peregrino, / que el mismo con quien camino / viene a ser de quien me aparto» (97-100). Su peregrinación es un exilio interior. El viaje tiene lugar en la geografía espiritual del propio hombre. La despedida es iniciativa suya. Busca su vida eterna «que es vida en Dios escondida»; quiere ir a Tierra Santa «que es tierra de los vibientes» (7,8), pues aquí abajo no hay cosa segura ni ciudad permanente (9-10). «Déxame que busque el cielo, / pues que fui para él criado» (3-4). La inspiración es de arriba y proviene de la naturaleza («si el cielo hermoso me guiña / con ojos de sus estrellas» 85-86) y directamente de Dios («Mas si es que el cielo me llama / y me ofrece su fauor» 93-94). Peregrino acepta la invitación movido del amor.

Separado de Tierra, Peregrino cae dormido. La escena del sueño está presidida por Verdad. Es un tema en el que vemos de nuevo un antecedente de Calderón y sus inmortales versos.

Tras el sueño llega su despertar. Verdad es maestra. Con carros, tramoyas, coros expone el dilema moral de la elección entre el bien y el mal, el uso recto del libre albedrío: «escoje y no escojas mal» (196). Aparecen en escena los personajes que representan Belleza (221), Honra (222), Deleite (223), Riqueza (224), Gusto (229). Verdad le enseña ciertos principios para buscar su salvación o condenación; pero sus sentidos siguen apegados a la tierra, se deja impresionar por Belleza, Honra, Deleite. Busca en ellas la paz y la vida que no le pueden dar pero comprende que se ha dejado engañar por las apariencias. Peregrino se percata: «¿Qué es esto? ¿El gusto se passa / como sombra y sueño? / Qual sueño el Gusto voló, / que siempre el gusto es soñado, / pues que sin auer llegado / parece que se passó» (235-240). Pero Peregrino se dejará engañar igualmente estando despierto. «Dentro de la estructura del auto, este apartado es como patrón, bosquejo y prefiguración de la gran experiencia que se acerca. Aquí tenemos ya los tres puntos principales: tentación, caída y arrepentimiento» indica Arias.

Verdad seguirá insistiendo. Viste sencilla, «en hábito de pastor» pero al responder a una pregunta de Peregrino responde se identifica con el mismo Cristo: «que verdad, vida y camino / en mí y en Dios hallarás» (279-280). Nada es lo que parece, ni la Verdad ni los sentidos. Acepta el magisterio de Verdad: «Fauores de Dios no escasos / gozo en ti, farol diuino» (285-286). El modelo de Verdad es Cristo. «Peregrino ha aprendido dos cosas muy importantes: primero, que el peregrinar es elegir; y segundo, que, gracias a las instrucciones de Verdad (voz de Dios), puede elegir acertadamente» (Arias). Ahora el autor introduce elementos eucarísticos, el anuncio del verdadero manjar, fruto del angosto camino. En el camino hay «pan que harta los cielos» (158), y «vino de Dios mesmo» (160), y al final del camino está «patente el maná cubierto» (172). Verdad le aconseja: «¡Despierta y leuanta, Elias! / Come el pan de mis consejos, / porque es el camino largo» (173-175).

La gran prueba llega ahora, la estancia en la ciudad del placer (301-956) de Plasencia, una Babilonia. Es la «tan peligrosa jornada» (18) . Verdad le aconseja ponerse en camino: «que es tarde y ay malos pasos» (288); pero las fuerzas del mal le acometen y engañan, decide entrar en la ciudad, porque se cree joven y largo de vida. Le vence la curiosidad, ya tendrá tiempo para pensar, meditar, atender consejos. En la ciudad del placer Luzbel le ofrece un banquete, una anti eucaristía, una misa negra.

Un festín con Gula de cocinero y Mendacio de camarero. La gran prueba del desengaño, la preparación de la parte final del auto en que Peregrino alcanza la meta deseada, la Iglesia (anticipo de la Jerusalén celestial antítesis de Plasencia), donde obtendrá los manjares de la verdadera vida. Los cuatro platos cubiertos que le ofrece Mendacio no le van a saciar el hambre del camino. El primero es de honra y dignidad (810). Al destaparlo Verdad, vuela el pájaro, y comenta Peregrino: «La Honra voló» (814). El segundo es de riqueza (823): Verdad lo destapa y sólo hay en él carbón (832).

