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El gallego Blanco, el rey de la trata

El gallego Blanco, el rey de la trata

Reportaxes | Publicada: 01/05/2016

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Tempo de lectura: 38 minutos e 3 segundos.

Último episodio del serial "A Coruña y el comercio de esclavos" de Rafael Lema. Ofrecemos los enlaces a los anteriores capítulos, a los que se puede acceder pinchando en el título. La historia comenzó con  "A Coruña y el comercio de esclavos:Un gran puerto negrero"  Después continuamos con "Esclavos gallegos por esclavos negros" y el terce episodio fue "La Reina María Cristina y otros negreros del país"

"El gallego Blanco, el rey de la trata" Rafael Lema

José L. Pedro Blanco Fernández de Trava, nacido en Málaga en torno a 1795 y fallecido en Génova en 1854, fue un notorio traficante español de esclavos con un emporio con sede en Gallinas en la costa de Sierra Leona en el segundo cuarto del siglo XIX. Nacido en Málaga con orígenes gallegos. Antes de entrar en el comercio de esclavos, dirigió una fábrica de azúcar en Cuba. Navegó a África en el Conquistador, uno de sus barcos y comenzó a traficar con esclavos africanos en 1822. En 1839 controlaba una red de envío a Cuba de trabajadores para las plantaciones. Blanco amplió su operativo mediante el establecimiento de una estrecha relación con el rey africano Siaka. Con el tiempo contó con agentes apostados en Cape Mount, Shebar, Digby, Yougn Sestos y otros lugares. Blanco entró en una alianza con un gallego cubano, Carballo, con su centro de operaciones en La Habana y otras ramas en Puerto Rico, Trinidad, y la República de Texas. Este Carballo debería ser de la familia del obispo de Haití Basilio Suárez, conocido también por Basilio Carballo, importante y rico hacendado esclavista gallego. A finales del siglo XIX había miembros de la familia con importantes negocios en La Habana y todavía con Batista uno de ellos trabajaba en un ministerio.

La posición mercantil de Blanco era tan alta que sus cuentas de crédito se aceptaban con entusiasmo en Nueva York, Londres y muchos otros conocidos centros financieros. En Gallinas, Blanco se construyó un reino privado con almacenes en una isla, su despacho en otra isla, y las casas de sus mujeres africanas en una tercera. Fue el gran modernizador de la trata uno de sus más afamados, y buscados, prohombres. Los esclavos en espera de embarque se encontraban en las islas de Taro y Kamasun. Los ingleses aposaron desde Sierra Leona barcos de guerra en la búsqueda de sus emporios, aunque hay que decir que asignaban unidades menores, indolentes, lentas en la persecución de las veloces fragatas negreras, y con escaso éxito en sus pesquisas, lo que da pie a pensar en una especie de visto bueno de las autoridades de cara a contentar a la prensa de la isla y a las sociedades humanitarias.

Porque detrás del suculento negocio seguían sus compatriotas, los bancos de la city. Blanco estaba encima de la lista negra de los abolicionistas. Pero toda su vida siguió con su negocio hasta que se retiró. En 1838, Blanco salió de África para Cuba y se fue a Barcelona, pero dejó tras de sí una red de empleados para continuar con su lucrativo negocio. Uno de sus hombres armó y surtió de esclavos la famosa Amistad. Blanco seguía teniendo papel vital en el desarrollo del comercio de esclavos en esta región. Los negocios de Blanco finalmente cesaron en 1848, o no dejaron rastro directo, y en 1854 murió en Génova.

La Isla de Gorée está ubicada en África, con una superficie de 17 hectáreas; frente a la costa del país a que pertenece, Senegal, a tres kilómetros de Dakar, la capital. Su visita nos da una idea de como era el negocio de las factorías de negros creadas o modernizadas por el innovador Blanco. Durante más de tres siglos fue el más importante mercado de esclavos destinado para aprovisionar a Estados Unidos, al Caribe y a Brasil, principalmente. Fue descubierta por portugueses en 1444, bajo cuya bandera en 1536 se construyó la primera Casa de Esclavos. Al menos desde entonces y hasta 1848, año en que Francia abolió la esclavitud, en esta isla se estableció el más activo comercio de esclavos, siendo el centro la casa que construyó un holandés en 1776.

