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viernes, marzo 6, 2026

Alfredo Noya y doña Manolita, dos grandes empresarios porteños

Jaime Alfredo Noya Martínez, de Ponte do Porto, hostelero, fabricante de gaseosa, corredor de banca y seguros, arriero, comerciante de encaje y maderista dejó una fortuna a su hijo Pepito, que se casó con otra adinerada vástaga de los Medrano y los Vázquez de Cee.

Fue armador de media docena de barcos e impulsor de infraestructuras portuarias en Ponte do Porto y Cereixo. «El hombre más inteligente y decidido que parió esta ría» me comentaba sobre su figura en una de nuestras tertulias en mi casa Buenaventura Castro Rial, que le tenía un gran afecto.

Alfredo Nota, primero por la izquierda, con gorra

La historia de Alfredo Noya

Sin duda, Alfredo Noya aprovechó para medrar en sus negocios las circunstancias políticas del momento, la corrupción de cargos y funcionarios (aduanas, carabineros, municipal, provincial), el desarrollismo de la primera gran revolución industrial gallega de los inicios del siglo XX, y sobre todo el marco de la I Guerra Mundial con la neutralidad española y las necesidades de materias de todo tipo por parte de los aliados y la industria nacional que los abastecía.

Como otros empresarios dueños de almacenes en Camariñas, Corme o Malpica, Alfredo Noya aprovisionó a los komandants de ubootes alemanes que entraban en la ría en la Gran Guerrra. Les llevaba auxilios, recados, y guardaba las mercancías que apañaban en presa de los mercantes hundidos por sus minas y torpedos (previo alijamiento de carga). También se aprovechaba de los bienes mostrencos de naufragios (Santa María, Nil) y del contrabando con Portugal o Francia.

Dueño de un coche y carros de caballos se dotó de una flota de mercantes de cabotaje construidos sobre todo en O Freixo, para llevar mercancías por todo el Cantábrico y alcanzar el Levante español. De él fue el Barcia Cuarto, botado en 1917. El Antón, en 1925. El famoso Manuela, botado en 1915 y vendido en 1928. El Manuelita, de la misma época, vendido en 1941 para Camelle. Y antes: el Méjico, el Mejicano. Tuvo acciones o fue propietario único de muchos balandros y pataches que surcaron nuestras aguas hace un siglo. Son muchas las anécdotas sobre este empresario, siempre ponderado como el millonario por excelencia.

Alfredo Noya era tartamudo, pero cantaba muy bien. Tenía un criado al que alertaba entonando cuando veía que la pipa de vino quedaba algo abierta y se perdía el líquido. Al no acordar a tiempo las palabras «se de de derrama la pi pi piiipa», le avisaba trinando y de corrido. En el naufragio del Nil en 1927, mercante francés que dejó en Arou preciosas mercancías (café, champán, telas), acabados los tejidos comprados a los raqueros, envió al criado a mojar en el mar los que almacenaba en el desván, vendiendo como telas de Francia caídas del barco. Alfredo tuvo un hijo con una de sus empleadas, Cándida Correa (Mamá Cándida, de Vimianzo), pero no querían casarse porque el empresario era socio de su madre, Manuela Martínez Dallia (o Dalia).

Las dos mujeres no se llevaban bien y Cándida no quería vivir con doña Manolita. Además, el patrón agarró la prenda sin permiso y de malas formas. La nieta de Alfredo, Amelia Noya Medrano, recuerda que «Mamá Cándida antes de morir estaba muy angustiada en la cama y me decía: yo no quería casar pero él me forzó, entró por la ventana de la cocina y me forzó». Al parecer, Alfredo se encariñó con Cándida y la raptó, dejándola embarazada.

En otros artículos dejé claro que detrás de este gran empresario figuraban varias mujeres, una de ellas su madre Manuela Martínez Dallia. Alfredo recibió una buena herencia gracias al trabajo de su madre, aunque oficialmente rezaba el padre ante la administración, Jaime Alfredo Noya Mira, al que en el recuerdo familiar no tienen en buen concepto. El mérito de Alfredo fue agrandar el legado, primero compartido con su madre (que fue viuda de vivo y de muerto), y lanzarse a la aventura marina, a las expediciones en busca de mercados directos para comprar y vender sin intermediarios. También a su coraje y valentía sin temor a submarinos ni cañoneros en plena guerra, ni a los aduaneros de varios países en la etapa de entreguerras. Arrojo y coraje en el mar y en los caminos carreteros llenos de bandidos. Pero al nacer, el matrimonio de su padre Jaime y su madre doña Manolita ya destacaban como segundos contribuyentes del municipio de Camariñas en 1911.

Doña Manolita, en el centro

Según Amelia Noya su bisabuela doña Manolita pudo nacer en Argentina. Su marido Jaime era un señorito de la zona de Quintáns asentado en Ponte do Porto. «Éramos jovencitas cuando mi hermana y yo fuimos a unos funerales a Quintáns. Menuda comilona hicieron, parecía una boda. También había un religioso en la familia, José Noya creo» recuerda Amelia. En Muxía los Noya tienen parientes, también lo era el farmacéutico de la localidad.