La verdad guía al Peregrino

En el tercero viene la hermosura (840), pero al destaparlo Verdad, aparece en él una calavera (848) cubierta con un paño de brocado (844)25. En el último, se ofrece Deleite mismo: «Adonde me cifro yo / por tu gusto en vn bocado» (859-860). Será, pues, el mejor de los cuatro, pero al destaparlo Verdad lo encuentra vacío (868). Mendacio sirve los platos, pero es Verdad quien los destapa, quien nos muestra su naturaleza y significado moral. El brillo de los placeres y vicios descubre polvo, sombra y nada.

Peregrino sabe ahora que Verdad tenía razón, siente que ha comprometido su salvación. Sus enemigos son ladrones que lo atacan con ballestas y espadas. Ya medio muerto (más que física, espiritualmente) llama a Verdad y a Jesús en su ayuda (896). Verdad aparece con rasgos propios de la Virgen María, es una Inmaculada, con su pie sobre el demonio. Verdad y Luzbel debaten. Verdad guía a Peregrino tras la dolorosa revelación de la falsedad de los regalos de la vida terrena. «El aprendizaje ha sido duro, pero al final del apartado Peregrino ha llegado a un total desengaño y, peregrino de sí mismo (98), i.e., de sus deseos terrenos, podrá reanudar el último tramo de su camino que le llevará a la meta no más que vislumbrada al principio» (Arias).

Finalmente llega el apartado de la vuelta al camino que lleva a la vida, 957-1338. Consta de tres momentos: cura de las llagas (pecados) de Peregrino con la medicina del sacramento de la confesión; fortalecimiento de Peregrino con la comunión; reanudación del camino hacia la patria del cielo. El Buen Samaritano será anunciado por el sacerdote y el levita, por la Verdad. Es el Cristo de la Redención quien sale siempre al encuentro, dispuesto a perdonar y auxiliar. Le escucha y atiende pues con sus lágrimas muestra un arrepentimiento sincero. Peregrino se confiesa, en un acto público ante un sacerdote se reconcilia con Dios (como dios manda). No hay salvación fuera de la iglesia que administra los sacramentos.

Y finaliza el auto con la escena de un banquete espléndido. Será servida la comida por los grandes del reino: san Pedro, Santiago, san Juan Evangelista (1183+). Se celebra en público (1187) el día del Corpus, presidida por el rey que trae consigo a Peregrino, llamado aquí simplemente hombre (1195,1203,1206) y a quien sienta a su lado (1217). En el banquete eucaristía Cristo se ofrece a sí mismo (1205- 1206, 1221, 1225), y al recibirlo el hombre se hace Dios: «oy quiero al hombre hazer Dios» (1236). Recibida la comunión, es de nuevo Verdad quien le invita a reanudar su camino. Al principio de su jornada buscaba el cielo (3), la vida (13) en la Tierra Santa, que es tierra de los vivientes (7-8).

Es hora ya de emprender la última etapa: «A la patria caminad, / que para aquella ciudad, / pan y vino andan camino» (1246-1248). No está solo en la ruta, va con Dios, sus dudas han desaparecido. Se ha reconciliado con Dios por medio de los sacramentos de la Iglesia de Roma. Peregrino canta su alegría: «Dichosa mi romería, / pues hasta Roma llegó / donde Papa a Dios halló» (1249-1251). Reanuda su camino a Jerusalén: «pues si baxó a Xericó, / oy sube a Jerusalén» (1279-1280).

Es una fiesta popular con música y danza del pueblo, romances recogidos por el poeta e incorporados a sus autos, como el Romance de la zarzuela. Son varias las piezas populares que introduce en este auto y en todos el poeta, en escenas de música y danza de increíble modernidad. La acción del auto concluye con una última recomendación de Samaritano a Peregrino, claramente alusiva a la festividad de Corpus Christi que se está celebrando: «pues, oy al villano dan / carne, vino, sangre y pan» (1333-1334),

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