El diseño de la Casa de Esclavos, como la que existe hoy en el lugar convertida en museo, incluía una sala para hombres, una para recuperar peso, una para mujeres, otra para mujeres jóvenes, una para niños. Se tenía especial cuidado en que los llantos de los niños no pudieran ser escuchados por sus madres, para evitar que estas sufrieran y perjudicaran su estado de salud. Para los efectos del mercado, las mujeres tenían un valor mayor que los hombres, siendo el factor determinante la salud, el busto y la dentadura; los niños eran evaluados por su dentadura y las condiciones en que se encontraban al momento de la transacción; carecían los niños de nombre individual y se les llamaba por las características de la dentición; los hombres deberían pesar cuando menos 60 kilos. Todos los esclavos eran exhibidos en las escalinatas exteriores de la Casa de los Esclavos, donde eran manipulados como animales para analizar y discutir el precio. En lo alto de las escalinatas se encuentra un balcón desde donde los mercaderes y tratantes ajustaban el precio. Finalmente, eran llevados los esclavos de los calabozos al punto en que serían embarcados. El pasillo que los conducía era conocido como "El lugar de donde no se regresa". No era muy ancho para facilitar el manejo de las personas y en la obscuridad del túnel, al final, se apreciaba la luz del sol y el mar.

Este lugar era el último en que la familia podía verse, pues en cada uno sería trasladado a diferentes lugares de América. Eran embarcados en botes para subirlos después a los barcos. Los esclavistas frecuentemente utilizaban este momento para hacer limpieza y eliminar a los esclavos que estaban enfermos o no eran fácilmente comercializables, entonces los lanzaban al mar infestado por tiburones. Blanco fue el principal innovador de estos métodos en época contemporánea. Se incorpora a la literatura patria por medio otro gallego, Lino Novás, en la mejor aportación al género de nuestra lengua.

Lino Novás Calvo es un escritor gallego y peso pesado de la literatura cubana. Nacido en As Grañas do Sor (A Coruña), en 1905, Lino Novás emigró a Cuba con siete años, realizando los más insólitos y variados trabajos. Fue un hombre de existencia novelesca y en la Biblioteca del Ateneo madrileño recoge abundante documentación sobre la trata de esclavos, que le permitirá publicar en 1933, "El Negrero. Vida novela de Pedro Blanco Fernández de Trava". Es su única novela. "El negrero" es una obra de "extraordinarias historias de aventuras verídicas", vividas casi todas en el mar y en las costas africanas, principalmente en Sierra Leona y en Gallinas (entre Liberia y Sierra Leona), donde el protagonista funda su gran factoría para el comercio de esclavos. Su héroe es Pedro Blanco y la novela recrea la historia de la piratería a partir del contrabando de esclavos negros y las complejas relaciones establecidas entre negreros, marineros, jefes tribales, autoridades coloniales y los hacendados americanos.

Pedro Blanco, de origen gallego, al parecer nació en Málaga en 1795, como vimos. Ingresa en la Escuela Náutica, pero al poco tiempo abandona sus estudios (por desavenencias con su padrastro y debido a un incesto cometido con su hermana), y se mete de polizón en un barco, iniciando su vida de peripecias y aventuras que le llevará del Mediterráneo a Terranova, para enrolarse posteriormente en barcos negreros. Cruzando el océano se curte en todo tipo de navíos y sobrevive no solo a la dureza del mar, sino también a las epidemias, persecuciones de los cruceros que luchaban contra la prohibida trata de esclavos, traiciones, motines de los esclavos y actos de piratería.

La novela cuenta como Pedro Blanco en las costas africanas creó su propia factoría en la que ganó incontables riquezas, entre salvajes guerras tribales, asesinatos, magias e inverosímiles episodios de crueldad, salpicados por algún acto de ternura. Pedro Blanco Fernández de Trava (el mongo de Gallinas) es un ser atroz, paradigma de otros negreros o dueños de factorías. El autor nos describe asesinatos, robos, naufragios, abordajes, violaciones, toda clase de oprobios, episodios de espeluznante verismo como el lanzamiento de cargamentos humanos al mar para rehuir la persecución de la justicia. Lino Novás según los estudiosos de su obra penetra en la corriente negrista del indigenismo iberoamericano a través de una gran intuición y de una increíble capacidad de síntesis de la documentación sobre el tráfico de esclavos, fundiendo muchos datos bibliográficos con los hilos y la magia de la ficción. Es una novela no una crónica, pero sobre un personaje real y con datos veraces. Estos pedazos de su novela nos dan una idea de la casta con la que tratamos.

 

A CORUÑA Y EL COMERCIO DE ESCLAVOS.