«Manuelita trabajó mucho, tenía una fonda, era muy buena cocinera. Gobernaba el ultramarinos con su hijo Alfredo. Se murió en Madrid, creíamos que tenía cien años cuando murió, yo tenía 20 años. Todas la llamábamos madrina, porque era mi madrina y la mayor de la casa» añade su bisnieta. De hecho Manuela murió dos veces, situación que recuerda Amelia entre risas: «a mi madrina en Ponte do Porto le dieron la extremaunción; estaba en cama inmóvil, todo el pueblo lloraba por ella. Pero al día siguiente, de madrugada, la encontraron rezando en la capilla de San Roque. Pensaron que era un difunto, algunos se llevaron un susto mortal».

Según los datos aportados por la sobrina de Amelia, Isabel Noya, Manolita nació en 1863 y murió en Madrid en 1959, a los 96 años, en la calle Sainz de Baranda en pleno barrio de Salamanca, siendo enterrada en el cementerio de La Almudena.

Manolita era de origen italiano por su madre, que pudo conocer a su padre en la emigración en Argentina, pero no hay datos que demuestren que Manolita nació en ese país. Los Martínez como los Mira con los que emparentaron los Noya eran vecinos de viejo de Ponte do Porto y con propiedades en O Campo, As Barrosas. Figuran en los inventarios vecinales de todo el siglo XIX.

Pepito del Alfredo, mujer e hijas

En Argentina sí estuvieron los Medrano de Cee. Y Jaime Noya, pero una vez casado. En todo caso en la ría había varias familias italianas establecidas desde principios del siglo XIX (funcionarios, marinos, artesanos), una de ellas emparentada con el clan Noia, la del platero napolitano Blas Espín Dur (muerto en 1832). En este siglo los barcos de la ría comerciaban con los puertos italianos. El apellido Dallia procede de Venecia pero la mayor colonia se encuentra en EEUU (764), por la emigración. Tras Italia (598) los vemos en Argentina (280), Brasil (230). También hoy están presentes (78) en Andalucía y el Levante español, costas recorridas por nuestros mercantes hacia Italia en la era heroica de la vela. De hecho, un vástago del clan, Alfedo Noya de Bitteta, murió siendo capitán de carabineros en Tarento (Apulia) el 30-4-1898. Un buen puesto para ayudar a los suyos en el tráfico de mercancías.

Manuela conoce a Jaime yendo de camino a la feria porteña, Amelia Noya cree que venía de Quintáns. «Iban por la carretera, ella a pie y Jaime a caballo». Como en un filme indigenista mejicano o una novela romántica, Jaime la monta a la grupa de su bretón y la hace de repente novia sin oposición; según los cánones de 1880, cuando sucedió la afrenta. Así que la joven no tuvo más remedio que casarse con el impulsivo caballero que la subió a su montura. A Amelia Noya no le hablaron muy bien de su bisabuelo Jaime.

Dice que se marchó a América, regresó con una cojera, fatiga y mucho vicio casinero, pero que «debió de ser un golfo que no dio palo al agua». En todo caso, las dos familias poseían rentas y abrieron una fonda en el Campo de San Roque que Manolita convirtió en la más afamada y surtida de la ría. En los derroteros marítimos de los años cincuenta se sigue citando este punto de abastecimiento principal en la ría. Un negocio literario, en donde se detuvo Labarta Pose en su peregrinación a Muxía (a taberna de perna furada).

En la memoria familiar quedó la crónica del gran trabajo de Manolita al frente de los negocios que sobre todo mantuvo con su hijo Alfredo como socio. Mucho hablamos de la labor de Alfredo, pero no podemos olvidar que el patrimonio inicial lo recibió de sus padres, sobre todo del buen hacer de su madre doña Manolita. La que dio nombre a dos mercantes, el Manuela y el Manuelita.

Como era habitual en la época, las matrículas y contribuciones estaban a nombre de su marido, el exaltado aventurero Jaime. Este impulso empresarial de la pareja y de otros mercaderes locales llevó a la petición de nuevas vías de comunicación, mejoras urbanas (el malecón, la plaza de San Roque) y favores reales. Ponte do Porto y Cereixo obtienen en 1903 el permiso para dotarse de muelles de carga y descarga de mercancías.

Hijas de Pepito de Alfredo

Jaime Noya en 1911 es el segundo mayor contribuyente del municipio (303,60 pts), con tráfico de cereales al por mayor, ultramarinos, fábrica de gaseosas, un carro de caballos. Su hijo Alfredo es el verdadero impulsor de los nuevos negocios, heredando el empuje empresarial y laborioso de su madre.

Adquiere el primer coche de la zona tras la guerra del 14 y empieza a construir sus propios barcos. Otros miembros de la familia Noya se incluyen en la lista principal, dando fe del poder del clan. Aunque otro grupo familiar, «os patacóns de Xaviña» sobresalen en la cabeza de los propietarios de Camariñas.

La primera contribuyente es con mucha diferencia Consuelo Pérez Rodríguez de Xaviña (972 pts), dedicada a la venta de sal al por mayor, y también será armadora en la IGM. Su hermano Manuel renta 198 pts (cereales). Y Carmelo 48 pts por tienda de comestibles. El capital de los hacendados xaviñanos servirá para el fomento de la pesca y la marina mercante con sus préstamos y quiñones en los nuevos barcos. Durante la Restauración el gran prestamista de los mercaderes porteños y líder monárquico absolutista era otro xaviñán, José de Dios.

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