RETAZOS DE LA NOVELA DE LINO NOVÁS

"Los compradores eran hacendados, con piedras de Minas Gerais y grandes vegueros en la boca, o damas de igual rango. Junto a Pedro y sus compañeros pasó una gran dama con una larga capa roja, sombrero de fieltro sobre un turbante blanco y zapatos bordados. Era la hermana de Pedrâo. Al andar recogía la capa y mostraba la puntilla del refajo. Caminando era como un barco con galeno sobre un mar tranquilo. Aquel porte parecía pesar más que sus años. Había venido a la feria a caballo escoltada por una guardia de negros y mulatos. Se llamaba Modesta y manejaba su hacienda como una amazona. Al acercarse a ella el primer esclavo, brindado por una cigano, Modesta se desprendió de su altivez y comenzó a examinar minuciosamente, tentando sus músculos, llevando a la lengua el dedo impregnado de su sudor -pues en el sabor del sudor se conocía la salud del negro- y llegando hasta lo más secreto. Aquello lo hacía todo comprador. El cigano sonaba el látigo y hacía bailar, hablar, cantar, correr y reír a los cautivos. Al fin de escoger mucho, Modesta se quedó con un hermoso muleque mandingo"

"Las leyes de los negreros prohibían a los marineros fornicar con las negras a bordo. El que lo hiciese perdía su sueldo y corría el riesgo de ser azotado. A los oficiales se les permitía, a veces, según el capitán, y cada uno solía escoger una negra para la travesía. De Buen ponía leyes severas en esto. Los compradores pedía a veces vírgenes y otras negras por preñar o preñadas con macho elegidos por ellos.En este viaje era difícil impedirlo. Las negras dormían en cubierta, protegidas por lonas, sobre las tablas o la obra muerta. Los marineros, favorecidos por el ocio, gateaban hacía ellas, por debajo de las lonas. Las negras no gritaban por eso. Los marineros les llevaban escudillas de aguardiente, y ellas se pirraban por los marineros. Al descubrirlo, De Buen buscó a los culpables, pero en vano" 

"Pedro vió brotar entonces de las escotillas un mar negro y cansado. Los negros iban saliendo con esfuerzo, la boca abierta, la lengua negra, las bembas blancas, jadeantes. La cubierta se cubrió de ellos. Muchos no podían tenerse en pie y los marineros los arrastraban a un montón de obra muerta. Cuando los vivos hubieron estado fuera, los guardianes dieron en sacar los muertos que quedaban en el fondo. Una jauría de tiburones había seguido al barco, ahora parado, el alma caída, y sacaban las cabezotas de batea fuera del agua. Al echar un muerto le pescaban a flor de agua. El capitán paseaba por el puente con los ojos desorbitados. -¡A bañarlos! -gritó García. Los marineros dieron en arrojar baldes de agua salada sobre el rebaño desnudo. A sentir el chorro, los negros abrían la boca como pájaros sofocados, sedientos, y la cerraban luego tosiendo, vomitando agua, ronquidos y sangre. Algunos se retorcían en el suelo y gritaban "¡Agua!" en portugués, inglés y francés (según de la factoría que procedían). Querían decir agua dulce. El tonelero del Veloz, envuelto en las atenciones que Cha-Cha les había hecho, se había olvidado de reponerla en Ajuda y la que llevaban se habla corrompido. Cuando esto ocurre, los marineros se convierten en sombras vagarosas, desorientadas por el barco, como soldados de un ejército desbaratado. Las órdenes del capitán son nulas, y el mismo capitán no sabe qué ordenar. Pedro se movió atontado como los demás, mirando a aquella masa agonizante de hombres, niños y mujeres mezclados.

Entonces vino a hacer otro descubrimiento. Todavía los guardianes no habían acabado de sacar los muertos. Uno de ellos apareció por la escotilla arrastrando una mujer con un último lampo de vida en los ojos; creyéndola muerta, el guardián le había clavado el gancho en el costado y la arrastraba con él. La sangre que manaba estaba aún caliente, y sus ojos miraron a Pedro antes de cuajarse. Pedro la vio caer al agua, con todo lo que iba en su cuerpo, y flotar un momento boca abajo y hundirse luego a solicitud de una tenaza que tiraba hacia abajo. La oftalmía estaba a bordo.

Las islas de Cabo Verde eran la tierra más próxima; pero los cruceros andaban ya por allí y el capitán no quería caer en sus garras. -¡Más vale morir abrasados! -gritó García-. ¡Para atrás, no! Todo aquello era delirio. No había aire que los llevara hacia atrás ni hacia adelante. Los negros, que no se habían amotinado al principio porque venían de tribus distintas, estaban demasiado débiles para hacerlo. No se oía sino sus lamentos, el chasquido de los látigos y los gritos del capitán. El tonelero había preparado un bebedizo extraño para engañar la sed, compuesto de agua salada, agua dulce corrompida, ron y sangre extraída a algún negro sano. Los marineros se chupaban los brazos llamando la saliva. Todas las horas moría algún blanco y algún negro. El capitán seguía bramando. De noche levantaba un poco la brisa, pero con el sol todo quedaba desmayado. García mandaba rascar los mástiles para llamar el aire; un marinero tiró un zapato y una chaqueta al agua para despertarla; el contramaestre mandó un marinero al mastelero de gavia con una escoba a barrer el cielo. El capitán prohibía escupir al mar, pues ello enojaría a la brisa que se escondía en las aguas, pero ningún marinero tenía ya saliva que escupir. Cuando soplaba un poco, el Veloz navegaba al noroeste, alejándose de tierra. Los guardianes sacaron el tambor para despertar el alma de la negrada. El látigo era el complemento. Los negros comenzaron a danzar pesadamente. El veterinario no se cuidaba ya de darles brebajes. Había que estirar las raciones, y los más enfermos iban al agua antes de morir. La escasez de víveres y la inseguridad del viaje obligó al cocinero a... sacrificar algún sano para obtener carne para el resto.

La historia de la trata está llena de estos casos. Los cautivos miraban a la luna.Pedro se encontró a Popo arrumbado sobre un montón de jarcia. -Me muero -dijo Popo-, me muero. Pero antes quiero decirte lo que vi ayer. Nunca creí que pudieran existir esas cosas. Ahora lo creo. Yo mismo lo vi. Era de noche. Era un negrero tripulado por mujeres blancas desnudas, rubias como soles, con cabelleras tendidas hasta la cintura, moviéndose por cubierta, agarradas a los cabos, desplegadas por el aparejo como peras en un peral y tan espesas. Y verlas luego a pleno sol de Dios, cantando una alborada, y debajo los negros, danzando y martillando en su maldito tambor, carbones del infierno. Y luego levantarse la brisa y el barco navegando tranquilo y las mujeres danzando por las velas como si fueran mariposas y salirles alas de seda a ellas mismas. ¡Palabra! Estos ojos no mienten. Estos ojos las vieron alejarse en su barco de plata, por que era de plata, con un viento que le salió al mar para ellas solas, y nosotros aquí, como ves, muriendo. Pues así fué. Bueno, hermano, creo que mi viaje ha terminado -dijo Popo. Al irse Popo vino la brisa y el Veloz siguió su marcha, pero los negros iban a menos y las raciones también. Varios marineros habían ido con ellos al agua, y los que quedaban se mostraban la lengua negra. El capitán se había vuelto loco y seguía dando órdenes extrañas. Durante varias horas hizo describir al barco una serie de rumbos en zigzag, y cuando al fin asomó una vela a babor se negó a pedir auxilio. El segundo reunió a los oficiales, encerraron al capitán en su cámara y asumió el mando. La vela era un negrero de Charleston que les facilitó agua y galleta, cobrando en esclavos. Pedro miró a aquel hermoso barco yanqui armado como un crucero y el alma se le alegró. Era uno de esos corsarios de la guerra de 1812 que luego se dedicaron a la trata, manteniendo en jaque a los cruceros ingleses. El capitán era un hombre flaco y alto, como García, con barba rubia de pirata y melena hasta los hombros sujeta al cráneo por un pañuelo rojo. Tras él asomaron dos negreros más, todos iguales. Iban en flotilla, unidos para la defensa, dispuestos a todo, y eran muy veleros, Pedro los vio alejarse luego, formados en ángulo, proa al sureste. García seguía gritando órdenes en su encierro.

El viaje del Veloz fue uno de los más trágicos de la trata. Mermada la carga y la tripulación, vencida al fin la sed, la calma y la oftalmía, sólo le faltaba vencer los ciclones errabundos de las Antillas. Pero éstos vencieron al Veloz. Navegando al norte de Santo Domingo, el mar comenzó a cabrillear, y algunas rachas negras procedentes de aquella isla pasaron silbando en los estayes. Esto dio a Pedro una ocasión de recordar sus estudios de náutica, y llamó la atención del segundo, ahora capitán. Este era inexperto en el mando, y el piloto desconocía el derrotero. La decisión con que Pedro advirtió el peligro dominó la indecisión de los oficiales, y en seguida metieron vela a escape, cerrando la capa, arriando las gavias y preparando la trinquetilla. El Veloz abatió hacia el norte, pasó rozando el oeste del cayo Ambergris y fue a recalar a la Gran Caicos. Ninguno de los que tripulaban el barco conocía estas islas, a no ser Noodt. El holandés había llegada una vez a la Isla Barbada en un pesquero de Terranova y sabía por referencias lo que pasaba en todas aquellas islas. Pedro y Noodt hablaron del peligro; pero, visto que no tenía remedio, no quisieron asustar a los demás. El barco llevaba los palos rendidos, hacía agua por alguna costura y algunas velas habían echado a volar. Las últimas tres millas las habían corrido a palo seco y, finalmente, lograron echar el ancla sin más tropiezo junto a un cayo coralino al sur de la isla. -Las Caicos -dijo Noodt a Pedro- eran nidos de piratas. Estaban pobladas por colonos emigrados de las Bermudas y leales de Georgia que habían ido allí con sus esclavos, mezclándose con ellas y creando una población de mulatos libres. Estos mulatos pescaban esponjas, evaporaban el agua del mar para hacer sal y cazaban a los negreros que pasaban a Jamaica y Cuba. Todo negro que tocara aquella tierra se convertía automáticamente en esclavo".

A esta magnifica aportación a nuestras letras sobre el espinoso tema debemos añadir también al maestro Baroja y su Santi Andía.

"Métodos de Zaldumbide a bordo de El Dragón: Con esta tropa salíamos de Amsterdam en mayo, pasábamos en junio a la altura de las Canarias y cruzábamos por delante de las islas de Cabo Verde. Aquí nos deteníamos para la aguada y nos acercábamos a las costas de África. Solíamos ver en el viaje barcos que iban a la India, fragatas y bergantines; pero en aquella época la cordialidad marítima no era muy grande. Se temía el encuentro de barcos piratas, y los negreros, que eran muchos en aquellas costas, huían de todo buque, temiendo encontrar en cada uno un crucero inglés. Llegábamos a la costa de Angola; allí había agentes de todas las nacionalidades, sobre todo americanos y portugueses. Éstos se metían entre los reyezuelos y jefes de tribu y hacían negocio. A cambio de los negros daban fusiles, pólvora, instrumentos de hierro y brazaletes de latón y de cristal. Embarcábamos doscientos o doscientos cincuenta negros entre hombres, mujeres y chicos, y aprovechando los alisios del sudeste, íbamos casi siempre al Brasil. Allí vendíamos el saldo entero. Luego, el comerciante negociaba al por menor. Los hombres valían de mil pesetas hasta cinco mil; los niños, veinticinco duros antes de bautizar y cincuenta después; las mujeres se vendían a precios convencionales. Zaldumbide no regateaba fusiles ni pólvora para adquirir un buen género. A él no le daban un anciano venerable por un hombre joven, aunque estuviese teñido, ni un hombre con una hernia por un individuo bien organizado. Él, con el doctor Cornelius, miraba los dientes de los negros, estudiaba los músculos y las articulaciones; veía si tenían hinchado el vientre. -Cuando yo doy un negro, un buen negro por mil duros, es que es una cosa excelente -decía Zaldumbide, y añadía-: Ante todo la seriedad comercial. El género femenino de color no le gustaba al capitán, quizá, por razones de moralidad. Zaldumbide no era partidario de maltratar ni de pegar siquiera a los negros, no por nada, sino por no estropearlos.

Los demás capitanes negreros trataban a fuetazos a sus negros. Estos fuetazos no eran más que el ligero prólogo de los que les darían después los bandidos de América. Hay que reconocer, en honor de la bella Francia, que los negreros franceses debieron dejar atrás a los demás en el arte de desollar negros, porque incrustaron en el lenguaje de las colonias el nombre del látigo francés, lo impusieron, y a todas partes donde había negros llevaron triunfante el fouet. Bien es verdad que, a cambio de esa pequeña molestia de arrancar a los negros algunas piltrafas insignificantes, de carne, se les bautizaba, y eso salían ganando. Zaldumbide era el san Francisco de Asís de los negros. No los tenía a todos en la misma cámara, sino en cuatro grandes cuadras, hechas con mamparos; les ponía camas de paja y les sacaba sobre cubierta para airearlos y lavarlos. -Es una mercancía delicada -solía decir. No era el capitán de los que consideraban que para cumplir como un buen negrero hay que maltratar al ganado humano. Prefería matar a un marinero que a un negro. Varias veces le reprocharon esto, y él contestaba: -¡Qué imbéciles! ¿Cómo quiere compararse un marinero con un negro? Un marinero no vale nada; lo reemplazo con otro en cualquier parte. Un negro puede valerme mil duros. (Pío Baroja, Las inquietudes de Santi Andía, Cap.IV)".

Foto- Canal Viajes y Google Images

@AdianteGalicia

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